Horas después, en conversación con El Observador, todavía seguía procesando lo ocurrido.
"En realidad no me lo esperaba", admite, todavía sorprendida por la repercusión que tuvo su historia. "Yo pensaba que capaz ya había alguien ocupando algún lugar dentro del Ministerio del Interior. Sabía que se iba a comentar, pero no pensé que se fuera a visibilizar tanto ni que generara todo lo que generó". Lo que sí sabía era cuánto le había costado llegar hasta allí.
"Siempre se nos complica más"
Cuando habla de su historia, Florencia no comienza por la Policía. Comienza por los años anteriores, por la enfermería, por los cursos, por las capacitaciones, por los intentos de conseguir estabilidad laboral. Habla de una búsqueda que empezó mucho antes del uniforme.
"A nosotras siempre se nos complica más, siempre se nos ponen obstáculos, trancas, siempre", dice.
Estudió enfermería con la idea de construir un futuro profesional. Trabajó donde pudo, aceptó suplencias y contratos temporales, pero la estabilidad parecía estar siempre un poco más lejos.
"Nunca pude trabajar acá en un ente público siendo enfermera, siempre eran trabajos temporales. No tenía estabilidad económica ni laboral. Me capacitaba, estudiaba más, pero siempre parecía faltar algo. Como que nunca llegaba", resume.
No habla desde el resentimiento, lo hace con la tranquilidad de quien ya hizo las paces con el camino recorrido. Pero tampoco esquiva una palabra que aparece varias veces durante la conversación: discriminación.
"Yo me daba cuenta por cómo se expresaban, por cómo se referían, por las excusas. Estudiaba más, me preparaba más, pero siempre faltaba algo", subraya.
Quizás por eso el ingreso a la Policía terminó teniendo un significado mucho más profundo que el de un simple cambio de trabajo. "Para muchas de nosotras acceder a un trabajo digno es muy difícil. Entonces lograr esto es un orgullo para mí, para mi familia, para mis seres queridos y para toda la comunidad trans".
Las dudas que persistían
La Policía era una idea que la acompañaba desde hacía años. Le atraía la profesión, la disciplina y la posibilidad de trabajar al servicio de la comunidad. De alguna manera, encontraba un vínculo entre la enfermería y la función policial.
La relación entre esa vocación y su propia historia personal también aparece cuando se le pregunta qué llegó primero a su vida: si la identidad o el deseo de convertirse en policía. La respuesta llega sin titubeos: "Mi identidad".
Durante años, explica, la construcción de su identidad ocupó gran parte de sus energías. Más tarde aparecieron los estudios, primero la enfermería y luego la Policía. Con el tiempo descubrió que ambas profesiones compartían algo que para ella era fundamental: la posibilidad de estar al servicio de otras personas.
"Son trabajos diferentes, pero están entrelazados. Siempre están a disposición de la comunidad. Siempre me vi reflejada en eso", asegura.
Por eso asegura que la verdadera vocación policial no se descubre antes de ingresar, sino durante el proceso de formación. "Vos sabés si tenés vocación cuando entrás a la Escuela de Policía y atravesás todo ese proceso. Ahí te das cuenta realmente", apunta.
Sin embargo, incluso después de decidir que quería intentarlo, las dudas persistían. Durante el proceso de ingreso llegó a consultar cuáles eran las posibilidades reales de que una mujer trans pudiera acceder a un cargo.
La respuesta no fue especialmente alentadora. "Me dijeron que el cupo de 1% era muy poco, que tendrían que tomar muchísimas personas para que una chica trans trabajara. Entonces pregunté si no tenía posibilidad. Les dije: '¿No hay lugar para chicas trans para trabajar en Tacuarembó?'. Y no me respondieron". La respuesta terminó llegando sola unos meses después y no solo en Tacuarembó, sino que se convirtió en la primera a nivel nacional.
El día que encontró su nombre en la lista
Cuando se publicaron los resultados finales, Florencia encontró su nombre entre los seleccionados. Había quedado séptima entre unas 900 personas que se presentaron al llamado. Después de superar las pruebas físicas, culturales y documentales, había conseguido un lugar entre los 22 aspirantes que ingresarían a la escuela policial.
Todavía sonríe cuando recuerda ese momento. "No sabés la felicidad que tenía", confiesa.
La ubicación en la lista no era producto de ningún sorteo ni de ningún cupo especial. Era el resultado de haber ido superando una a una todas las etapas del proceso.
Para alguien que durante años sintió que siempre faltaba algo para llegar, aquella lista significó mucho más que una admisión.
"No necesito que me acepten, necesito que me respeten"
La experiencia dentro de la escuela también terminó siendo diferente a lo que imaginaba. Sabía que estaba entrando en una institución históricamente asociada a estructuras rígidas y masculinizadas. Sin embargo, asegura que encontró profesionalismo y respeto.
"Nunca me faltaron el respeto. La preparación fue estricta para todos, nunca sentí que hubiera reglas diferentes para mí".
Desde el primer día decidió presentarse tal como era. Cuando tuvo que hablar frente a sus compañeros, se presentó como mujer trans y dejó planteada una idea que todavía hoy considera fundamental.
"No pido que compartan quién soy ni que me acepten, lo único que necesito es respeto, es lo que corresponde", sostiene. La frase parece resumir buena parte de su vida porque detrás de la discusión pública, de los debates y de las opiniones, lo que Florencia siempre reclamó fue algo mucho más básico: poder ocupar un espacio sin tener que pedir permiso para existir.
Una pregunta que también aparece en la calle
La llegada de Florencia a la Policía también despierta interrogantes sobre situaciones cotidianas del trabajo policial, especialmente aquellas vinculadas a registros de personas durante procedimientos o intervenciones.
Ella asegura que la respuesta está en la capacitación que reciben todos los funcionarios. "Nosotros estamos muy preparados, estamos capacitados, sabemos lo que podemos y lo que no podemos hacer", explica.
Según señala, existe la idea extendida de que los registros solo pueden ser realizados por funcionarios del mismo sexo, pero aclara que la realidad es más compleja y depende de las circunstancias de cada procedimiento.
"A veces dicen que tiene que ser estrictamente del mismo sexo. No. Depende de la situación. Se prioriza que sea del mismo sexo, pero no es excluyente", afirma.
Florencia sostiene que los policías reciben formación específica sobre los aspectos legales que regulan estas actuaciones y que el objetivo siempre es actuar con respeto hacia la persona intervenida. "Un policía masculino puede registrar perfectamente a una femenina si la ocasión lo amerita y viceversa", explica.
En su caso, entiende que su condición de mujer trans no modifica las responsabilidades que tendrá como funcionaria policial. "Yo soy una policía femenina. Independientemente del género, perfectamente puedo realizar un registro con mucho respeto", explica.
Y agrega que, llegado el caso, cumplirá con las tareas que le correspondan dentro de los procedimientos policiales. "Mi trabajo lo voy a cumplir de una manera u otra. Si la ocasión lo amerita y tengo que hacer un registro masculino, lo tengo que hacer. Es mi trabajo".
Para Florencia, la clave está en combinar el cumplimiento de la función policial con el respeto hacia las personas involucradas. "Se trata de hacer lo mejor para que la persona no se sienta invadida", resume.
La primera, sin haberlo buscado
Florencia asegura que nunca se propuso convertirse en un símbolo ni en una figura de representación para nadie. Lo que buscaba era algo mucho más simple: una oportunidad para trabajar, crecer profesionalmente y construir una vida con estabilidad.
Sin embargo, entiende que su historia puede tener un significado especial para otras personas. Ella misma encontró inspiración viendo a mujeres trans de otros países abrirse camino en espacios que durante mucho tiempo parecían inaccesibles.
"Espero que sí, que sea una inspiración para todas. Que luchen, que sigan adelante. Si se cierra una puerta, ya se abrirá otra", asegura. Lo dice desde la experiencia, porque durante años vio cómo muchas puertas se cerraban y hoy sabe exactamente qué se siente cuando una finalmente se abre.
Mucho antes del uniforme
Ahora comienza una nueva etapa, la de ejercer como agente policial, asumir responsabilidades y construir una carrera dentro de una institución que durante casi dos siglos nunca había tenido una historia como la suya.
La repercusión todavía la sorprende. Los llamados de allegados, los mensajes en redes sociales, las muestras de cariño y el interés que despertó su caso llegaron de golpe. A veces parece observar todo desde cierta distancia, como si todavía estuviera intentando comprender lo que ocurrió.
Quizás porque, para ella, la historia no empezó cuando recibió el diploma en el Teatro Escayola ni cuando los titulares la presentaron como la primera mujer trans en la Policía uruguaya.
La historia empezó mucho antes. Según dice, empezó cuando decidió seguir estudiando aunque las oportunidades no aparecieran, cuando siguió capacitándose a pesar de las negativas, cuando eligió no detenerse en quienes la discriminaban y cuando insistió una vez más después de escuchar otro no.
Por eso, detrás del uniforme, del hecho histórico y de la foto de graduación, hay una historia mucho más sencilla y universal que terminó —o tal vez recién comenzó— el día en que encontró su nombre en aquella lista y comprobó que, esta vez, la puerta no se había cerrado.