El arroyo Carrasco corre por debajo de la ciudad casi sin que la ciudad se dé cuenta. De un lado termina Montevideo; del otro empieza Canelones. En el mapa cambia el departamento, cambia el nombre de la avenida y, en teoría, también cambia la ciudad. Para quienes viven allí, cada vez cambia menos.
A la hora de entrada y salida de los colegios, la frontera administrativa se vuelve todavía más difícil de encontrar. Los uniformes cruzan el arroyo, las familias eligen instituciones de uno u otro lado y la avenida Giannattasio empieza a parecerse cada vez más a la avenida Italia que queda detrás.
Los datos del último censo —procesados por El Observador y el investigador Juan Ignacio Pintos— muestran hasta qué punto ese límite se volvió poroso: en Ciudad de la Costa creció la proporción de niños y adolescentes que asisten a colegios privados, con algunos sectores de Barra de Carrasco y El Pinar que presentan niveles similares a los de Carrasco, en Montevideo: lo hacen nueve de cada diez.
Puede jugar en el siguiente mapa:
No es solo una historia sobre colegios. Es la fotografía de una transformación más profunda: aquella ciudad dormitorio que durante años recibió habitantes que trabajaban en Montevideo se está convirtiendo en una ciudad de residencia permanente, con servicios, trabajo y educación cada vez más cerca de casa.
Los nuevos estudios demográficos, liderados por Martín Koolhaas en coordinación con los técnicos comunales, son contundentes: cada vez más gente trabaja donde reside y las viviendas ya no son una mera alternativa para conectarse con la naturaleza después de tanto cemento.
El porcentaje de viviendas desocupadas por uso temporal o fin de semana en Ciudad de la Costa eran del 15,2% en el año 1996; y en 2023 pasó a ser apenas el 3%.
Lomas de Solymar —que con sus 22.500 y tantos habitantes es la segunda localidad más poblada del municipio y solo superada por El Pinar— es el ejemplo paradigmático. En 1996, dice el censo de la época, más del 25% de sus viviendas era para uso temporal (por lo general de descanso). Ahora, en cambio, menos del 4% están desocupadas y solo se usan con esos fines.
Allí, en Lomas, en la última década aumentó más de cuatro puntos porcentuales la proporción de estudiantes que asisten a colegios privados entre aquellos que acuden a un centro educativo.
La población que se fue mudando hacia Ciudad de la Costa, como a parte de la península de Maldonado aunque allí también se nota más el peso de extranjeros, “es de un nivel socioeconómico medio-alto o alto y los servicios han crecido a la par”, explicó Mariana Pomiés, de la consultora Cifra, quien estudió algunos de estos colegios.
Las demandas de muchos de los padres son, por tanto, similares a las que proliferan al sur de avenida Italia: mala evaluación de la enseñanza pública aunque no usen el servicio, tiempo extendido, idiomas, a veces deportes, habilidades blandas y en pocos casos modelos de escuelas que rompen con el sistema clásico.
Picó en punta
A las cinco de la tarde, cuando la salida de los niños de los colegios privados se mezcla con los obreros que acaban su jornada laboral en la construcción, la avenida Franklin D. Roosevelt de Punta del Este muestra la congestión del tránsito. La principal arteria del “balneario”, esa que corre en paralelo a la playa Mansa, “tiene a veces la impronta de avenita Italia de Montevideo”, había ejemplificado Soledad Laguarda, quien fuera directora histórica de Urbanismo de la Intendencia de Maldonado.
No hay olor a bronceador, ni fiestas de blanco para recibir el año nuevo ni paparazzi. Punta del Este, la principal ciudad balnearia de Uruguay, está dejando de ser balnearia. Las playas siguen teniendo su encanto y en las noches se escucha las olas que golpean contra las rocas. Pero, poco a poco, la península y sus alrededores van adquiriendo el rótulo de “ciudad de todo el año”.
La Barra es la que concentra, como localidad, más proporción de alumnos en edad de cursar la enseñanza obligatoria que acuden a privados: 86,2%. Es incomparable con lo que pasaba hace una década por la sencilla razón de que allí, pasando el puente ondulado en sentido al este, no había entonces siquiera 100 estudiantes de esas edades y ahora hay más de 200.
Pero la costa cercana a la península de Maldonado no tiene un mismo comportamiento que Ciudad de la Costa. Muchos de sus recién llegados usan la ciudad como retiro y ya no tienen hijos en edad escolar ni liceal. Otros, en especial inmigrantes de otras nacionalidades con alto poder adquisitivo, buscan instalarse en zonas que ya les den los servicios en un mismo barrio cerrado o bien en lugares satélite a donde habitan.
Incluso las tierras de lo que otrora fue uno de los asentamientos más conocidos de Uruguay, el barrio Kennedy, es en la actualidad un sitio de desarrollos urbanísticos de alta gama y los colegios empezaron a abrir sucursales cerca de allí.
En lo que sí comparten Ciudad de la Costa y la península de Maldonado, más allá del crecimiento, es que han podido compensar la caída de los nacimientos con inmigración (interna e internacional). Eso les “salvó la plata” a los colegios de la zona que encontraron un público dispuesto a pagar por esa oferta.
Como sucede en Montevideo —y fue contado en esta otra nota— la realidad al cruzar algunas avenida pasa a ser bien distinta y se edifican las murallas invisibles de Uruguay.
¿Cómo se hizo el análisis?
Para esta nota fueron procesados los microdatos de los censos 2011 y 2023 (estos últimos con los ponderadores incorporados en 2026).
Se tomaron en cuenta a los niños y adolescentes de 4 a 17 años (edad de cursar la educación obligatoria) según su departamento, localidad y segmento censal de residencia. Es decir: los mapas muestran dónde vive la persona y no dónde queda el centro de enseñanza.
Para medir la proporcionalidad se excluyeron aquellos casos de quienes dicen no asistir a un centro educativo.
El Observador realizó el estudio con la colaboración de Juan Ignacio Pintos.