Opinión > EDITORIAL

¿Es necesario un pacto ético?

Un "pacto ético" que no trae las soluciones que el mundo de hoy en día precisa

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22 de enero de 2019 a las 05:03

La preocupación por la difusión de las noticias falsas (fake news, en inglés) en los próximos comicios ha sido un asunto de interés durante la última semana, que se originó por una propuesta del presidente de la Asociación de la Prensa Uruguaya (APU), Fabián Cardozo, de que los partidos políticos firmen un “pacto ético” en el que se comprometan a realizar una campaña electoral “limpia”, y donde el gremio de periodistas cumpliría un papel de “articulador” y de “convocante”. La iniciativa en sí es muy confusa, de difíciles efectos prácticos y, en cierto sentido, muy superficial para hacer frente a un problema extremadamente complejo que responde a cambios profundos que ha habido en la sociedad.

¿Cuál sería el papel de la APU en un acuerdo entre partidos políticos? ¿De garante o veedor del “pacto ético”? Al menos los periodistas y los medios de comunicación no deberían tener ningún tipo de intervención en un eventual documento firmado por partidos políticos. Tomar parte –aunque sea de garante– afectaría la independencia y el estándar general de neutralidad para el cumplimiento del deber de los medios. 
El único papel del periodismo es cumplir su compromiso con la verdad de las noticias, que requiere de valores como la imparcialidad y la independencia de los partidos políticos e instituciones públicas o privadas.

Varios precandidatos, como el colorado Ernesto Talvi y los frenteamplistas Carolina Cosse y Daniel Martínez, han respaldado la idea de Cardozo, lo cual está bien. Existen múltiples ejemplos sobre fake news que se originan en dirigentes políticos o líderes sin apego a la verdad. Por eso es buena cosa que los presidenciables uruguayos encaren la campaña sin engaño a los electores.
La propuesta de APU es oportuna para discutir en profundidad sobre las noticias falsas y la posverdad. La primera de ellas, no es otra cosa que la mentira, presente desde siempre. La segunda, es la distorsión deliberada de los hechos que se nutre de una opinión pública proclive a opiniones y decisiones bajo la influencia de las emociones, algo que tampoco es nuevo.

La novedad es que las noticias falsas y la posverdad se desenvuelven bajo el influjo de las redes sociales en internet y comportamientos sociales dominados por la tecnología de la información y la comunicación, con una capacidad de llegar a millones de usuarios en cuestión de días o incluso en pocas horas. Eso da lugar a que se viralicen mensajes malintencionados que no distinguen la noticia apegada a los hechos de la opinión, de los artículos con fuentes contrastadas de otras más bien especulativas o distorsionadas por estereotipos, dando lugar al ataque personal, al agravio y al insulto contra quien opina distinto. 

Una democracia sana debería expresarse en el diálogo y el debate de ideas razonado, en el que haya lugar al disenso y los medios de comunicación –independientes del poder– ofrezcan una información veraz a los ciudadanos.  
La información en tiempos de internet es un fenómeno muy complejo que, por más buenas intenciones que se tenga, no se resuelve con un mero “pacto ético”. Y los periodistas como actores del acuerdo, podría desembocar en un conflicto de interés que dañe la credibilidad de los medios. 

 

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