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17 de enero 2026 - 5:00hs

Richard Linklater y Jean-Luc Godard pueden tener cero o cien cosas en común, depende del lente bajo el que se los filme. Lo que está claro es que ambos, en algún momento de su temprana juventud, sintieron ese burbujeo subcutáneo que hace que películas como À bout de souffle o Slacker existan: el pulso irrefrenable de empezar a crear y no parar nunca más. Para bien o mal, de esa pulsión están hechos los artistas. Los de verdad.

Independientemente del camino creativo —en ocasiones inmirable— que tomó en el último tercio de su carrera el autor francés, se puede comparar su prolificidad con la explosión vanguardista de sus primeras obras, que más allá de plegarse al amanecer de la Nueva Ola Francesa, la catapultaron y colaboraron para convertirla el movimiento cinematográfico más influyente de la historia. O casi. Si Claude Chabrol la parió con El bello Sergio y François Truffaut la refinó con Los 400 golpes, Godard probó en À bout de souffle —O Sin aliento o Al final de la escapada, como prefiera— que el cine se podía romper, deshilachar y volver a armar de una forma nueva. Realmente nueva.

Uno de los que fue arrastrado por esa marea francesa fue Linklater, que nació en Texas cuatro meses después de su estreno y que vio por primera vez Sin aliento poco antes de los 20 años. Así lo recordaba para El País de Madrid hace algunas semanas:

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“Mi padre me recomendó que la viese. Me dijo que era una película un tanto peculiar, pero un clásico. Me desconcertó. Y me interesó. Captaron mi atención aspectos formales. Su originalidad, su ligereza, su elegancia. Pero aún no era capaz de procesarla del todo, de entender lo singular y lo relevante que fue esa película, hasta qué punto fue una ruptura radical con casi todo lo anterior y dio paso a un año cero, como ocurrió con la irrupción del punk en el mundo de la música. Con los años, la he ido redescubriendo. Y cada vez me fascina más.”

Nouvelle vague (2)

En esa misma entrevista Linklater se confiesa más del lado Truffaut que de Godard de la vida —una dicotomía parecida a la de Lennon / McCartney en la música— pero lo cierto es que en su también prolífico tren de producción, lo que eligió para su última película fue contar eso: el rodaje de À bout de souffle y sus peripecias. Cualquiera sea la camiseta que Linklater tenga puesta, que haya mirado a esa filmación en las calles de París en 1959 y no otra tiene sentido, porque él mismo vivió algo similar con Slacker, su debut como director en 1990.

“Tuve mi propia primera película radical, una película que nadie entendió, con un guion poco convencional, difícil de explicar: era mi versión indie estadounidense de Sin aliento. Algunas cosas nunca cambian. Toda la emoción y el entusiasmo mezclados con la inseguridad y la inexperiencia”, recordó para Screendaily.

Linklater es un bicho ambicioso incluso dentro de su relativo minimalismo cinematográfico, así que la idea de contar únicamente el rodaje de Sin aliento no le alcanzó: quiso, de alguna forma, que hablar y reconstruir esa película pudiera pintar el fresco de la era que lo cambió todo. Y por eso el título de su última obra, que se puede ver en cines uruguayos desde el pasado jueves, es ese y no otro, por eso tiene esa rotundidad y esa confianza. Por eso la película se llama Nouvelle Vague.

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La estrella, el boxeador y el artista

Es 1959, entonces, en París, y buena parte de la troupe principal de críticos de cine de la revista Cahiers du Cinema ya había debutado detrás de las cámaras y puesto en práctica su tan proclamada política o teoría del autor. Lo habían hecho Chabrol, Eric Rohmer, Jacques Rivette y Truffaut, que incluso se había ganado un aplauso unánime en el festival de Cannes con Los 400 golpes. En cines, por otro lado, el más veterano Alain Resnais llegaba a las salas con Hiroshima Mon Amour, y Robert Bresson, cuya sombra se alargaba sobre todo el cine francés del momento junto a la de Jean-Pierre Melville, filmaba una de sus obras cumbres, Pickpocket. Quedaba, sin embargo, un debut que se hacía esperar: el de Jean-Luc Godard. Aunque, en realidad, lo esperaba solo él. Desesperadamente.

Godard era una especie de relámpago díscolo dentro de Cahiers, con un temperamento iracundo y una devoción por su propia forma de entender el cine que lo había llevado a tardar un poco más que el resto a la hora de ganarse el favor de los productores y poder saltar de los cortos a su primer largometraje. Cuando finalmente lo logró, las condiciones estaban claras: veinte días de rodaje, dos actores principales —Jean-Paul Belmondo, a quien ya conocía, y Jean Seberg, estrella estadounidense en ascenso instalada en París— y un presupuesto de guerrilla.

Sin aliento
Jean-Paul Belmondo y Jean Seberg en Sin aliento

Jean-Paul Belmondo y Jean Seberg en Sin aliento

Así como sus correligionarios lo habían hecho antes, Godard asaltó las calles de la capital gala con una cámara ligera y un equipo reducido, en su caso para contar la historia de un ladrón carismático que se enreda sentimentalmente con una estudiante de periodismo neoyorquina mientras intenta escapar de la policía. Pero en realidad, más allá de esas pistas argumentales, no tenía mucha más idea de qué filmar. Lo que siguió se convirtió en su propio mito de origen: un rodaje “sin aliento”, atropellado, sin guion, donde cada día improvisaban nuevas escenas —o, en ocasiones, ni siquiera filmaba— y que el director guio con una confianza total en su instinto, talento y por momentos insufrible autoestima.

De esa forma, en Sin aliento Godard hizo lo que quiso, incluso cuando era poco recomendable y cuando le podía traer muchos problemas: alternó ángulos de cámara, liberó a los actores de cualquier tipo de indicación, rompió los ejes narrativos, superpuso diálogos y escenas, abusó del jumpcut —una técnica de montaje que interrumpe una toma continua, elimina un fragmento y hace “saltar” de forma abrupta la acción—, escondió la cámara, no la dejó nunca quieta, se colgó durante largo rato de unos inolvidables primeros planos de Belmondo y Seberg, en fin: probó la elasticidad del cine hasta conseguir la textura de una obra que, todavía hoy, tiene una vitalidad y una frescura brutal.

Sin aliento
Jean-Paul Belmondo y Jean Seberg en Sin aliento

Jean-Paul Belmondo y Jean Seberg en Sin aliento

En Sin aliento, Godard no dijo “esto es lo que tiene que ser el cine”; fue, más bien, “esto es lo que puede ser el cine”. Su película sigue siendo una prueba fidedigna de que tenía razón.

París era una fiesta

Sesenta y seis años después de aquel rodaje, Linklater ocupó las mismas calles de París para recrearlo de una forma que le permitiera trasladar la emoción de una primera vez fermental. Lo hizo con un elenco tan parecido a los protagonistas originales que hasta mete miedo —el trío principal: Guillaume Marbeck como Godard, Zoey Deutch como Seberg y Aubry Dullin como Belmondo; los tres están excelentes—, pero el director de Boyhood no se contenta con la imitación: quiere mostrar que la Nueva Ola fue una celebración del cine reimaginado, y si no puede porque faltan las evidencias, echa mano a la ficción. Está bien: su película no es un documental, es la carta de un enamorado.

nouvelle vague
Delante, Zoey Deutch como Seberg y Aubry Dullin como Belmondo; en el fondo, Guillaume Marbeck como Godard

Delante, Zoey Deutch como Seberg y Aubry Dullin como Belmondo; en el fondo, Guillaume Marbeck como Godard

Por eso está ahí el desfile de personalidades que pululaban las brasseries y los altillos donde se evocaba la teoría del autor a los gritos, el humo perpetuo del cigarrillo y sobre las mesas. ¿Cómo que Agnès Varda y Jacques Demy no estaban allí con esa recurrencia? ¿Cómo que esa conversación entre Melville y Godard no pasó de esta forma? Bueno, no importa: sucede o aparecen porque a la fiesta de Linklater están todos invitados. También el propio Bresson, en una escena ficticia donde los rodajes colisionan y que está entre las más bellas de la película —que son, por otro lado, muchas, como esa otra donde Roberto Rossellini se roba un sánguche de un catering—. Todo esto, incluso los continuos retratos que presentan a cada uno de los involucrados con zócalo incluído, puede sonar a un ejercicio dedicado exclusivamente para cinéfilos irredentos o nouvellevaguianos de fuste. Pero Linklater opina diferente.

“Por supuesto que es una película para cinéfilos, pero ver a la gente divertirse y crear no aliena a nadie: los invita a entrar.”

Razón le sobra: Nouvelle Vague invita a entrar, a sentir la corriente electromagnética de lo nuevo en ejecución, a dejarse envolver por el encanto de una época que fue genuina incluso dentro de sus fallos, y a ser parte de un año cero que no se va a repetir jamás.

nouvelle vague 1

Doble programa

En Montevideo se puede hacer un doble programa de Sin aliento y Nouvelle Vague. La primera se exhibe en una versión restaurada en 4K inédita en Uruguay que fue realizada para el festival de Cannes de 2022. Se puede ver en funciones del sábado 17, domingo 18 y martes 20 en Cinemateca y Life Cultural Alfabeta (los horarios están en sus respectivas webs). Nouvelle Vague, en tanto, tiene funciones en la mayoría de los cines de la ciudad.

Temas:

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