21 de agosto de 2026 5:00 hs

Moria es un monumento. Un ícono. Una estampita pagana. Una figura a escala divina que se mueve gigantesca entre las maquetas de una ciudad que se tiende a sus pies. Buenos Aires, calle Corrientes y sus teatros de revista, la escenografía de sus programas de televisión, la casa que convirtió en escenario del espectáculo; el obelisco, entre sus piernas.

“¿Cómo se cuenta una vida? Mi vida. Yo no soy una persona común, mi historia tampoco. Soy el obelisco con tetas”, se escucha su voz en el adelanto de la serie que se estrenó el viernes y rápidamente se convirtió en el contenido más visto por los uruguayos en la plataforma (de acuerdo a los datos que ofrece Netflix).

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Las biopics han demostrado ser un éxito en la era de las plataformas de streaming. Evidentemente, Moria es una ficción parcial de 80 años de historia. Pero es una muestra brillante e histriónica de un personaje que se ha desnudado física y espiritualmente frente a su público.

En la vida de Moria, dice, no hay culpa ni pudor. Quizás por eso es que los aspectos más íntimos de su vida no son excluidos de la historia oficial, algunos con mayor profundidad que otros. Sexo, drogas, violencia, intervenciones estéticas, prostitución, prisión, maternidad, todo entra en el cóctel de Moria Casán en diferentes medidas. Lo único que queda por fuera es la muerte o la pérdida. Y la suya, dice, será solamente una forma de reencarnar al cuarto día.

Con la dirección de Javier Van de Couter (Tesis de una domesticación, 2025; Cris Miró, 2024), Moria expone una de esas vidas en las que se hace difícil discernir entre la realidad y la ficción.

La niña que creció en el seno de una familia de un militar amante de la música y una ama de casa que había soñado con ser actriz. Una niña que recibió terapia de electroshock. Una niña que atravesó el abuso. La que cantaba al piano y bailaba en el garage de su casa.

La mujer que pasó de las escaleras de la Facultad de Derecho al escenario de la gran revista porteña en el mismo día y dejó de ser decorado para convertirse en protagonista gracias al poder de su palabra. Que modificó su cara y sus pechos hasta convertirlos en sujetos de adoración. Una mujer, que hizo del erotismo la puerta de entrada para una carrera de más de medio siglo. La reconversión de Ana María Casanova en Moria Casán.

“Mi nombre es Moria. Soy nueva en la revista y soy un caso raro e inusual. ¿Quieren saber qué tengo? Crisis de identidad, porque no puedo ser más yo”, dice la Moria interpretada por su hija, Sofía Gala, sobre las tablas. Y ese es uno de los atractivos del personaje: su singularidad arrolladora.

Cine, teatro y televisión, la serie la acompaña en cada desdoblamiento. Desde Rita Turdero, la pantera de Mataderos, en Monumental Moria hasta la mediadora de conflictos personales en Amor y Moria o la dueña del colchón giratorio en A la cama con Moria. Su llegada a Brujas, donde actuó durante 35 años, o su inolvidable pasaje por el ciclo Bailando por un Sueño.

Moria, que siempre se consideró marginal, se corre del margen para convertirse en un personaje del mainstream. Y, desde ahí, la vemos transgredir los bordes de cada época a medida que el tiempo avanza. La serie funciona, por momentos, como un catálogo del star sistem argentino. Susana Giménez, la dupla de Alberto Olmedo y Jorge Porcel, Gerardo Sofovich, Fito Páez, Carlos Rottenberg.

Moria también recorre su consolidación como referente para una comunidad que durante años encontró en el espectáculo un refugio. Desde una escena en la que llega a un comisaría en plena dictadura para sacar a sus bailarines hasta las fiestas clandestinas en el Delta del Tigre en las que se afianzó como un ícono de la comunidad LGBT+. Moria, como una aliada ante la violencia a la que estaban expuestos.

“Durante la dictadura, ser diferente te podía costar la vida. Putos, tortas y travas construyeron su refugio de fiesta y fantasía, y me abrazaron hasta iconizarme como el gran puto argentino”, dice en la serie. Y esa es, probablemente, la única referencia a la dictadura militar argentina.

La serie además está apoyada en un gran trabajo de ambientación de época. Desde el tratamiento de la imagen hasta una impecable selección de vestuario, en el que participa el diseñador uruguayo Tavo García no solo con piezas que hacen a ese mito del extraterrestre en las calles de Buenas Aires sino con el vestuario de momentos clave en la construcción del personaje.

Moria cree que no hay ningún ser humano en el ámbito artístico que se haya desnudado y dicho más su verdad más frente a cámaras que ella. “Yo estoy muy acostumbrada a que la gente conozca mi historia contada por mí, porque desde que empecé esto se la conté a todo el periodismo que han sido mis analistas. Pero esto es una forma poética y mágica y exquisita de reflejar mi vida”, dijo recientemente en las redes de la plataforma al hablar de la serie.

Ahora, se ha vuelto a contar a sí misma.

Van de Couter también co-guionó la historia junto a Martín Vatenberg y Donna Tefa Sanguinetti. “Es todo elevado. Todo es un proceso que no tiene nada que ver con nada, con ninguna otra serie. Es mi vida ficcionada. Muy realismo mágico, surrealismo también, es medio distópico y no está romantizada. La verdad está con fortaleza”.

Tres grandes actrices se ponen bajo su piel en distintas etapas de su vida. Griselda Siciliani, Cecilia Roth y su hija, Sofía Gala Castiglione, conforman el arco vital de la artista desde su juventud hasta su presente. Tres veces Moria. “Tengo sobredosis de mí”, dijo Casán este lunes en el canal de streaming Olga.

Pero quien entre a la serie buscando la imitación del ícono se irá decepcionado. Cada una de las actrices hace propia su interpretación de Moria Casán.

Lo de Sofía Gala es una constelación en pantalla. Es ella quien interpreta a su propia madre recibiendo golpes y devolviéndolos con palabras, concibiéndose a sí misma y dándose a luz con el acompañamiento de Marco Antonio Caponi en el rol de su padre, Mario Castiglione. Ella, que conocía los monólogos de su madre desde niña y los decía de memoria desde la platea de los teatros, vuelve a ponerse en su papel y lo hace con un acceso emocional destacable.

La serie, dice su protagonista, es a fin de cuentas la historia de amor entre una madre y una hija solas en medio del despiadado universo del espectáculo porteño. Y, de alguna forma, la construcción de un linaje familiar. Y una de las tantas formas en las que se puede ver una familia.

Por momentos Moria es una serie fantasiosa, kitsch, exagerada. A veces es un retrato caliente, de discusiones lapidarias, frases irreales y amores inesperados. A veces, es frívola, lejana, incómoda. Pero siempre histriónica y transgresora. Hay también una sensibilidad de psicomagia que lo atraviesa todo. Moria como una vidente del placer. Ve presente, pasado y futuro. Se ve a ella misma, se analiza, se reconvierte.

“Estoy sublimada a la estratosfera, estamos elevados espiritualmente”, se escucha la voz de Moria en una publicación reciente de la plataforma. “A partir de ahora, se me invoca”.

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