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19 de mayo 2024 - 5:00hs

Hay algo emocionante que sucede al mismo tiempo que caemos rendidos a un nuevo universo. Cuando nos dejamos seducir por lo desconocido y hacemos un pacto con la ficción. Cuando (finalmente) la televisión nos ofrece lo que alguna vez prometió. En este caso, cuando Shogun se revela en la pantalla como una de las mejores series del año.

Nos aterriza en un momento clave de la historia de Japón: en los últimos amaneceres del período Sengoku, más exactamente en el año 1600, cuando un endeble Consejo de Regentes amenaza con dividirse en facciones en guerra.

Llegamos a Ajiro, una pequeña aldea de pescadores, a bordo del Erasmus, un barco holandés a cargo de un capitán inglés que después de haber perdido a la mayoría de su tripulación cree haber llegado a dónde ningún otro marinero británico había llegado. John Blackthorne (Cosmo Jarvis) –inspirado en William Adams– bajará del barco como un prisionero extranjero y deberá adaptarse rápidamente a las costumbres locales si quiere tener una mínima chance de sobrevivir.

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Pero el marinero es tanto un elemento desestabilizador como parte crucial de uno de los conflictos políticos de Shogun: el alcance de la guerra religiosa entre los europeos católicos y protestantes, que intentan convertir a la población japonesa y enriquecerse del monopolio del comercio asiático.

Blackthorne llega entonces acusado de ser un enemigo por los portugueses, pero un encuentro con Yoshii Toranaga (Hiroyuki Sanada) –un señor feudal inspirado en uno de los tres líderes de la reunificación japonesa– cambia su destino bajo la mirada de una traductora: Toda Mariko (Anna Sawai).

Si bien el universo de Shogun incluye un reparto interesantísimo de personajes secundarios, la historia se desarrolla desde la mirada de estas tres narrativas que se entrelazan para conformar una mirada compleja del Japón feudal.

Política, clase, género, muerte y lealtad son algunos de los elementos que se ponen en juego en una sociedad profundamente jerárquica cuando todo está a punto de estallar y hay algo sumamente atractivo que sobrevuela la serie como un estado de tensión total.

Shogun –comparada habitualmente con Game of Thrones o Succession– se mueve entre la sutileza de las convenciones sociales, los tejemanejes del sistema político, la belleza estética que envuelve al poder y la sangre derramada.

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Shogun: la serie de los 80 y la caída del salvador blanco

Shogun es un término utilizado para referirse al líder militar y el verdadero gobernador de aquel Japón. También es el título de la novela histórica que publicó James Clavell en 1975 después de ser un prisionero del ejercito japonés durante la Segunda Guerra Mundial. Cinco años después de su publicación, el periodista Paul Bernstein escribió lo siguiente en las páginas del The New York Times:

Los lectores de Shogun suelen informar que se sumergen tanto en la novela que sus trabajos y matrimonios palidecen en comparación. En el trabajo, lo esconden en los escritorios y echan vistazos furtivos cuando nadie está mirando. En vacaciones, rasgan el libro de bolsillo en secciones y lo pasan para que dos o tres puedan leerlo simultáneamente. Los lectores de Shogun suelen informar que se sumergen tanto en la novela que sus trabajos y matrimonios palidecen en comparación. En el trabajo, lo esconden en los escritorios y echan vistazos furtivos cuando nadie está mirando. En vacaciones, rasgan el libro de bolsillo en secciones y lo pasan para que dos o tres puedan leerlo simultáneamente.

El éxito de la novela se llevó a la televisión en 1980, cuando Shogun se transformó en una miniserie –ganadora de tres premios Emmy y tres Globos de Oro– que se convirtió a su vez en un fenómeno cultural que ayudó a promover la obsesión de occidente por la cultura japonesa.

Y es que Sohgun no es nueva para todos. Hay una generación que ya fue testigo del ascenso social del Anjin-sama, se conmovió ante la dignidad de Mariko o descubrió los juegos de poder de Toranaga.

En Uruguay, la serie llegó a la pantalla de Canal 10 seis años después. “La crueldad y la guerra en la miniserie más ambiciosa de la década”, decía el locutor del canal en la promoción de la serie, que se emitió en horario central.

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Pero, a ellos, les puedo asegurar que esta vez no será lo mismo. Ahora, FX se embarcó en una nueva adaptación de la historia para presentarla a una nueva generación (y redibujarla para las que repiten).

La versión de 1980 tenía una gran carencia cuando se la mira desde el siglo XXI: con Richard Chamberlain en el rol de Blackthorne, Toshiro Mifune como Toranaga y Yoko Shimada interpretando a Mariko, la serie adoptaba únicamente la acotada perspectiva del marinero europeo como el salvador blanco en un territorio "inexplorado".

De hecho, la noche en que la serie se estrenó en la televisión japonesa Shimada –la actriz que interpretó entonces a Mariko– y Edwin O. Reischauer –ex Embajador de los Estados Unidos en Japón– aparecieron en televisión para "pedir la indulgencia del público en una visión occidental de Japón", recuerda Bernstein.

Ahora, la perspectiva japonesa es un aspecto central de la producción de Shogun. "El nivel de reflexión y responsabilidad hacia la representación de otra cultura estaba en primer plano en los pensamientos de todos. Te gustaría pensar que habríamos llegado allí hace 10 años, pero no creo que lo hubiéramos logrado; y dentro de 10 años, habrá otras cosas", dijo la productora Rachel Kondo en una entrevista con Variety.

Para lograr esta versión convocaron a un equipo de escritores conformado predominantemente por mujeres asiático-americanas y cada diálogo pasado por un proceso de traducción del inglés al japonés de la época y nuevamente al inglés para no perder la perspectiva histórica.

Shogun juega no solo en la cornisa de la guerra y la paz, sino en el cruce de Oriente y Occidente, con arcos narrativos enriquecidos y complejos que se desenvuelven episodio tras episodio de tal forma que hasta el final de la temporada terminamos (¿terminamos realmente?) de conocer a sus personajes.

El navegante ahora pierde protagonismo y, a pesar de su encanto, Blackthorne no parece ser mucho más que una pieza en el ajedrez del juego político del Consejo de Regentes. Al mismo tiempo Mariko-sama despliega toda la complejidad de un personaje brillante que nació como mujer de clase alta, se reconvirtió al cristianismo y encontró el espacio para aferrarse a su independencia mientras carga en su apellido el rastro de una traición.

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"Las flores son solo flores porque caen"

La producción de Shogun implicó esta vez una profunda y detallada investigación histórica, que tuvo como consecuencia un compilado casi tan extenso como las 1200 páginas de la novela de James Clavell con detalles del Japón feudal: rituales mortuorios, documentos recuperados, simbología, los secretos de la ceremonia del te y los detalles del estilo de la poesía samurái.

“Para nosotros era importante que, a diferencia de la primera serie, esta vez el punto de vista japonés tuviera el mismo peso que el occidental. En esa época, tantos unos como otros se veían como bárbaros”, puntualiza Frederik Cryns, profesor de Historia en el Centro Internacional de Investigación de Estudios Japoneses de Kioto y consultor de Shogun a El País de Madrid.

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La serie debió rodarse en Vancouver con un equipo que contó con técnicos y talentos japoneses, donde se reprodujeron al detalle las estancias de los personajes, los majestuosos palacios y hasta la ciudad de Osaka del 1600. Incluso el color del icónico castillo de la ciudad, donde nos encontramos por primera vez con Toronaga enfrentándose a sus enemigos en el Consejo de Regentes, es el que corresponde al período histórico.

Cryns se concentró en cada detalle, desde la posición de cada personaje en los espacios de acuerdo a sus rangos sociales hasta los textos legales en el japonés de los escritos que pasan por las manos de los actores. Se fijó en que la caligrafía de cada personaje fuera similar a la que permanece en documentos históricos, que la estética de cada uno respetara las tradiciones de cada estamento, que utilizaran correctamente tanto los palillos como las katanas y que caminaran de la forma adecuada.

Los productores de la serie incluso se contactaron con el Teatro Nacional de noh de Tokio para crear una secuencia de teatro tradicional que recurre a las máscaras y al simbolismo gestual para contar la historia de un regente traicionado inesperadamente.

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La serie de 10 episodios, que desde su estreno se ha convertido en el producto más visto de FX, acaba de confirmar la producción de dos nuevas temporadas que se extenderán por fuera del universo de las novelas literarias de Clavell, según informó The Hollywood Reporter.

Shogun se presenta como una serie que no subestima a sus espectadores. Tampoco hace alarde de la violencia para regodearse en la espectacularidad ni en el erotismo para exacerbar la pasión. Acompasada cuando lo requiere y dinámica cuando las cosas se complican, no teme competir por la atención del otro lado de la pantalla.

Una serie a la medida de la historia épica que todos estábamos esperando desde el final de las grandes producciones de esta década.

Hay algo emocionante que sucede al mismo tiempo que caemos rendidos a la belleza de ese Japón feudal. Cuando nos dejamos seducir por las palabras de Mariko en el Willow World o nos sorprendemos ante la aplicación de un estricto código de honor que se paga con la vida o el seppuku. Cuando los poemas esconden el comienzo de una guerra.

Hay algo emocionante en Shogun. Y este parece ser solo el comienzo.

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