18 de julio 2024 - 5:00hs

El momento en el que personas que conviven puerta a puerta levantan la mano (y a menudo la voz) para decidir un destino colectivo puede ubicarse entre los episodios más imprevisibles de la convivencia entre vecinos. Una asamblea vecinal se puede convertir rápidamente en algo más cercano a un castigo terrenal. En sí misma, y dependiendo del caso, puede contener una comedia, un drama o una historia de terror.

En este caso, un grupo de vecinos se reúne en el apartamento vacío de uno de ellos para una elección sencilla y ampliamente acordada: el cambio del ascensor. Sin embargo, ese encuentro que parecería expeditivo se convierte en un interminable interrogatorio cuando se enteran que esa unidad finalmente fue alquilada. El inquilino es un joven compañero de trabajo del dueño, que ingresó a su empresa a través de un programa de reinserción laboral vinculado a la salud mental.

El prejuicio, la crueldad y el enojo envuelven el miedo y el desconocimiento de una vecindad que reacciona y escala hasta convertirse en espejo de una sociedad que aún hoy tiene una honda aprensión hacia la salud mental, al tiempo que se afirma como uno de los principales problemas de salud pública de la generación. Votemos apunta a los límites de la convivencia y aquello que está debajo del discurso puertas afuera. Una pregunta queda en el aire: ¿conocemos realmente a quien está del otro lado del pasillo?

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Adriana Da Silva es la directora de Votemos, la adaptación del cortometaje español Votamos –dirigido por Santiago Requejo que fue nominado a los Premios Goya– que fue un éxito teatral en Argentina. La obra, que va este viernes en sala teatro Movie (con una segunda función el 29 de julio en beneficio a la Fundación Canguro) y el sábado en el Teatro Politeama de Canelones.

Después de tres décadas de experiencia teatral, Da Silva construye su perfil como directora. Antes de estrenar Paraanormales –su próxima obra– habló con El Observador sobre el derecho de piso en el teatro, la conformación de elencos, la posibilidad de dirigir textos nacionales y contemporáneos, la oferta teatral y qué desafío profesional le gustaría tener en el futuro.

A continuación, un resumen de la entrevista.

Adriana Da Silva, actriz, conductora de tv, radio.

De adolescente formaste parte de un grupo de teatro callejero, luego estudiaste en la Escuela Multidisciplinaria de Arte Dramático (EMAD) y empezaste cortando entradas en el Teatro Circular. Trabajaste en la iluminación, en el sonido y en el traspunte, antes de hacer Sexo, Chocolate y BCG con Jorge Esmoris. ¿Cómo era Adriana en ese camino hacia el escenario?

Estaba muy ubicada en que el camino iba a ser un poco largo y que tenía que pagar derecho de piso. Los primeros tres años me dediqué a hacer labores de traspunte y estar en la puerta. En un momento se me invitó a formar parte de la institución del Circular y ahí me di cuenta que no me podía atar a ninguna institución, que quería ser independiente-independiente. Seguí trabajando con diferentes elencos, en diferentes teatros, con los directores que quería y que podía, y así fui construyendo mi historia.

Hablás de pagar derecho de piso, ¿crees que es importante en la formación del artista?

Te lleva a ubicarte mucho en el lugar del otro, entender el trabajo que le lleva, la dedicación. Entender que el trabajo de ninguno de tus compañeros es menor. En aquella época pensaba que era una forma de que me considerasen más para trabajar, hasta que en un punto dije bueno 'ya está, ahora me tengo que subir al escenario'. De hecho, creo que en simultáneo cuando hice Sexo, Chocolate y BCG todavía seguía cortando entradas en la otra hasta que finalmente dejé y empiezan a venir las invitaciones, se empiezan a concatenar una con otra y ya no me bajé del escenario. En la vieja Candela, que era el teatro que quedaba en 21 de setiembre y es Ellauri, un día hicimos una extensión cultural para un colegio y faltó la sonidista porque se había enfermado. Entonces yo actuaba, decía un parlamento, salía, apretaba un botón, entraba, hacíamos la canción, entraba otra vez a la cabina donde estaba el equipo de audio, apagaba el equipo y volvía. Esas cosas que te pasan en el teatro. Hablan también de otro tiempo, donde había que pelearla mucho para estar donde tenías que estar.

¿Qué es el teatro para vos ahora en esta etapa de tu vida?

Ay, el teatro es aire. El teatro en este momento es la parte saludable de mi vida. Desde siempre, y ahora más, es el momento en que se detiene mi tiempo personal y entro en ese mundo de fantasía donde no siento nada, no me duele nada, no tengo problemas, donde me divierto. Hace un tiempo lo dije: donde puedo ser todo lo que no soy en la vida. Soy una mujer glamorosa, soy la más mala de la historia, soy alta, soy joven, soy todo lo que no soy en la vida. Entonces para mí siempre el escenario fue como ese el lugar fantástico donde podés dar rienda suelta a todo lo que se te ocurra. Y en este momento eso es como aire para mí.

Estás abocada a la radio, en Buenas tardes Uruguay por Radio Uruguay, y el rol de dirección, ¿qué es lo que tenés en cuenta para aceptar un proyecto?

No soy de las que puedo elegir todo el tiempo propuestas. De pronto sí propuestas alternativas que tienen que ver con el espectáculo o con el mundo de las redes sociales. En la radio y la televisión me he permitido decir algún proyecto que no, porque económicamente no me compensaba y tengo que poner en la balanza lo que necesito para mantener mi casa y mi familia o en un segundo lugar, pero muy pegadito, por lo bien o mal que me iba a sentir haciendo el papel que me tocara. Es un complemento entre una cosa y la otra. A veces te piden algunos roles que de repente no van contigo. Si hubiese un programa de verano vos no me ves a mi en la playa corriendo de malla haciendo de movilera o en un programa que sea muy incisivo donde yo no me vea peleadora para ese rol. De verdad tengo que ser fiel a lo que soy yo: soy una mujer más de consenso, una mujer de revista, una mujer que he entrevistado a políticos desde otro lugar. Ahora cambió la manera que tenemos de vincularnos con las noticias, antes a los comunicadores con mi perfil no nos permitía hacer entrevistas a políticos, hablar de algún tema o de algún proyecto de ley. Hoy la información se uniformizó. Me siento con credenciales para hablar, por ejemplo, con un Ope Pasquet del proyecto de Eutanasia. Es importante, nos interpela a todos. Antes no se me permitía y hoy sí. De pronto con el con el correr de los años me envalentoné para abordar ese tipo de temas. Ya me había pasado trabajando en Vespertinas, donde éramos cuatro mujeres con cuatro perfiles distintos que metíamos, y nunca me jacté de ser periodista porque no soy periodista, pero desde mi lugar me animé a hacer preguntas que en otra época capaz que me decían 'esto es para vos'.

Después de tantos años como actriz, asumís el rol de dirección. Luego de haber sido dirigida por tantos directores y directoras, ¿qué sentís que has tomado de cada uno? ¿Cómo has construido este perfil como directora teatral?

Yo creo que en la construcción del perfil como directora a veces es más lo que tomas para no hacer que para hacer. Hay muchas cosas que no quiero transmitir o pasarle a mis compañeros, que son colegas. Compañeros con los que trabajaste o compañeros a los que recién conocés. Es un descubrimiento. Algo que me importa mucho es la comodidad. Es decir, plantearle cosas que de pronto no están dentro de su zona de confort pero que si las hacen sea poniéndose al hombro lo que vos le pidas. Si vos le pedís algo que no le es cómodo, que no le es orgánico a un actor, y el actor lo hace de mala gana o lo hace visiblemente incómodo, prefiero que no lo haga. Pero si me dice, 'mirá, no estoy acostumbrado, pero probemos' y se pone al hombro eso, ahí estoy 100% apuntalando y ayudando. Entonces, te diría que aprendí más las cosas que no quiero, que las que quiero.

¿Cuáles son las cosas que no querés?

No inventarle al actor una manera de actuar. Los actores tenemos perfiles distintos y para mí el gran desafío es buscarle la vuelta para que dentro del estilo de ese actor sea verdad lo que te dice. Porque en un espectáculo como Votemos son todos distintos. Vos tenés actores que hablan mucho con el cuerpo y actores que su fortaleza está en el decir. Jorge Temponi, su fortaleza está en el decir y en el poco movimiento. En Leo Lorenzo está la exactitud, él no te dice un parlamento de más. Alejandro Camino es la grandiloguencia, el desparpajo. Luciana Acuña habla con el cuerpo. Para mí la gracia de toda esta historia, o lo que a mí me gusta descubrir, es que dentro de cada estilo yo quiero verte y que vos me convenzas. Sos una compañera más que estás viendo desde afuera y que de alguna manera lo que hace es ensamblar las piezas. Le das la mayor coherencia posible dentro de lo que vos querés presentar, porque también está bueno que el elenco entienda que hay cosas que tienen que ver contigo y cosas que no. Este por ejemplo es un espectáculo que se hizo en Argentina y la versión argentina era mucho más subida de tono. Había mucho parlamento que yo lo quité porque lo consideré innecesario, pero es porque a mí me gusta así o porque de repente tiene que ver con la idiosincrasia uruguaya. Me doy cuenta ahora, trabajando en los textos nuevos, que me gusta lo que llamamos "peinar el texto". A veces parece que el autor no diera por sentado que la gente entendió lo que quería decir, entonces entro a limpiar, voy directo. A veces se van por las tangentes, me canso y digo 'vamos a lo que importa'. Porque soy ansiosa y también porque soy espectadora.

Eso hace que la obra mantenga en cierta tensión.

Un dicho que tengo con el elenco cuando voy a entrar es "vamos a picarla". Como si fuese un jugador. A veces siento que en otras versiones por buscar ponerle una carcajada más o una aceptación más se van con parlamentos que a mí no me suman. Yo me doy cuenta que soy ansiosa en ese sentido. Me estoy descubriendo.

Adriana Da Silva, actriz, conductora de tv, radio.

Esta es una obra que nace de un cortometraje español, que se lleva al teatro en Argentina con gran éxito y venís a adaptarla al Uruguay. ¿Cómo es ese proceso?

Yo la adapto como uruguaya, pero no sé si al uruguayo le importan tanto todas las consideraciones que yo tengo. Porque el mismo uruguayo que va a ver tu espectáculo ya la vio en Buenos Aires y allá se muere de la risa. De pronto se permite, cuando ve tu versión, decirte 'che, opa, mirá, está medio subida de tono, ¿no?'. No asumen que los actores uruguayos hagamos el mismo chiste en el mismo tono que lo hacen en Argentina. Pero yo estoy tratando de sacarme un poco eso de encima. Pero también tiene que ver conmigo, que a mí hay cosas que no me suman. Hay algunos personajes que dicen cosas que no ameritan y si no ameritan, si me tiran por la borda la concepción de lo que yo veo en el personaje, yo lo saco.

Votemos es una obra que tiene en su centro la salud mental. ¿Cómo ha sido el proceso de trabajo en torno a este tema?

Es un tema que nos interpela desde hace muchos años. Ocurre que antes, cuando hablábamos de salud mental, éramos los locos que nos veíamos enchalecados en el Vilardebó. Era la referencia que teníamos y había un susto latente de contarle a alguien que tu hijo tenía un problema o que vos tenías un problema. Porque estaba asociado pura y exclusivamente a la locura. Pero hay muchas cosas que están involucradas dentro de lo que hablamos de salud mental. Y la obra de lo que trata es justamente dónde nos paramos nosotros cuando alguien nos dice que tiene un problema de salud mental. ¿Nos ponemos paranoicos, nos perseguimos, nos alejamos, o conocemos primero a la persona o te confieso que me pasa lo mismo que a vos? En la obra están esos dos costados. Es una reunión de copropietarios que parecen bastante normales, que van a decidir algo simple del edificio, y se transforman cuando se enteran que viene alguien que entró a trabajar por un programa de reinserción laboral. ¿Por qué? Porque tuvo un problema de salud mental. Entonces, ahí, las hipótesis que se manejan empiezan desde la más chiquita hasta la más disparatada. La cuestión es que, hablando con el elenco, les pregunté, 'esto que nos cuestionamos, ¿no nos lo cuestionaríamos si nos pasa en nuestro edificio? ¿Vos no te preguntarías si esa persona es agresiva o es violenta? ¿De dónde viene?'. Lo que intentamos es no sentirnos culpables por hacernos tantas preguntas acerca del otro. Lo que sí nos cuestionamos, y que cuestiona la obra, es que no armes una imagen antes de conocer a la persona. Ahí está lo poco humano de juzgar o de sacar del partido a alguien sin conocerlo.

Cuando se entra a caldear la situación empiezan los reproches entre uno y otro, despiertan los bichos que tenemos adentro escondidos. Te trato bien porque sos mi vecina, pero si me agarras en un punto de enojo intenso te puedo decir un disparate del que después me voy a arrepentir. Es lo que pasa en la obra en determinado momento, empieza a formarse una gran bola de nieve de te digo una cosa, me decís otra, te retruco, contra flor y cuando querés ver nos dijimos un disparate. La convivencia no es tan sana, ni son todos tan sanos como pensamos que son. Al final vos preguntás cuál es el que está más sano, si es el que llegó a alquilar o estos otros que cuando las papas queman se dicen cualquier cosa.

Estás trabajando también en Paranormales, que tiene como personaje a un niño dentro del Trastorno del Espectro Autista. Son dos propuestas que tienen mucho en común.

Increíblemente las dos obras abordan temas similares, pero el otro va por el lado de los niños. Un grupo de padres que decide sacar a un chico de la clase, quieren sacarlo o ponerlo en otro grupo porque el niño es diferente, porque es más hiperactivo o porque es más demandante. Incluso aunque sus hijos se lleven muy bien. Los niños de pronto se llevan bárbaro, se entienden, se manejan, generan códigos. Lamentablemente son situaciones bastante críticas que también hay que replantearse. Queremos estar todos dentro de la normalidad y no ser cuestionados pero cuando alguien nos resulta que no está dentro de esos parámetros, saltamos con todo.

Hace poco subiste una foto con el elenco de Votemos y que la planteabas en tus redes como un retrato familiar, ¿qué se genera en un elenco teatral para que se den esas dinámicas casi-familiares?

Primero, gente como la gente. Tiene que haber gente como la gente. Como decimos los uruguayos, de la planta. Gente que esté en sintonía, que respete el trabajo de los otros, que lo vea como una creación que amerita paz y felicidad. Que si hay cuestionamientos y son claros, se solucionan. Hay equipos que a veces no funcionan porque no combina uno con otro. O alguien viene con una energía tan superior o con un ego tan despegado que de pronto por ser el personaje en escena no se da cuenta que en realidad somos una cadena y que cada eslabón cuenta. Cuando estamos todos somos un bloque, un bloque único y vamos para adelante. Ahí se produce una fusión hermosa, porque no hay dilemas. Cuando no hay dilema, lo que tenemos que hacer es trabajar.

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¿Te has encontrado con muchos de esos egos disonantes en tu carrera?

Sí, y he decidido con algún ego así ya no interactuar. No me interesa, me estresa más de lo que lo disfruto. Vos pensá que yo vengo de una época en la cual se hacía teatro viernes, sábados y domingos. Entonces tiene que ser un momento placentero el teatro para no sentir que te perdés un montón de tu vida. Hace tres décadas que hago teatro, entonces si no te gusta, si no es tu vocación, te empezás a cuestionar mucho eso y cuando te encontrás con gente que es tóxica, o como dicen los psiquiatras son como estresores en tu vida, empecé a dejar que sigan su camino porque te arruinan la creación. Cualquier elemento disonante para ellos es 10 veces más de lo que debería ser, todo les molesta, hacen cosas que no deberían hacer, cosas que no están marcadas, hablan cuando no tienen que hablar, no te dejan cerrar un chiste, se ponen atrás para que vos te des vuelta y el público vea tu espalda, cosas que no se deben hacer. Me imagino no se gente que no sabe trabajar en equipo y que en el fondo encierra mucha inseguridad. La persona que es segura no necesita todo eso para ser o estar. No necesitás estar bajando gente del barco para quedarte con el timón, porque siempre hay un lugar para vos. Una vez Natalia Oreiro era muy joven y había cruzado el charco y me dijo 'me ha costado mucho hacerles entender que yo no vine a ocupar el lugar de otro, vine a ocupar mi lugar'. Te pueden sustituir pero vos sos única.

¿Cómo vivís la energía del público desde este lado de directora?

Me encanta. Los miro, relojeo a ver qué piensan, si se mueven mucho en la butaca, en dónde se ríen. La gente se ríe en lugares que para mí eran impensables y en lugares que me parecía que era un chiste en fija no se ríen. Después evalúo si algo de lo que están viendo les resulta incómodo o muy violento o no. Yo creo que me hago más películas que la realidad pero me gusta eso, me gusta ver la energía. Y como estoy sentada con la sonidista y el iluminador me quedo un poquito por ahí mientras la gente sale e intercambiamos. Estos son temas sensibles, de pronto alguno que te dice 'me pasó esto', o 'esto me tocó un poquito'. La gente a veces charla contigo y te cuenta, se abre un poquito, no es que esto pretenda que la gente haga una catarsis pero se da espontáneamente. El público uruguayo se está animando a hablar con los actores. Nosotros venimos con eso de pedir una foto y decir 'ay perdoname, me siento re cholula'. Y yo la verdad que lo agradezco, para mí es un honor que alguien quiera tener una foto conmigo. En otra época la gente no te decía nada, se retraían porque le parecían que hacían el ridículo, que no estaba bien o que estaba molestando. Al revés. A mí me parece un honor, de verdad, que me diga que le gustó o que le pegó por este lado o que no le cerró algo. Todo es bienvenido, porque en el acierto o en el error uno va transitando y mejorando en la medida de las posibilidades. En ese lugar en el medio del público soy como una parabólica. Estoy mirando para todos lados y me encanta.

Adriana Da Silva, actriz, conductora de tv, radio.

¿Cómo ves el público uruguayo ahora, después de 30 años de carrera artística? ¿Qué otros cambios has visto?

Hay más público ahora, por suerte. Después de la pandemia la gente salió como loca a tomar aire, a reírse, a ver. Más allá de los momentos que podamos vivir de crisis al teatro está volviendo la gente, y no te estoy hablando sólo de la sala en la cual estamos trabajando nosotros, un montón de salas. La gente está yendo al teatro, está acompañando, está disfrutando. Y claro, hay un teatro para cada público. Siento que a estos espectáculos que son de tinte muy costumbrista está viniendo el público que tenía miedo de ir al teatro por no entender. De pronto hay un teatro un poco más experimental, que apela más a que vos desarrolles una sensibilidad a partir de estímulos que te dan en el escenario, pero vos te haces tu propia película y ahí depende mucho de ti. Un espectáculo de estas características es un espectáculo que no tiene pretensiones, que es más simple, es más claro, está muy servido en bandeja. De pronto si yo le diera una vuelta de tuerca capaz que no tenía el efecto, porque lo que yo necesito es un retrato muy fiel de la realidad, como lo hacía Florencio Sánchez. Hubo una época en que hacer Florencio Sánchez casi que no estaba bien visto, porque era demasiada realidad llana y pura. Hoy por hoy estamos volviendo a la realidad llana y pura, que atrae a la gente que tenía miedo de ir al teatro. Se tata de derribar esas barreras, porque si de pronto ese espectador va a ver una obra de este estilo después se anima a ver otro espectáculo. Y aunque no lo entienda te dice 'vine porque tenía curiosidad'. Por lo menos fue y pagó la entrada. Me parece que ese es un cambio sustancial que hace que sea todo mucho más inclusivo y que el arte sea para todos. También hay mucho autor nacional contemporáneo que tiene obras guardaditas en un cajón, que me parece que también habría que darle cabida. Creo que es el momento para que resurja mucho texto que anda por ahí escondido.

¿Te gustaría dirigirlos?

Sí, claro. Yo ahora estoy con viento en la camiseta. Se me fue el chucho, me parece.

Teatro, carnaval, radio, televisión. Has caminado por varios rubros en tu carrera. ¿Hay algo más que te gustaría probar?

Capaz que el cine. Tuve una aparición, pero creo que fueron 20 segundos, en donde me peleaba con Jorge Denevi en Las toninas van al Este. Me invitó la directora, que es muy amiga mía, Verónica Perrotta. Me dijo 'tengo un papel, es muy chiquitito, capaz que estás 30 segundos al aire' y dale, vamos. ¿Y no me toca pelearme con Jorge Denevi, que es como una especie de obelisco altísimo? Pero lo hice con mucho gusto. Lo que pasa es que no voy a un casting. En una época no nos convocaban porque estábamos muy vinculadas a la televisión y esa figura de televisión no les llevaba a preparar un personaje dramático. De pronto te llaman para decirte 'necesitamos a alguien que haga de periodista en la película'. Nunca me presenté. Lo podría hacer, capaz que tengo que animarme.

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