Este viernes, La Delio Valdez vuelve a Montevideo con un show aniversario en Sitio. Antes de su próxima presentación Santiago Moldovan, fundador y clarinetista de la banda, habló con El Observador.
La Delio Valdez está cumpliendo 15 años, ¿esperabas estar acá?
No, para nada. Siempre hay una cuota de ilusión cuando uno hace cosas que le gustan, fantasía y ese tipo de cosas, pero no lo imaginé. Cuando empezamos era desde un lugar mucho más de amigos, juntarnos a tocar, tomar algo, disfrutar y se ha vuelto un tremendo proyecto que transforma la vida de muchos de nosotros.
Cualquiera podría pensar que La Delio Valdez fue formada por gente que venía de una formación tropical, y en realidad no fue así. La intención de hacer una banda de reggae.
Sí, algo de eso hay. Los primeros dos años de La Delio fue muy inestable la formación, cambiamos mucho. Hay cuatro o cinco que estamos ahora que estuvimos desde el principio y veníamos de consumir música más vinculada al rock, al reggae, al ska, pero también éramos estudiantes de música con mucha curiosidad por diferentes estilos. Todos venimos de palos muy distintos; hoy en día algunos tienen más formación académica, otros más intuitiva y popular. Se fue armando una mezcla. Cuando nos juntamos la búsqueda era tocar cumbia. Me acuerdo que escuchamos orquestas colombianas y nos rompió un poco la cabeza, nos volvió locos cómo sonaba. Era una época en Buenos Aires donde estaba muy de moda que las bandas tuvieran muchos instrumentos de viento, una movida encabezada por Dancing Mood. Veíamos en la cumbia colombiana un terreno fértil. A partir de ahí empezó un caminito. Al principio tocábamos como podíamos, hasta que empezamos a tener muchos más recursos para componer, para arreglar, para darnos cuenta qué funciona y qué no. Atravesamos ese caminito hasta que pudimos componer nuestras canciones, que ya fue como abrir otra etapa.
¿Cómo recordás la primera etapa de La Delio Valdez?
Muy divertidos. Los recuerdo cargados de mucha autogestión. Nos poníamos al hombro el armado del lugar, del escenario, después de tocar atendíamos la barra. Era un momento en Buenos Aires que estaba complicado tocar, estaba todavía muy fresquito lo de Cromañón y las condiciones en todos lados eran complicadas. Te pedían pagar para tocar o las condiciones no estaban para nada buenas. Nuestra forma de saltear ese inconveniente fue organizarnos así: estar desde las 12 del mediodía montando el club, armar la barra, armar el escenario, tocar a las 3 de la mañana, después atender la barra. Así unas jornadas de 18 o 20 horas, que nos la gozamos desde el principio a fin. En ese momento implicaba estar con los amigos, de joda, estar disfrutando. Viéndolo en retrospectiva, es zarpado el laburo que hicimos, lo que construimos, pero en ese momento lo vivíamos con mucha alegría, con mucha soltura y pasión.
¿Cuál fue el show más delirante o más sorprendente que tuvieron?
Hubo muchos muy significativos. Muy al principio fuimos a un lugar que ya no existe más como tal, que era la Unidad Penitenciaria Número 20, donde estaban los presos que además estaban internados psiquiátricamente. Fue muy grosso porque nosotros veníamos en la nuestra también, tomando birra, medio sin entender a dónde estábamos yendo, y cuando entramos el ambiente se puso espeso. Veíamos a los guardias con las armas, se escuchaban los gritos de los que estaban encerrados arriba. Pero fue increíble lo que pasó cuando empezamos a tocar, una comunión. Por un ratito se difuminaron las diferencias, nadie estaba adentro o afuera, nadie estaba loco o cuerdo. Estábamos todos compartiendo, bailando. Lo recuerdo como un momento donde muy concretamente vi lo que podía hacer la música. El poder que tenía la música de, aunque sea por un ratito, entregarle un montón de alegría y sanación a la gente.
Imagino que eso también es parte del motivo por el que lo siguen haciendo.
Eso está siempre en la base, en los cimientos. Nosotros disfrutamos de hacerlo. Y todo eso sigue estando, pero con una cuota de responsabilidad y de compromiso aun más grande.
¿Cuándo volvés a tomar contacto con esa sensación del comienzo?
Arriba del escenario. Cuando nos abstraemos de toda la otra parte, que no es que la padezcamos, ni en pedo. No sé exactamente cómo lo vive cada uno de mis compañeros, pero yo creo que todo el laburo grande que hacemos, tanto ensayando como en las asambleas, como laburando en la semana, es lo que hace que venga el premio cuando arranca el show. Todo está direccionado hacia ese lugar donde nos encontramos con la gente, disfrutamos nosotros, la gente, y ese es el momento sagrado.
¿Cómo describirías la escena musical en el momento en que surgió la banda? ¿Existía cierto desdén hacia el género?
Sí, cuando empezamos a tocar todavía no había tanta buena onda entre los diferentes géneros. Había todavía una cosa bastante clasista, como música de gente pobre, música de mierda, bastantes prejuicios. Era loco porque nosotros no íbamos al principio a las bailantas, y si bien tuvimos un pase por ese mundo no era el lugar que curtimos al principio, sino más la escena under de Buenos Aires. Y nos decían “che, ustedes no son una banda de cumbia”. Y era como “sí, loco, esto es una banda de cumbia, o sea, que vos no lo puedas asumir es un problema tuyo”. Tuvimos tratar de explicarle a la gente que la cumbia en su origen es un folclore, como tenemos la milonga, el tango o la chacarera. Para los colombianos la cumbia es una música folclórica que se fue metiendo en todos los países del continente, que hoy en día la sienten como propia y tiene su deformación, su forma de tocarla. Es bastante fuerte lo que pasa con este género, como se mete, se arraiga mucho en la gente, en los barrios, y cada país la siente propia. Pero fue cambiando mucho la escena, esto de que ahora todos los rockeros tienen una cumbia. También me hace pensar mucho en los 90, en que ya había bandas de rock que hacían cumbias, porque lo que hay rítmicamente atrás es una cumbia. Pero la cabeza de la escena del rock no estaba preparada para decir “estamos tocando cumbia”. Hoy por suerte está todo un poco más flexible y desprejuiciado. A nosotros nos ha permitido cruzarnos con artistas muy diferentes, que admiramos, aprender de otros estilos.
Decías que desde el inicio trataron de no moverse tanto en el ambiente de la tropical, que siempre se han movido por fuera del circuito tradicional.
En un momento tratamos de meternos en el circuito y no nos fue muy bien, no nos funcionaba. Es difícil para La Delio, que es una banda con 14 o 15 músicos arriba de escena, con todos instrumentos acústicos, que plantea un show donde hay diferentes cantantes e instrumentos, y shows que duran más de dos horas. La bailanta te propone una lógica diferente: subite, enchufá, hacé un show de 25 minutos y andate a hacer otro. A nosotros no nos rendía artística ni económicamente. Igual me acuerdo de que lo intentamos pero era mucho esfuerzo y no terminábamos de mostrar lo que queríamos mostrar. Le damos mucho valor a este espacio de la bailanta, creo que porque hay algo del cumbiero de ley que está ahí, que pertenece a ese lugar, y creo que una parte del público de La Delio viene de ahí. Nosotros a los cumbieros de la bailanta los fuimos trayendo al Cumbión, que es la fiesta que realizamos nosotros, porque se terminaron sintiendo representados y armando una fiesta donde ellos también la podían pasar bien.
La Delio toma la tradición histórica de Latinoamérica y la transforma en algo que tiene carácter propio. ¿Cómo fue esta búsqueda de un sonido que es personal y al mismo tiempo resuena en la región?
Sentíamos la cumbia de otra manera, la sentíamos mucho más como se baila acá en Argentina y en Uruguay, que tiene que ver con una cosa mucho más a tierra, menos sincopada, un poquito más cuadrada. Creo que eso estaba en el germen de nuestra identidad y fue un poco ineludible. Y después con los años fuimos agarrando cositas de cada lado y ahí aparece esto medio regional. La Delio es una gran mezcolanza, porque nos gusta el rock and roll, el reggae, el jazz, la salsa. Hay una vocación también por contar algunas cosas, por dejar en las letras algunas historias y creo la resultante es una gran mezcla.
Hay algo que caracteriza los shows de La Delio Valdez que es la teatralidad de su presencia en escena. ¿Cómo fue esa búsqueda?
Fue evolucionando pero siempre buscamos armar esta fiesta que llamamos el cumbión. Que esté revestida de cierta mística, vinculada a la noche, al encuentro, al ritual. Siempre fuimos exigentes con que esté re bueno ir a ver a La Delio, que sea una experiencia. Y le dimos bastante bola a eso, a que la gente la pase súper bien y salga lo más sorprendida, lo más flasheada posible. Estuvo un desde el principio y lo fuimos desarrollando. Ahora tenemos la suerte de poder contar con un montón de gente que nos ayuda a desarrollarlo, desde el vestuario, las puestas de luces, cómo nos movemos arriba del escenario. Aunque es bastante intuitivo tenemos gente que nos ordena, que nos ayuda para shows importantes, como este de los 15 años.
¿Cómo es la dinámica del grupo, tanto a nivel artístico como en lo relativo a la gestión de la banda? Son una cooperativa de músicos.
Es un desafío, la verdad. Es poner en sintonía un montón de personas, un montón de voluntades, deseos, tiempos, necesidades. Tiene sus ribetes complicados pero creo que también es algo que a lo largo de los años fuimos aprendiendo a manejar mejor y que así como tiene sus complicaciones también tiene muchas virtudes, que es que tenemos un empuje y una fuerza de laburo muy grande, podemos estar al 100 permanentemente. Hay un equipo que es casi una familia, porque estamos realmente mucho tiempo juntos, nosotros tocamos mucho, necesitamos laburar. Como somos tantos también necesitamos laburar bastante y pasamos mucho tiempo juntos, muchos fines de semana, muchos viajes, mucho tiempo en la ruta, muchos aeropuertos, nos conocemos hace mucho. Hay algo de laburar así que es un poco una herramienta de defensa y un bálsamo. Las construcciones colectivas en esta época están buenas, creo que vienen bien.
Viniendo a Uruguay, los hemos visto en varios escenarios en festivales grandes, en shows más íntimos, en Montevideo y fuera de la capital. ¿Cómo es su vínculo con el país?
Muy lindo. El primer show que hicimos ahí fue en el Museo del Carnaval y estuvo buenísimo para nosotros, porque fue cuando acá en Argentina ya estábamos tocando en lugares más grandes y con un poco más de distancia de la gente, escenarios grandes, con vallas. Fue como volver a la cercanía, a un show más cálido, a estar muy cerca de la gente. Uruguay es un país que tiene una música increíblemente rica. Yo escucho mucha música uruguaya. Y hemos ido haciendo varios amigos también, con las pibas de Kumbiaracha tenemos muy buena onda, compartimos de tocar y de ir a verlas a ellas, una vez tuvimos la súper dicha y honor de que vino el maestro Fattoruso a tocar un temita con nosotros. Somos muy parecidos en cómo se vive la música y cómo se consume la cultura.