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Estados Unidos y China enfrentan una disputa por el liderazgo tecnológico que no se detendrá

Una lucha de final incierto más allá de la guerra arancelaria

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13 de julio de 2019 a las 05:00

La llamada guerra comercial entre China y Estados Unidos ha llegado para quedarse. Si Donald Trump revalida o no su mandato en noviembre del año que viene, incluso, si la escalada arancelaria se mantiene o no como estrategia central en este enfrentamiento, importa poco a esta altura. China y Estados Unidos se seguirán disputando palmo a palmo la hegemonía comercial, tecnológica y militar en un siglo XXI que ya ha cumplido la mayoría de edad y se ha establecido como, tal vez, el más bipolar en la historia de la humanidad.

Atrás han quedado ya la Pax Americana, los tiempos de Estados Unidos como única superpotencia del planeta, que dominó los años 90 tras la caída del Muro de Berlín, y el mundo multipolar que emergió luego con el nuevo milenio y el advenimiento de los llamados BRICs. Hoy, cada vez se hace más patente que los dos grandes polos a los extremos de las disputas por venir estarán en Washington y Pekín.

Es curioso, porque China compite con su capitalismo de Estado contra el sistema de libre empresa más exitoso de la historia –el que además sentó las bases del nuevo comercio global y de la globalización-, que es el de Estados Unidos. Sin embargo, desde la llegada de Trump y sus políticas proteccionistas a la Casa Blanca, la estrategia de China y su presidente, Xi Jinping, ha sido presentarse al mundo como el gran defensor del libre mercado y el multilateralismo.

No siempre lo ha logrado el chino, a pesar de que no se pierde una conferencia en Davos y hace un trabajo fino por las capitales del mundo para exportar su “poder blando” y su versión mejorada y recargada de “la ruta de la seda”. Pero el “Estados Unidos primero” de Trump y la capacidad del presidente estadounidense para desconcertar a sus aliados y generar incertidumbre han hecho que muchos miren ahora a Xi con otros ojos; incluso, en busca de cierto liderazgo global.

La realidad es que las tensiones comerciales entre Estados Unidos y China empezaron mucho antes de Trump. Ya Barack Obama y antes George W. Bush habían denunciado en repetidas ocasiones las prácticas comerciales desleales de Pekín. Que China manipula su moneda, que subsidia sus empresas paraestatales, con lo cual hace dumping exportando por debajo del precio de mercado; o que roba propiedad intelectual e impone transferencias de tecnología forzosas no se lo inventó Trump. Y es algo de lo que Washington se viene quejando hace más de 15 años, además de que está todo documentado.

La pregunta es si la solución a ello pasa por una guerra arancelaria como la que Trump ha lanzado, y a la que China ha replicado. Nadie lo sabe a ciencia cierta; pero se antoja una estrategia bastante poco ortodoxa, sobre todo por sus montos astronómicos. Y si sus resultados se desconocen y, de hecho, despiertan serias dudas, sobre lo que los expertos expresan cada vez más certezas son las repercusiones que esta pueda tener en el resto del mundo. Muchos temen que una guerra comercial sin cuartel entre ambas potencias pueda causar una recesión de la economía global y hacer estragos en varios mercados y sectores.

La otra pregunta es si antes de golpear lo bastante a la economía china como para hacer a sus líderes desistir de sus prácticas comerciales, no golpeará primero a Estados Unidos. Por lo pronto, los únicos notoriamente afectados parecen ser los sojeros de Iowa, y la economía estadounidense sigue como una locomotora a toda máquina. Pero en algún momento podría empezar a golpear el comercio, en particular a los minoristas, sentirse en el consumo o extenderse a sectores clave de la economía. Otra vez, nadie lo sabe; pero una pelea entre estos dos gigantes en este momento solo puede ser de pronóstico reservado. Hace unos años, nadie se le habría podido poner a rueda a la economía de Estados Unidos. Hoy eso no está tan claro. Estados Unidos sigue siendo el gran motor de la economía global, pero China es el que gasta la gasolina. Queda por ver cuál de los dos va hoy al volante.

Más allá de la guerra arancelaria, los modales de Trump y algunas de sus decisiones más intempestivas tampoco ayudan a Estados Unidos. Lo más razonable en una pugna de esta naturaleza era mantener a sus aliados cerca, apuntalar los bloques regionales y mandar al mundo señales de seguridad y certeza.

Trump en cambio ha alienado a sus aliados europeos, se ha retirado de tratados y acuerdos regionales, ha renegociado otros; y su carácter impredecible no da certezas a prácticamente nadie. Su salida de la Alianza del Pacífico tal vez haya sido lo más elocuente de ese talante díscolo y desconcertante de Trump en este asunto, ya que el tratado había sido diseñado por la administración Obama precisamente para disputarle influencia a China en su propio patio. Trump de un plumazo, tomó las de Villadiego.

Y es que para él, no importan los acuerdo regionales, ni los aliados tradicionales, sino lo que él pueda ser capaz de obtener de un nuevo deal: renegociarlo todo en forma bilateral y tratar de sacar mejores réditos, ya que en la visión de Trump, no solo China, sino casi todos los socios comerciales se aprovechan de Estados Unidos y le sacan ventaja. En ese sentido, ve al mundo como si fuera el mercado inmobiliario de Nueva York donde hizo su fortuna. Busca negociar mano a mano con cada uno y así imponer condiciones. Pero en su pugna con China, puede que esto, a la larga, le juegue en contra.

No obstante, pase lo que pase en el campo comercial, pase lo que pase con los aranceles, incluso con el propio Trump, hay una disputa que no se detendrá. Y es la que ambas potencias libran por la supremacía tecnológica, en particular en lo que hace la Inteligencia Artificial (IA), porque ahí está el futuro del mundo. La actual lucha a brazo partido por el liderazgo de la compañía china de telecomunicaciones Huawei es solo un aperitivo de lo que se viene. Los próximos 20 años estarán signados por este tipo de pugnas entre China y Estados Unidos. Y esa también es de pronóstico reservado. 

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