Donald Trump se ha ido de la Casa Blanca como llegó: en medio de un gran escándalo y duramente enfrentado con los medios, los sectores biempensantes de la sociedad estadounidense y los poderes permanentes de Washington. El miércoles, al volar horas antes a Mar-a-Lago, se convirtió en el cuarto presidente de Estados Unidos en no asistir a la ceremonia de investidura de su sucesor.
Allí el neoyorquino no está, por cierto, en muy buena compañía: el primero fue John Adams, segundo presidente de Estados Unidos, que en 1797 sucedió a George Washington y cuatro años después no asistiría a la asunción de Thomas Jefferson, con quien estaba agriamente enemistado por cuestiones políticas. El segundo fue su hijo John Quincy Adams, sexto presidente, que también “le hizo el feo” en el cambio de mando a su carismático rival Andrew Jackson, ante quien había perdido la elección después de una virulenta campaña plagada de ataques personales y golpes bajos. Y el tercero fue Andrew Johnson, presidente número 17 de la Unión, primero en ser sometido a un proceso de impeachment, quien tampoco acudió a la toma de posesión de su sucesor, el héroe de la Guerra de Secesión Ulysses S. Grant, ante quien se había rendido el General Lee en Appomattox.
Todos estos exmandatarios, además, tienen en común con Trump el haber sido presidentes de un solo mandato; es decir, todos ellos perdieron la reelección.
John Quincy Adams se haría luego famoso por una frase demoledora que capturó la atención de los historiadores: “No hay nada más patético que la vida de un expresidente”, sentenció.
Adams se refería, desde luego, a la escasa actividad de los exmandatarios y, seguramente más aun, a su nula relevancia política. Por eso después de pasar por la Casa Blanca, se hizo legislador y lo fue hasta el día de su muerte.
Trump en cambio no tendrá un retiro necesariamente apacible, sosegado y más o menos inactivo como expresidente. De movida nomás ya tiene un juicio en el Senado por el artículo (cargo) de impeachment del que ha sido formalmente acusado por la Cámara de Representantes. Luego, en los fueros civil y comercial, enfrenta multitud de demandas, y quién sabe cuántos litigios más en diversas cortes menores. Y por los emprendimientos y proyectos que, según ha trascendido, planea acometer, además de por una muy probable condena del Senado, todo indica que no será el típico expresidente de los Estados Unidos.
El caso de Andrew Johnson es el más azaroso de todos. Llegado a la Presidencia por ser el vicepresidente de Abraham Lincoln cuando este fue asesinado en 1865, Johnson fue uno de los presidentes más impopulares. Recibió el baldón de ser el primero en la historia en enfrentar un juicio político, y se salvó de la destitución por un solo voto en el Senado. Luego, ni siquiera ganó las primarias demócratas para tentar un segundo mandato; su hijo se suicidó poco después. Y cuando, años más tarde, decidió volver a la política y otra vez fue electo al Senado, murió a los pocos meses de un ataque al corazón. Siempre ha sido considerado por los historiadores como “el peor presidente en la historia de los Estados Unidos” –por debajo de Richard Nixon y James Buchanan–, en esos rankings tan categóricos como imposiblemente acertados que suele practicar por deporte la historiografía estadounidense.
Sin embargo, es precisamente Trump quien, si nos atenemos a lo que dicen los medios masivos, podría disputarle a Johnson ese dudoso honor. Con esas mismas palabras (“el peor presidente en la historia de los Estados Unidos”) se han referido a él incontables ocasiones estos cuatro años en las pantallas de la CNN y MSNBC, o en las páginas de periódicos como The Washington Post y revistas como The Atlantic.
¿Pero fue realmente Trump el peor presidente en la historia de Estados Unidos? ¿O ha sido -para tener más elementos de juicio-, digamos, el peor presidente de los últimos 50 años?
Si uno se queda con la imagen fresca del pasado 6 de enero, probablemente la respuesta sea afirmativa. Sin embargo cuando se analizan los datos fríos, los números contantes y sonantes y los hechos desnudos, claramente no. Hay peores. Para empezar, los dos Bush, padre e hijo; en particular, este último.
Trump tiene sí dos características muy chocantes y desagradables que le granjean mucha resistencia, y hasta odio, y opacan todo lo que hace: en primer lugar, un talante muy arrogante y autoritario, con algunas salidas de tono que despiertan no poca indignación. Y luego, una retórica divisiva, por momentos incendiaria, y antiinmigrante, que resulta ofensiva para muchos integrantes de las minorías y, en general, inaceptable.
En la próxima entrega analizaremos en mayor detalle si eso, y todo su mandato, es suficiente para superar en calamidad a las guerras interminables y las malas administraciones de los Bush.