Cuando toca en la calle, Mirra no está sola. Lo sabe porque mira y no es una mirada distraída: es directa, como si cada persona fuera una partitura distinta. “Me doy cuenta de que las personas tienen emociones muy diferentes. Algunos sonríen, otros escuchan en silencio. Eso en una clase no se ve”, dijo la talentosa pequeña a El Observador.
Ahí hay algo que no se aprende en ninguna clase o auditorio. El ruido, la gente que pasa, los celulares documentando el momento, el que se queda apenas unos segundos y el que se detiene más tiempo del esperado. Primero miran —quizás por lo extraño de ver a una niña tocando—, después escuchan. O al revés. No importa demasiado el orden. “Creo que la gente se detiene cuando algo le interesa o le gusta. Y después ya escuchan la música”, opinó.
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El teatro es otra cosa. Ahí el silencio es una forma de respeto. En la calle, en cambio, todo sucede al mismo tiempo y “es todo más vivo”, diferenció.
Mirra no habla de sacrificio. Tampoco de renuncia. Cuando se le pregunta si deja de ser niña para convertirse en “la violinista” o “la tenista”, responde con una lógica que desarma la consulta: “No siento que deje de ser una niña. Simplemente estudio, juego al tenis, toco el violín y vivo mi vida normal”.
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Dice que no pierde cosas de su edad. Al contrario: siente que gana. “Tengo mis actividades, mis amigos y también cosas normales: juego con muñecas, juegos y a veces en el celular”.
El límite —cuándo parar, cuándo seguir— no es una imposición rígida. Se conversa. Sus padres observan, proponen descansar. Ella insiste en seguir. No por obligación, sino por una especie de energía que no sabe quedarse quieta.
En un torneo de tenis de la categoría Sub 14 —dos años por encima de su edad— jugó durante horas. Una final de casi cuatro horas, después un partido de dobles. Casi todo el día en la cancha. Terminó segunda, pero eso no la detuvo y al día siguiente volvió a entrenar.
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En 2025 representó a la selección uruguaya de tenis en la categoría Sub 12 en el Sudamericano en Chile, también es campeona de Uruguay 2025 en la categoría Sub 12. Ese año también representó a Uruguay en el IMG Future Stars Sub-12 en Río de Janeiro y desde este 2026 forma parte de la preselección de la Sub 12 para el Sudamericano en Bolivia.
No puede estar sin tenis. “Tengo mucha energía y me encanta este deporte”, dice. Con el violín le pasa algo parecido, hay momentos de tedio —ejercicios repetitivos, estudios que no entusiasman— pero basta entonar una obra de Antonio Vivaldi para que todo cambie. “Después empezás a tocar algo lindo… y enseguida vuelve el interés”.
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Nació en Rusia, pero no tiene memoria de ese lugar. Es, dice, “solo un dato”. “No recuerdo Rusia, así que para mí es solo un dato que nací ahí”. Sabe que existe San Petersburgo, que considera una ciudad bellísima, y le encantaría conocerla. Nada más.
Su identidad no está en tensión. No se siente entre dos mundos ya que creció en Uruguay: fue al jardín, aprendió a leer, hizo amigos, empezó el tenis y la música. “Yo viví toda mi vida acá… Para mí, esto es mi casa”, dice con marcado sentido de pertenencia.
Pensar en una vida en Rusia le resulta tan abstracto como imaginarse viviendo en Barcelona o París, un ejercicio de ficción, no de nostalgia.
El dinero aparece, pero no organiza la historia. Lo menciona como algo que acompaña —como los instrumentos que se van mejorando con el tiempo o el equipamiento deportivo que se vuelve más específico—. Sabe que tanto la música como el tenis requieren recursos, pero donar parte de lo que recibe tiene otra raíz.
"Estoy muy agradecida con todas las personas que me apoyan, especialmente con mis padres, porque tanto el tenis como la música requieren mucho esfuerzo y también recursos. Empecé con lo que tenía a disposición, y con el tiempo fui aprendiendo que, para seguir creciendo, es importante ir mejorando el material y las condiciones de trabajo, igual que en el deporte.
Por otra parte una escena: un perro pequeño, un problema cardíaco, una muerte repentina. Después otro cachorro, enfermo, descartado. Lo cuidaron. Sobrevivió. Hoy es viejo y está ciego. Ahí se formó algo.
"Nos pasó algo muy fuerte: mi mamá tenía un perrito, un yorkshire, tuvo un problema del corazón y murió de repente delante nuestro. Lloramos mucho. Después mi papá trajo un cachorro que estaba muy enfermo y los criadores lo querían sacrificar porque nadie lo quería. Pero con mi mamá lo cuidamos mucho, fue difícil, pero al final se convirtió en el perro más fiel. Ahora ya es muy viejito y está ciego", recuerda con emoción la pequeña.
“Los animales son indefensos, no pueden hablar ni defenderse. Y si uno puede ayudar, no es algo tan difícil”, subraya Mirra, quien cierra con una frase que parece sencilla, pero marca claramente su postura: “La bondad puede cambiar el mundo”.
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Cuando algo no le sale, se enoja. Se frustra. Puede llorar en un partido. Después se le pasa. Vuelve a intentar. “Cuando algo no me sale, me enojo… pero después me calmo y lo intento de nuevo”.
En el tenis, el pensamiento es táctico: anticipar, decidir, moverse. En el violín, en cambio, la mente se abre: a veces piensa en la música, a veces en lo que viene después, a veces en algo tan concreto como qué le gustaría comer.
Pero no todo tiene que ser intenso. La exigencia, dice, no es un problema. “Si te exigen es porque creen en vos y quieren que mejores. Y yo lo agradezco”. Sus padres acompañan, y con ella misma se lleva bien. “Me acepto y me quiero mucho”, dice sin titubear.
Entre las piezas musicales que le gustan y está estudiando se encuentran “Palladio”, “The Final Countdown” y “Storm” de Vanessa-Mae, piezas que reflejan fielmente sus gustos musicales.
El futuro no es una elección cerrada y no quiere elegir entre el violín y el tenis. “Yo no elegiría… el violín y el tenis no compiten entre sí, sino que se complementan”.
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Hoy estudia en la Escuela de Música Vicente Ascone y toca en la orquesta La Montevideana. Entrena en el Círculo de Tenis de Montevideo y le gustaría competir más en el exterior, pero no persigue el éxito como si aún no lo hubiera alcanzado. De hecho, para ella, el éxito “es cuando algo te sale”. Ganar un partido después de estar 5-0 abajo, tocar un concierto de memoria con orquesta, terminar rápido una tarea en clase.
Pero hay algo que no se ve cuando alguien se detiene a escucharla en la calle o a verla jugar: el tiempo.
Horas de práctica. Repetición. Frustración. Mejora. Lo que ocurre antes de ese instante en el que todo parece natural.
“La gente ve solo el momento, pero casi nadie ve todo el trabajo que hay detrás”, explica.
Y sin embargo, ella no pide que lo entiendan. No hay reclamo, hace lo que le gusta y para ella eso alcanza.
Después vuelve a su casa en el departamento maragato, donde los perros y el gato siguen ahí, las muñecas esperan en algún rincón, y la vida —la otra vida— continúa sin aplausos, pero llena de amor. Y al día siguiente, probablemente, vuelva a empezar.