Heráclito de Éfeso, hace más de dos mil quinientos años, sentenció que lo único permanente es el cambio. Uruguay cierra 2025 con esa tensión inscrita en su economía: señales que mutan, indicadores que se contradicen y una agenda de reformas que sigue esperando su turno en la fila de las urgencias.
El balance del año que termina es, inevitablemente, de claroscuros. El nivel de actividad se desaceleró encendiendo luces amarillas que no conviene ignorar. Sin embargo, el mercado laboral mostró una fortaleza inesperada: récord de cotizantes en BPS, la tasa de empleo más alta de la última década y ramas de actividad que mantuvieron su dinamismo. El sector exportador cerró otro año de crecimiento. La inflación se mantuvo dentro de los rangos objetivo, habilitando reducciones en la tasa de política monetaria que se acentuaron en el segundo semestre. Y el salario real volvió a crecer, funcionando como amortiguador del enfriamiento del consumo de los hogares.
Grúa de la construcción
Foto: Leonardo Carreño
El cambio más notorio en materia de política económica ha sido la decisión de transparentar y enfrentar el problema fiscal. Con un déficit en niveles máximos de los últimos treinta años, la negación dejó de ser una opción. Los primeros pasos hacia la desburocratización estatal fueron tímidos pero reales. El foco en la postergada movilidad urbana aparece como una señal de que algunas prioridades comienzan a ordenarse. Las cartas más importantes, sin embargo, se revelarán cuando el presupuesto entre en vigencia.
Vivimos en la era del conocimiento. Es allí donde las economías construyen ventajas competitivas sostenibles. La aritmética es implacable: no seremos más personas trabajando (la crisis demográfica ya está aquí), y nuestra dotación de recursos naturales es la que es. La única variable que podemos multiplicar es el capital humano y su capacidad de generar valor agregado.
Y aquí aparece una de nuestras peores paradojas. Hay sectores productivos que no crecen más porque no encuentran uruguayos capacitados para ocupar sus posiciones. Al mismo tiempo, más de cien mil compatriotas permanecen desempleados. El desajuste entre oferta y demanda de competencias es un síntoma de reformas que no pueden seguir postergándose.
La educación secundaria exhibe tasas de deserción y egreso que nos ubican entre las peores del continente. ¿Cómo pretendemos crecer sin uruguayos preparados para hacerlo? El diagnóstico es conocido; lo que falta es la voluntad política de ejecutar los cambios necesarios.
A esto se suma un tsunami tecnológico que llamamos inteligencia artificial. Las estimaciones más conservadoras indican que eliminará entre el cincuenta y el setenta por ciento de las tareas que hoy realiza un ser humano. La reconversión laboral no es un tema para la próxima generación; es una emergencia del presente.
El mundo que viene
Uruguay es tomador de precios y condiciones. Con un acotado mercado doméstico, debemos exportar gran parte de nuestra producción porque simplemente no tenemos capacidad de consumo interno. El contexto internacional para 2026 no luce favorable: caídas en los principales precios de productos exportables y un clima que nos afecta con creciente intensidad.
India ya es el país más poblado del mundo y prácticamente no tenemos vínculo comercial con ella. El fenómeno de China recién comienza a mostrar los frutos de décadas de investigación y desarrollo con una escala que nadie podrá igualar por años. Indonesia crecerá a tasas extraordinarias. Varios países africanos también, con demografías en expansión. Hay mucho por analizar y, sobre todo, por ejecutar.
Las expectativas para el año entrante incluyen una nueva reducción de la tasa de política monetaria que termine de empujar el dinamismo de la economía, y potencialmente un fortalecimiento moderado del dólar. Si Argentina se mantiene cara en términos relativos pero con estabilidad, será una buena noticia para nuestras exportaciones de servicios, particularmente el turismo.
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El 2026 debe ser el año de las concreciones. Concreciones en inversiones privadas anunciadas. Concreciones en infraestructura pública, particularmente Casupá y movilidad urbana. Concreciones en inserción internacional, donde se viene avanzando en clave de política de Estado pero falta materializar acuerdos.
El tono del debate
Es más fácil hablar desde la comodidad del análisis; luego la realidad suele ser más dura. Pero estos temas son acuciantes. Quizás logremos ver avances en alguno de ellos durante este período.
Lo que no podemos permitirnos es que el nivel del intercambio de ideas descienda a umbrales de subdesarrollo. La honestidad intelectual y el respeto no deberían ser moneda de cambio por un voto o un like en redes sociales. El futuro que construyamos dependerá tanto de las políticas que implementemos como de la calidad del debate que sostengamos para diseñarlas.
Heráclito tenía razón: todo fluye. La pregunta es si Uruguay elegirá fluir hacia donde quiere llegar o simplemente dejarse llevar por la corriente.