En el siglo XXI, sobre todo en los últimos diez años, la evolución humana se ha visto atravesada por una red tecnológica. La red neuronal se construye en analogía con la red social. Para explicarlo más sencillo: el cerebro en un órgano epigénico porque se va nutriendo, funcionando y modificando por la red social. Ahora a eso se le agrega una red digital (tecnológica) que está modificando las formas en que los seres humanos habitan el mundo.
¿Eso en qué se ve?
Para que algo sea haga visible tiene que ser muy bueno o entorpecer el funcionamiento básico. La pandemia visibilizó la importancia de la interacción presencial. ¿En qué? En el impacto en los estados de ánimos, en la capacidad de sobrevivencia funcional, de crecimiento saludable de aquellas poblaciones extremas: niños y viejitos. Fueron privados de la red social. Entonces, empezó a hacerse notar la falta de interacción cara a cara, del juego con pares sin que medie una pantalla, la charla, la inserción. La famosa red social, esa que te sostiene, de pronto fue agujereada.
¿En qué lo nota la evidencia científica y la casuística?
Se perdió la capacidad de ensayar la tolerancia a las frustraciones, de ensayar la negociación, de adaptarse a las pautas escolares, adaptarse a las pautas de amigos, adaptarse.
Si no hubiese habido una pandemia, ¿igual esa era la marcha de la humanidad y hubiese quedado visibilizado más tarde o más temprano?
En el cerebro no solemos decir que hay solo una causa y efecto de la pandemia. Es la sumatoria: es la pandemia, la edad que tenemos cuando atravesamos los procesos, cómo afecta la tecnología que atravesó a todas las edades y se hace más evidente en extremos. Insisto: estamos ante un acceso a la tecnología de manera masiva. Es un acceso sin filtro, sin cuidado, y de manera generalizada al mundo. Es la masividad de las redes sociales (ahí digitales, no de interacción social), es la abundancia de información y desinformación, es el anonimato que hace que la percepción de riesgo disminuya. Eso afecta a todos, pero tiene especial impacto en la población que, por su edad y otros factores del neurodesarrollo, es más vulnerable.
¿Por qué?
Porque en la comodidad de una casa pareciera que se accede a todo, cuando la pantalla no sustituye el juego presencial con pares, la estimulación de los adultos, porque el mundo no es eso que me muestra un algoritmo y videos de segundos al pasar.
WhatsApp Image 2026-05-06 at 14.30.15
¿Por qué a veces sentimos la necesidad de scrollear y mirar esos videítos pensando que nuestro cerebro se pone en remojo por un rato?
El ingeniero que creó el scroll infinito, Aza Raskin, llegó a decir que quería “matar a su propio invento” porque había mostrado que la exposición a ese scrolleo constante actuaba en el cerebro igual que la cocaína. Es evidencia, no invento. La dopamina se acumula, genera una euforia y ganas de seguir consumiendo. Por eso mismo el mirar la pantalla aunque se piense “en la nada” genera tanta dificultad para conciliar el sueño.
¿Hay que prohibir las pantallas en niños?
La recomendación de las principales sociedades pediátricas del mundo es la prohibición hasta por lo menos los dos primeros años de vida. Es el momento de mayor desarrollo del cerebro. Es una edad en que la pantalla no genera intercambio necesario para el neurodesarrollo. Ni Peppa Pig aporta algo significativo. A esa edad solo puede haber alguna excepción breve, como una videollamada con familiares en el exterior, y mediada por los adultos responsables.
¿Y hasta los seis años? Hay sociedades científicas que están hablando de los seis años…
Ahí no pasa tanto por la prohibición, sino por la puesta de límites y que la pantalla no sustituya a lo que nos toca hacer como adultos: el rol de los docentes, el intercambio con pares, y, lo más difícil en la vorágine actual, las rutinas y estímulos con los padres. El sentarse a jugar. Porque ya se están viendo serios problemas de retraso en el lenguaje y mucho de ello se debe a que se expone de manera muy temprana al niño a la pantalla para que se “entretenga” mientras los adultos dejan de cumplir su rol presencial clave.
¿Solo en el lenguaje lo han visto?
No, va mucho más allá. El retraso en la adquisición del lenguaje está dado por una dificultad en la conceptualización de las cosas. En el fondo es un problema más abstracto que en etapas más tardías (sobre todo en la escuela o liceo) implica dificultades para ser creativos e incorporar nuevos aprendizajes. En la parte prefrontal, donde están las funciones ejecutivas, ya hay estudios que muestran la pérdida de espesor en sustancia blanca. Es decir: el cerebro está viéndose afectado.
¿Eso equivale a la prohibición también por encima de los dos años de vida?
No. Eso sería negar lo que está impuesto y la prohibición no funcionaría sin poner limitaciones de otros tipos. Eso supone que los adultos se informen más y mejor, que no tomen el celular cuando a la vez le piden a su hijo que no lo haga, y, sobre todo, estimular que el uso (limitado) sea para obtener los mejores beneficios.
¿En qué sentido?
Hay material gráfico bueno para ayudar a calmarse y controlar la respiración. Hay que ir formando sobre riesgos y beneficios. Y, otra vez, el rol de los adultos es clave. Saber usar las pantallas no significa estar mucho tiempo conectado, sino alfabetización en el uso. Cuando el entretenimiento es limitado y auditado, no siempre está mal ni hay que ir por la prohibición. Acorde crecen en edad, se va incorporando habilidades digitales, de pensamiento computacional. Pero el primer razonamiento no es con la pantalla, sino a través del juego, del estímulo, de la interacción humana en la red social que no es digital.
¿Cuándo un caso se convierte en “patológico” y acude a la clínica?
La primera detección es de los adultos, de los docentes, de los pediatras que ven en qué medida el desarrollo del niño es el esperado para la edad, cómo es su comportamiento, sus rutinas, preguntar, saber leer al otro. Si un niño va a la escuela, en la que además tiene amigos, practica un deporte o hobby son señales positivas. El problema es si la interacción con los amigos es solo mediada por la pantalla y empieza a generarse una conducta adictiva en la que no puede dejar el celular. Ahí el primer corta-fuegos es el adulto. A mí no me importa cuánto le cuesta a un padre preestablecer hasta qué hora se usa el celular, lo seguro es que tienen que haber reglas y cumplirse.
¿Eso incluye a las edades adolescentes?
Sí, porque por más que sea una etapa más dada por los impulsos y la fuerza de límites, son los adultos los primeros en tener que notar si hay un malestar físico y/o emocional. Cuando llega a conductas más de riesgo como el intento de autoeliminación es que ya estamos llegando muy tarde. Cuando se habla tanto de los problemas de salud mental en adolescente y, en especial, del riesgo suicida, lo que no se está diciendo es que las nuevas generaciones no pueden resolver conflictos ni hacia afuera ni hacia adentro. Y eso no es culpa de la generación, sino del cambio en la humanidad y el rol de los adultos que lo rodean.
Por lo que usted dice, el adulto es el primer responsable mucho antes que cualquier cambio legal o normativo, ¿es así?
Correcto. Es el adulto cumpliendo su rol de adulto responsable, informándose y tratando de ir viendo el mejor desarrollo del niño o adolescente.
Más allá de la prohibición del uso en menores de dos años, ¿usted recomienda otra prohibición?
Sí. Nada de pantallas a la hora de las comidas. Eso debe estar censurado sin importar la edad (incluyendo al adulto). Y la prohibición del uso cuando se acerca la hora del descanso. Una buena rutina es que la cena sea el punto quiebre. A partir desde ese momento se dejan los celulares, tanto padres como hijos. La cena sirve como actividad de cierre. Poner un límite, un “no”, es estructurarte. No tiene por qué dar pena cuando se hace para cuidar al otro.
¿Es un cambio civilizatorio en el fondo?
No podemos cambiar la marcha de la civilización. Tenemos que hacer lo que nos haga el menor daño posible y obtener los mayores beneficios posibles. En las drogas pasa mucho que la habilitación familiar es la que hace caer el riesgo. Si papá llega a casa y se toma un vino porque es su manera de relajar, me está enseñando que el alcohol que está presente en casa no es algo tan malo. Puede habitar la casa, pero con críticas. Límites.