19 de abril de 2026 5:00 hs

“Es como San Agustín de Aguarás pero con comida”. Mitad en broma, mitad en serio, una joven considera que su pequeño y tranquilo pueblo cubano es similar a su nuevo hogar, Santa Rosa (Canelones).

Embed - Santa Rosa, el pueblo canario dónde 1 de cada 5 personas es cubana.

Mario, un carpintero y artista de 55 años, coincide y habla de la tranquilidad y “familiaridad” de los santarroseños, similar a la de San Agustín, de donde también es oriundo.

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Ellos dos son parte de un fenómeno que se inició hace una década y que tiene su clímax en 2026: Santa Rosa es la localidad uruguaya con mayor porcentaje de cubanos en el total de la población.

En un pueblo de algo más de 4.000 personas, el alcalde Ramiro Azor estima que la cantidad de cubanos supera las 1.000. Las mismas cifras se manejan desde la comunidad cubana. El último dato oficial es del censo 2023, cuando había unos 230 cubanos. Sin embargo, la explosión de migrantes se dio en 2024 y 2025, con el recrudecimiento de la crisis social, energética y alimentaria en la isla.

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El inicio del éxodo hacia Santa Rosa, entre 2016 y 2017, partió en buena medida por una mentira. “Hablé con el grupo de gente que vino primero y me dijeron que vinieron por una realidad diferente. Acá somos gente modesta, trabajadora, pero ellos vinieron acá por las fotos que alguien mandó de personas con casas de dos plantas, con dos o tres autos parados en la puerta. Les dijeron que esa era la economía de Santa Rosa y yo me sentaba en el muro con ellos y les decía que acá la principal dificultad es el empleo, que no hay industrias grandes. Tenemos una distribuidora de refrescos, el Molino (Santa Rosa) que es de los cooperativistas y (la avícola) El Poyote. Después no hay más nada”, contó a El Observador el alcalde.

De esa primera tanda, se fueron casi todos. Al principio, cuentan los santarroseños, se usaba a Uruguay como punto de partida para emigrar a Centroamérica, en su objetivo de ingresar a Estados Unidos.

“Ahora ya no sucede. Ellos ya vienen a radicarse acá”, dijo Azor. Ese cambio se dio, en parte, por la persecución a inmigrantes que lleva adelante la administración de Donald Trump. “¿Cómo entras a Estados Unidos? Tas loco, no entrás allá”, señaló.

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Con un “efecto dominó” gracias al “boca a boca”, los cubanos se fueron instalando en el pueblo y hoy el acento isleño se escucha en cada esquina y comercio. “Los sacás enseguida. Te das cuenta por su vestimenta, por el tono de voz, por su léxico, su forma”, indicó el alcalde.

Hay una expresión que se escucha algunas veces en Santa Rosa y en pueblos vecinos: “Santa Cuba”. El alcalde la escuchó un par de veces y no le gusta, siente que “rebautizan” el nombre de su lugar. A algunos cubanos les parece muy bonita.

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Los esperanzados

Mario llegó a Santa Rosa en diciembre de 2024 tras una expedición interminable. Viajó de Cuba a Guyana y de allí, en varios ómnibus cruzó Brasil, hasta entrar a Uruguay por Rivera. Fueron 16 días de travesía.

Llegó al pueblo por la insistencia de un pariente que ya estaba instalado en el pueblo y le aseguraba que allí iba a poder “desarrollar su oficio”.

El lugar lo “atrapó”. “Qué casualidad que esto sea aquí un santoral. Allá donde yo vivía en Cuba también era un santoral, hay muchos lugares cercanos con nombres de santos, como San Agustín”.

Llegó con “sueños” y la “gran esperanza” de desarrollar su labor como artista, artesano y carpintero. “Lo estoy logrando, sobre todo porque me han ayudado mucho las instituciones uruguayas y el pueblo, aceptando mi labor”, destacó.

Quiere “echar raíces” en Uruguay. “Hay que ver lo difícil que está Cuba. A veces aquí veo que los uruguayos se quejan, y yo digo, ¿por qué no los mandan unos días para Cuba? Para que vean el país que tienen. Es que cada día que pasa, aquello está peor. Ahora me estuvo contando mi papá de 83 años que tiene dos o tres horas de servicio eléctrico por día. Últimamente pocas veces he podido hablar con él. Puede pasar dos días completos sin luz”.

Yordanis (30 años) tenía que hacer “magia” para darle de comer a su hija de 7 años en Camaguey y se le “metió en la cabeza” un objetivo: salir de Cuba. Analizó ir a Costa Rica, a Brasil, a México, pero se definió por Uruguay porque era una “de las travesías más baratas” y por lo que le contaban sus coterráneos desde el país.

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Consiguió US$ 2.400 para llegar hasta Uruguay y presupuesto para tres meses, que es “el tiempo que más o menos te demora encaminarte”. Se instaló en noviembre de 2024 en la casa de unos amigos en Villa Aeroparque (Canelones).

Allí conoció a su actual pareja, una uruguaya con la que ahora van a ser padres de una niña.

Trabajó en una peluquería cubana en Villa Aeroparque, aprendió “el estilo de corte de pelo” que le gusta a los uruguayos y la “psicología del uruguayo, que a veces no le gusta hablar”. Luego, cuando se encarriló, decidió seguir a la multitud: como en Santa Rosa había “mucha clientela cubana”, se mudó para allí.

Ahora le está yendo bien en su peluquería frente a la plaza principal. La mayoría de la clientela es uruguaya.

“Salí de Cuba con tristeza, agonía, porque sales dejando atrás a tu gente. A tu cultura, a tu familia. Y es triste, la vida del inmigrante es triste. Y es difícil. Solo el que lo vive y lo experimenta sabe lo que carga en cada maleta. Solo esa persona sabe lo que en verdad carga. Porque no es fácil, no todo el mundo lo aguanta tampoco”, lamentó.

"El trabajo que nosotros no hacemos"

El camión frena a las 15:55 en la plaza principal del pueblo. Dos personas viajan en la cabina y cerca de una quincena en la caja. Un toldo verde los protege del sol y los encierra.

El conductor baja, cruza la calle hasta un local y retira dinero.

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Atrás, baja un grupo de embarrados trabajadores. Todos son cubanos y solo hay una mujer. Esperan sentados en la plaza mientras el conductor vuelve y le paga a cada uno $1.500 por el trabajo de ese día. Poco a poco se dispersan. La mayoría camina por la calle Llambías de Olivar, hacia una zona de casas más precarias.

Ese día estuvieron desde la mañana en un campo “recogiendo zapallos y calabazas”. El trabajo cambia de acuerdo a la zafra. A veces las plantaciones son de cebollas, ajos o boniatos.

Eduardo, oriundo de Camagüey, llegó en diciembre de 2025 a Montevideo. Vivió entre el Marconi y Maroñas, pero le parecieron “una locura los tiroteos” y, como no conseguía trabajo “porque hay que tener moto para todo”, decidió irse a Santa Rosa tras la recomendación del barbero Yordanis, a quien conocía de su ciudad natal.

“Le dije que no tenía trabajo allá y me dijo: 'echa pa acá que aquí se consigue trabajo'. Acá es como donde yo vivía en Cuba, más tranquilo, puedes saludar a cualquiera y te saluda, en Montevideo ningún uruguayo te saluda”, dijo.

Su primera experiencia laboral fue pésima. Aseguró que un empresario ganadero lo explotaba con jornadas de hasta 18 horas, pagándole $1.500 diarios. “El patrón era un esbirro. Gente muy explotadora. Tuve que irme. Cogió a otro muchacho y se le fue a los tres días”.

Ahora trabaja en la agricultura y, por menos horas, gana lo mismo. “Este hombre no nos trata mal aún y ahora nos queda todo el día para descansar”, destacó.

¿Piensa instalarse en Uruguay? “No sé. Más adelante si se puede ir uno a Estados Unidos o Brasil.... vai me vai. Esto es inestable, está bueno, pero el trabajo es inestable. Llevábamos una pila de días sin trabajar, 8, 10 días, por las aguas. Fuimos y una fanguera bárbara”, respondió, mostrando el barro de sus botas.

Aunque sea, con el trabajo de ese día, le dio para tener “un dinerito y comprar pan y arroz”. “La cosa está dura”, señala, y lamenta que el alquiler le cuesta $9.000 y si está "dos o tres días sin trabajar” no puede pagar.

José Manuel tiene 60 años y la está pasando peor. Llegó en octubre “siguiendo a su chamaco” (hijo), que estaba instalado en el pueblo, y ahora está desempleado.

Al llegar consiguió trabajo en una “pollera”, pero lo “explotaban” y le pagaban “menos que a los uruguayos”.

“Ustedes saben que a los inmigrantes los explotan. Nos explotan. Yo trabajo de cualquier cosa, pero tú no me puedes a mí explotar y mirarme a la cara. Porque la idiosincrasia del cubano es diferente a la de cualquier país de Latinoamérica, es más fogoso, más rebelde. Nosotros tenemos que adaptarnos a ustedes, a su país, pero sin falta de respeto. Porque nada más me dices 'i' y yo te exploto la cara”, dijo.

En Cuba era “multioficio: plomero, albañil, eléctrico”, pero “aquí no puede hacerlo”.

A José Manuel le gustaría estar en Cuba, pero en otro Cuba. “ Si Cuba no estuviera así, yo estaría en Cuba. Porque en Cuba se vive de lo mejor. Pero tú sabes lo que sucede en Cuba, que están acabando con todos los cubanos. Que cambien el sistema para que tú veas que esto se queda vacío. Mi país es mi país, mi raza es mi raza. Ojalá, ojalá que todos los países fueran iguales. Usted pasa por cualquier casa en La Habana, o en Santiago (de Cuba), o en Matanzas, y todo el mundo dice, ven acá pa´ que te tome un café. Aquí no”.

¿Por qué sigue eligiendo Santa Rosa? “Montevideo tu sabes que es peligroso. A los cubanos en Montevideo le han hecho villas y castillas. Le han robado las motos, los han apuñalado, los han matado. Aquí no, aquí no sucede nada de eso. Ya ahorita usted va a ver que esto está happy to you”, respondió.

El alcalde Azor admitió que “se han ido repartiendo los trabajos” entre uruguayos y cubanos. “Ellos a veces hacen trabajos que nosotros no hacemos, o hacen cantidad de horas… te hacen 10, 12 horas. A veces la necesidad, la obligación…”, dijo.

El inspector general de Trabajo del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, Luis Puig, dijo a El Observador que trabajar 12 horas en un día es “un síntoma de explotación”. “Llegar a las 8 horas en el medio rural costó, pero es ley”, declaró. Además, tampoco se podría hacer más de 8 horas extra en una semana.

Puig afirmó que tienen puesta la mirada en la inmigración y la inspección desarrollará una campaña comunicacional para trabajadores inmigrantes. “Es imprescindible que conozcan sus derechos”. El jerarca lamentó que existe “mucha informalidad y precarización en el medio rural” y que los inmigrantes -no solo de Cuba, también de otros países como Argentina y Perú- son víctimas recurrentes por su desconocimiento de las normas y derechos.

Los “ranchos”

La imagen es similar a la de un asentamiento en Montevideo. Es un predio donde entraría una casa con fondo, pero aquí un propietario uruguayo alquila seis cuartos de chapa.

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Los cubanos dicen que ellos mismos debieron construirlas. Las definen como los “ranchos”. “Son un traste”, dice uno de los residentes.

En cada cuarto entra una cama, un par de electrodomésticos y apenas un pequeño espacio para estar parado en el piso.

“Somos necesitados compadre, coño. Nos cobran $4.000 de depósito para entrar y $8.000 y pico de renta. Tu sabes que esto no cuesta esto. Aquí adentro no hay nada. No hay un baño, no hay cocina. Llueve y tienes que salir a hacer pis”, cuenta uno de los residentes.

Uno de ellos tiene unos 40 años y llegó hace un par de meses a Santa Rosa. Es el que menos acento tiene. En una conversación podría pasar por uruguayo. No ha conseguido trabajo, vive en un cuarto alquilado y dice una frase inédita: “Si sigo así, capaz me vuelvo a Cuba”.

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Los gurises y los chamacos

En la escuela Nº 119 de Santa Rosa el vínculo entre niños uruguayos y “chamacos”, como le dicen popularmente a los hijos en Cuba, es “bárbara”, destacó la directora, Laura Silva.

“Los cubanos son niños que se adaptan fácilmente, la mayoría no tienen problemas de relacionamiento. Son muy alegres y generan vínculos en seguida”, valoró.

Este año hay entre 25 y 30 niños cubanos en esa escuela, un 8% del total de la matrícula. Sin embargo, transitan una carrera distinta a la de los niños orientales: hay alumnos cubanos que dejan las clases en cualquier momento del año porque sus familias emigran, principalmente a Brasil.

La escuela diseñó un “proyecto curricular institucional para generar buenos vínculos entre la comunidad cubana y la uruguaya”. Al momento no se incluyen, por ejemplo, las fechas cubanas dentro del plan de estudios.

Pese al buen relacionamiento habitual, Silva lamentó que ha habido “algunas situaciones” conflictivas y casos de xenofobia “más que nada por influencia de lo que los niños dialogan en la casa”.

“A veces los papás no tenemos la consideración de que hay temas que sí se pueden dialogar delante de los niños. A veces vos escuchás un comentario de un niño en la escuela que sabés que eso no son palabras ni pensamientos de un niño de esa edad. Que realmente está reproduciendo un pensamiento que escuchó entre adultos de su entorno. Y a veces por cualquier tontería, obviamente, le pueden decir algún improperio o lo tratan de 'cubanito', o lo que fuese, con mala intención”, narró Silva.

¿La xenofobia?

Una santarroseña de unos 50 años escuchó de costado y por la mitad una conversación entre un montevideano y una santafesina (argentina) en la plaza principal y se metió para interceder en defensa de los inmigrantes: “¿Tenés algo contra los cubanos? ¡Mirá que te pego!”.

“Ojalá los uruguayos fueran más como ellos”, insistió, tomando como ejemplo a un fisioterapeuta cubano que “ayudó a muchas personas”.

Pese a un comienzo tumultuoso y a episodios aislados, la convivencia entre uruguayos y cubanos es buena. Al principio, contó el alcalde, los santarroseños miraban “de costado” a los recién llegados. “Los odiaban por el tema de que podían sacarles el trabajo, ahora eso no sucede. Ya no hay esa rivalidad”.

Con la cultura, ha habido un “acostumbramiento”, afrimaron los vecinos de ambas nacionalidades.

“Sus costumbres son diferentes a las nuestras. El cubano es alegre, de música, de bachata, de bailar, de todas esas cosas. Y a veces el uruguayo y la gente mayor, la siesta después de comer no falla. Entonces esas pequeñas cosas, no son graves, pero se han ido corrigiendo y ellos se acostumbran a nosotros y nosotros a ellos”, explicó el alcalde.

“Cuando tú sales de tu país, tienes que darte cuenta que vas a otra cultura, a otro mundo. Tienes que, como decimos nosotros, agarrar el camino de ellos. Porque si no, siempre vas a ser una oveja descarriada. Tienes que amoldarte”, dijo el barbero.

Los comerciantes y vecinos uruguayos coincidieron en que la llegada de los migrantes fue un impulso para la actividad. “La feria, que hace 30 años está los domingos en la plaza, estuvo por desaparecer porque habían quedado pocos puestos. Ahora, con la inmigración, hubo un crecimiento importante. Vas a la feria y no podés caminar. Los días que está lindo se vende todo”, ejemplificó Azor.

Eso aplica también para otros comercios: “Yo tengo amistad con Pablo, que tiene un supermercado chiquito en la esquina de la plaza. Le pregunté: 'Pablo, si sacamos a los cubanos acá, ¿qué queda dentro del comercio tuyo?'. Y dijo: 'cerrar, no queda nada, porque es todo cubano'”, añadió el alcalde frenteamplista.

Mario destacó la relevancia de los cubanos en la actividad del pueblo: “Ya quisiera ver a Santa Rosa sin cubanos”, .

Varios cubanos mencionaron un episodio de finales de noviembre de 2025, cuando el concejal blanco Diego Das Chagas dijo en una entrevista con Anpi TV que los vecinos de Santa Rosa “no aguantaban más” a los cubanos por la música alta y los problemas de limpieza. El video se viralizó, alcanzó más de medio millón de reproducciones en redes sociales y la comunidad cubana lo reprendió.

A las pocas horas el concejal pidió disculpas, pero en la comunidad cubana lo tomaron como el primer episodio para ver que “no todo era tan bonito como pensaban”.

“Los mismos uruguayos nos defendieron. Es verdad, nos gusta la música alta, pero todos tenemos que adaptarnos”, dijo José Manuel.

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