–Claudio, fijemos la fecha para la cesárea.
El mantra, con pequeñas alteraciones, se repite en la primera consulta gestacional. La madre ingresa al consultorio del catedrático en Ginecología Claudio Sosa (o de alguno de sus colegas) y, tras estimar la fecha en que el embarazo llegaría a su término, enseguida viene el pedido: “Si me paso unas horas, vamos a la cesárea”.
Detrás de este pedido-súplica-deseo yace la cultura “cada vez más extendida” de parir sin dolor, de programar la fecha de un nacimiento como si se tratase de una reunión de trabajo, de la “pérdida del arte obstétrico”, de horarios y cantidad de especialistas que permitan primero intentar el parto vaginal, de una sociedad en que “todo es ya”.
Y como resultado, el porcentaje de cesáreas en Uruguay sigue al alza y se aleja de la “cifra ideal del 15%” que una vez fijó la Organización Mundial de la Salud. No solo en el sector privado (que históricamente era el señalado), sino también en los prestadores públicos.
Hace una década, cuando en Uruguay cuatro de cada diez partos acababan en cesárea, el catedrático Francisco Cóppola advirtió que el país atravesaba “una epidemia de cesáreas”. Ahora, con más de la mitad de los nacimientos que se dan de esta forma y una tendencia al alza que no cede, su colega Sosa afirma que se está ante “una endemia de cesáreas”.
La endemia, dicen los epidemiólogos, es ese momento en que una enfermedad empieza a ser crónica en una población. Y si bien la cesárea no es una enfermedad como tal, “la alta tasa, sobre todo cuando es innecesaria, es un problema social y del sistema de salud”, insiste Sosa.
El Ministerio de Salud lo dejó en claro en un manual que publicó el último año: “este exceso de cesáreas implica un aumento de la morbilidad materna-neonatal, consecuencias negativas sobre futuros embarazos, afectación de los derechos de las usuarias y mayores costos para el sistema de salud”.
Hace una década, en aquella discusión por el alza de cesáreas, el Ministerio había propuesto bajar la tasa a razón de 10% anual. No lo logró y se dejó de controlar. La medida incluso había sido resistida por organizaciones feministas que reivindicaban que “las decisiones y la salud de las mujeres no pueden estar condicionadas por metas políticas”.
Esa fue una de las razones por las cuales, la misma cátedra que dirige Sosa desalentó a la senadora Carmen Sanguinetti a que incluyera “por ley” una intención de baja de las cesáreas. Un parto deja de ser respetado cuando se incentiva la cesárea sin información y sin el interés de la mujer, pero también deja de ser respetado si no se escucha el deseo y la autonomía de esa mujer que decide la cesárea.
¿Cuestión de confort?
En los seguros privados, donde asisten parte de los uruguayos más pudientes, a los ginecólogos les pagan más —mucho más— los partos vaginales que las cesáreas. Fue una medida que implementaron para reducir la creciente tasa de cesáreas.
Pero el incentivo no tuvo un resultado tangible. ¿El motivo? “Es probable que estén incidiendo otras causas, incluyendo el confort social y la planificación familiar”, dijo el catedrático Sosa. “Muchas veces llegan embarazadas de más de 40 años, que guardaron óvulos, que se han hecho una fertilización asistida, no piensan tener luego más hijos, no quieren riesgos y enseguida piden la cesárea”.
El Observador analizó los datos de cómo se dieron los nacimientos en Uruguay durante el último año. Y aquello que los ginecólogos ven en sus consultorios, se traduce en la estadística cuando se miran las características de esas madres-embarazadas.
A mayor nivel educativo, más cesáreas. A mayor edad, más cesáreas. “Es cierto que con la edad son más altos los riesgos y las patologías, pero detrás de estos números hay cuestiones culturales más profundas”. Sosa lo sabe.
Pese a que el Fonasa desdibujó (en parte) la distribución socioeconómica entre los prestadores de salud, sigue habiendo cierto patrón: la población más pobre se asiste en el sector público. Y es allí donde se dan las tasas de cesáreas más bajas.
Allí, en el sector público, se atienden mujeres en promedio más jóvenes, hay más obstetras y parteros con tiempo de acompañar el trabajo de parto, y algunos prestadores cuentan con los referentes académicos en Ginecología.
En esta confluencia de causas que llevan a la "endemia de cesáreas", Sosa hace una autocrítica: "en la Facultad de Medicina se dejó de lado el arte obstétrico".
Refiere a que, poco a poco, la Organización Mundial de la Salud empieza a manifestar la necesidad de retornar al parto instrumental. A esos partos que, en el momento de la expulsión, se apoyan en fórceps o vacum (especie de sopapa).
“Con el avance de la tecnología, quedó demostrado que fue un error el prohibir y contraindicar el uso instrumental, porque para muchos casos son útiles y necesarios… así lo están haciendo en los países desarrollados”.