16 de julio de 2025 5:05 hs

Desde Uruguay se suelen seguir las noticias económicas y políticas de la vecina orilla con asombro, y a veces, con algo de espanto. Cruzar el Río de la Plata para ir de compras dejó de ser una alternativa frecuente para muchos uruguayos. De hecho, los viajes de uruguayos a Argentina se redujeron un 45% durante el 2024 y en el gasto también fueron más austeros. Es que las decisiones que se han tomado en la gestión del presidente Javier Milei están mostrando sus consecuencias.

“El país pasó a integrar el listado de los más caros superando a muchos que ya eran caros para nosotros, como por ejemplo Uruguay. El fuerte shock de precios, con un tipo de cambio que está sostenido en un nivel más bajo produjo un proceso de inflación en dólares con el consecuente aumento de todos los precios medidos en esa divisa”, analiza el economista Nicolás Aroma, Director del Centro de Economía y Finanzas.

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Vacaciones y compras empezaron a convertirse en un plan atractivo fuera de las fronteras argentas, por ejemplo en Chile o en el país verdeamarelho, donde hubo una devaluación del real cercana al 28% en 2024. Pero, lejos del lujo del ocio, el verdadero problema para los vecinos sigue siendo llenar la heladera a fin de mes. Algo parecido sucede en Uruguay.

Viendo un canal porteño desde Montevideo me tenté con el zócalo: “Uruguay está barato”. Ni tanto. De este lado sabemos que el “paisito” se encuentra entre los 15 con la nafta más cara del mundo y algo similar sucede con las tarifas de los servicios, que de por sí engordan las cuentas. Para el director del Centro de Estudios de la Realidad Económica y Social (CERES), Ignacio Munyo, “detrás de lo caro que es el Uruguay hay múltiples factores: un entramado regulatorio —histórico y acumulado— que genera sobrecostos, un mercado de baja competencia con monopolios y oligopolios, y una coyuntura prolongada de atraso cambiario explicada por razones macroeconómicas”.

El propio ministro de economía oriental, Gabriel Oddone, declaró hace poco, “todo país pequeño es caro por definición” y admitió que aunque existan “enormes oportunidades” para mejorar la eficiencia del Estado y las regulaciones, ninguna medida cambiará de fondo el problema. Para el jerarca, parte del encarecimiento responde a que Uruguay tiene “niveles salariales comparativamente elevados” y reducir el costo de vida implicaría afectar esos ingresos. Habría que estudiarlo.

En cuanto a cómo mejorar los salarios el escenario es desafiante para el país que conduce Milei, “mejorar la competitividad sin seguir afectando los salarios no es fácil. El problema no es si Argentina es cara o barata respecto a otros países, sino que los precios son altos para lo que la gente puede pagar. Por eso cae el consumo, se frenan las ventas y la industria alimentaria se estanca: el poder adquisitivo no alcanza para sostener la economía doméstica”, apunta Aroma.

Dice la letra de un tango… “por más que me arremango, no descubro un mango, ni por equivocación”. Y es que, a veces, somos algo “difíciles” de entender. "En Argentina, la coexistencia de múltiples tipos de cambio y la incertidumbre macroeconómica generan precios distorsionados. Para el turista, eso se traduce en una percepción ambigua: algunos servicios parecen muy baratos, mientras que otros resultan sorprendentemente caros, según el tipo de dólar con que se hagan las cuentas. Entender esta diferencia es clave para pensar políticas más efectivas", comenta el economista uruguayo Sebastián Fleitas, profesor de economía de la Universidad Católica de Chile.

También lo es entender las razones estructurales por las que un país se vuelve oneroso. Cuando esta cronista decidió mudarse a Uruguay, hace un año y medio, vestirse, moverse o salir a comer afuera salía cuatro veces más en zona charrúa, esa brecha, tal como contamos, se redujo abruptamente.

Uruguay y Argentina, claro está, tienen realidades económicas distintas, con historias, escalas, estructuras e idiosincrasias diferentes. Sin embargo, el desafío en parte es compartido: cómo lograr ese crecimiento sostenido que contemple además el bienestar de sus ciudadanos, reducir la incertidumbre y construir sociedades más equitativas. ¿Utópica? Puede ser, aún así es nuestro deber forzarnos a caminar dos pasos, aunque el horizonte se corra diez más allá. “¿Para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”.

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