Se puede volver a hacer política en redes sociales, aunque parezca que nunca dejó de hacerse tal cosa. Ese fue el punto de partida de una reciente conferencia que dio el uruguayo Julián Kanarek en la Universidad George Washington, donde regularmente ofrece talleres y seminarios.
Este codirector de la agencia Amén es también máster en comunicación y cultura, gestor del documental El Pepe: una vida extraordinaria de Emir Kusturica, director de la consultora política Habla Ciudadana.
En entrevista con Cromo, dice que la cultura del odio es global, que hay un creciente desinterés del público en saber si una noticia es verdad o no y que no se puede decir que las redes “tumban” gobiernos. Y plantea desafíos sobre cómo alfabetizar a los niños en estas plataformas: “No es solo enseñar a navegar o a usar las herramientas, sino mostrar cuán expuestos están, cuáles son las consecuencias de eso.
¿A qué te referís con que hubo un antes para la política en redes sociales?
Las redes sociales tuvieron un rol fundacional en la campaña de Obama en 2008. En ese momento la narrativa dejó de ser algo controlado solo por el comando de campaña y pasó a ser una emisión compartida con el público. Si bien las campañas siempre supieron de militancia, en ese punto empezaron a saber sobre la emisión. El spot que resume todo este concepto fue el Yes, we can, aquél que tomaba el discurso de Obama y lo convertía en canción cantada por muchos artistas. Fue el ejemplo más icónico de una campaña colaborativa en la que las redes cambiaron el flujo de información. Ahora los ciudadanos sienten que pueden interpelar a los políticos, por ejemplo a una primera ministra del Reino Unido como hizo una niña con Theresa May en un video que se viralizó.
¿Y en qué punto cambió esta dinámica?
Hay una etapa que va hasta 2016, con el brexit y con la elección de Trump. Creo que ahí se rompe esa esperanza en el rol democratizador que traían las redes; porque hasta ese momento le habían devuelto algo de poder a la ciudadanía. Eso se había traducido en movimientos como el Occupy Wall Street, la primavera árabe, los indignados en España que terminaron con el bipartidismo histórico de ese país. No podemos decir que las redes tumbaron gobiernos, pero sí que formaron parte de la articulación de movimientos que los tiraron abajo. Luego, la tecnología del big data y la segmentación de audiencias se metieron en el medio, hicieron que dejáramos de creer que las redes nivelaban un poco la balanza.
El documental Nada es privado, sobre la incidencia de Cambridge Analytica, da a entender que su trabajo en redes fue el único factor para determinar el brexit y otros fenómenos como el de Trump. ¿Estás de acuerdo con eso?
Nunca hay un solo factor. Las campañas no se ganan ni se pierden en las redes sociales. Las redes tienen la capacidad de instalar la narrativa de una campaña completa. El modo en el que hablan las campañas y los candidatos marcan las formas. Por ejemplo, el tono de comunicación de Trump está instalado en la forma en que tuitea y eso permea a toda su comunicación. Pero las redes solas no influyen de forma determinante en una campaña, aunque podemos decir que el brexit, la campaña de Trump o la de Bolsonaro terminaron en investigaciones en las que se habla de manipulación de información. Hay un autor catalán, Daniel Innerarity, que afirma que quienes trabajamos en las campañas tenemos que entender que el individuo está inmerso en una complejidad informativa de la que no siempre es consciente y de que, además, no tiene el tiempo o las ganas de desentramar. Y Harari también habla de que a veces tampoco nos importa si es verdad o no es verdad algo que nos llega por WhatsApp, porque nos movemos en ámbitos de información que confirman nuestras creencias previas.
Diego Martínez
Con respecto a la cultura del odio y la intolerancia que parece florecer en ciertas redes, ¿es un fenómeno global o tiene que ver con la idiosincrasia de cada país o región?
Es un fenómeno global. Está concentrado muy particularmente en Twitter y en Facebook: la primera porque es una red eminentemente política en la que además hay que tener en cuenta que las discusiones de política en Twitter tienen una capacidad de inserción muy alta en la agenda. La discusión en esas redes es así y muchas veces se traslada a la política en su conjunto. Si pensamos en ejemplos como las elecciones de España, Argentina o Brasil, vemos que el nivel de virulencia es extremo. En las redes circula una forma de hablar que no se corresponde a cómo nos vinculamos entre los uruguayos, que somos más parecidos a lo que vimos de Lacalle y Vázquez en Argentina. Y en las redes, además, tenés una tribuna de aplaudidores que te confirma que estás en lo correcto porque son los que te rodean. Lo que es más difícil es construir consensos, ciudadanía. La pregunta es cómo construir una síntesis en las redes, el intermedio entre la opinión A y la B. No hay algo que nos recoja esas opiniones antagónicas y nos ofrezca un punto de consenso.
¿Y eso a qué se debe?
Por un lado, la política se ha transformado en una competencia de quién grita más. Los momentos electorales son mucho más álgidos porque todos estamos convencidos de decir algo que está bien. Y además está el factor de que una discusión ante un aparato inerte como un celular es más fácil de llevar que una discusión cara a cara.
Volvemos, entonces, al título de tu charla: ¿cómo volver a hacer política en las redes?
Hay responsabilidad del sistema político en conjunto, de mostrar que la discusión democrática es válida pero si se mantienen ciertos niveles de respeto. Podemos disentir, pero respetar la opinión del otro. Y los políticos en las redes tienen que respetar la opinión del contrincante y la de los militantes. Algo más importante aún es cómo respetamos los formatos de las redes, ya que si en Twitter estamos acostumbrados a tener una respuesta en tres minutos, un político no puede demorar en responder. Ahí la política no está resolviendo lo que se demanda. Por eso, comunicar en redes es más difícil para el oficialismo que para las oposiciones. Las redes son funcionales a los discursos de oposición porque funcionan por contraste, porque lo que funciona más es lo negativo. Por ejemplo, según el MIT las noticias falsas se retuitean un 70 por ciento más que las otras. Cuando uno pasa a ser gobierno, se convierte en el demandado, se te demandan resultados. Entonces, para hacer política en las redes hay que entender que son un espacio para interactuar con la ciudadanía. No digo que el presidente deba responderle a todos, pero de ahí para abajo los políticos deberían responderle a la ciudadanía. Aunque conteste “eso no lo puedo solucionar ahora”, da la idea de que escuchó.
Diego Martínez
Las redes son espacios de anomia, salvo por algunos filtros como el de la pornografía.
Ellos mismos querían ser autoregulados. Pero esto fue así hasta la matanza en Nueva Zelanda, en marzo pasado, cuando el asesino transmitió la masacre en vivo por Facebook. Ahí Zuckerberg cambió y dijo que deberían ser regulados por los gobiernos. Y eso a su vez fue en contra de lo que las redes han hecho, como cuando se negaron a bajar el video trucado de la legisladora demócrata, que parecía borracha, argumentando que eso atentaría contra la libertad de expresión. La discusión es qué prima: si la libertad de expresión o determinados valores. Y quién define eso: si los Estados o entidades independientes.
No parece haber una solución a la vista.
Hay señales positivas, como Twitter prohibiendo la publicidad política. También hay señales cuando se bajan rápidamente contenidos denunciados. Igual, el negocio de las redes no es la política, sino los datos. Sin embargo, la preocupación es lateral, ya que cuanto menos pierdan del manejo de datos es mejor para ellos. Y eso incide en la política, no porque sean maquiavélicos, sino porque tienen diseñado un sistema de obtención y comercialización de audiencias. Además, esto tiene que ver con la forma en que se fue desarrollando la red, porque está pensada para ser lo más parecido a lo que vos querías. Y si la red te da lo que querés, es porque tiene una gran cantidad de datos.
Diego Martínez
¿Es necesario que los partidos o los políticos se suban a cada nueva red que aparece?
No sé si tienen que hacerlo. Tienen que hacer lo que naturalmente sea adecuado a su perfil. En marzo Uruguay tendrá su primer presidente con Twitter; sin embargo, no es inadecuado que los anteriores presidentes no lo tuvieran ya que ellos no hubieran sido naturales con Twitter. Quienes sí deben estar en las redes son las instituciones. Si queremos tener una política de promoción de las acciones del gobierno o de los beneficios que el Estado les da a los jóvenes, lo mejor es usar Tik Tok. Si las audiencias se mueven, la emisión se tiene que mover. Hay que saber dónde están las audiencias y quién es el interlocutor más básico. Hay que tener una red si es funcional al objetivo de conectarme asertivamente con el público que está ahí. Y hay que hacer un esfuerzo por respetar las reglas de las redes. No puedo subir a Tik Tok los mismos videos de Instagram.
Otra idea que defendés es que los jóvenes están muy interesados por la política.
Antes entendíamos que la política era un movimiento exclusivamente partidario. Sin embargo, hoy las causas tienen una capacidad de movilización muchísimo más grande que los partidos. La ecología, la suba del boleto en Chile, pueden terminar con movimientos muy grandes que los acercan a la política. El feminismo es otra causa. Y mueve a los jóvenes con una capacidad enorme de transformación de la realidad. Y esas causas trascienden la cultura partidaria. Es difícil que un partido pueda creer que tiene el 100% de la movilización de determinada causa, aunque hay partidos que tengan más que otros y eso se traduce en cómo votan los jóvenes. Por otra parte, los partidos tienen una incidencia en la vida de los jóvenes que se circunscribe al momento de la votación. Las causas no, y además son extraterritoriales. Hoy tenemos una agenda de causas mundiales. Los activistas han entendido la potencia de las redes sociales y muchas veces interpelan a los gobiernos porque saben usar las redes de una forma muy efectiva. Por eso digo que los jóvenes están interesados en la política y en cambiar el mundo.
La educación primaria tiene un debe en cuanto a cómo usar las redes, para evitar a futuro que se sigan generando los discursos de intolerancia que hoy reproducen los adultos en Facebook y Twitter.
Necesitamos alfabetizar digitalmente a niños y jóvenes. No es solo enseñar a navegar o a usar las herramientas, sino mostrar cuán expuestos están, cuáles son las consecuencias de eso. Hoy vivimos una naturalización de la exposición y sería bueno que lo sepan los jóvenes. No solo se trata de aprender la usabilidad, sino de comprender la complejidad informativa que está detrás, en qué mundo me estoy moviendo cuando abro una red social. Eso va desde los discursos del odio hasta los riesgos de pedofilia. Deben ser conscientes de lo que tienen enfrente.
Sin embargo en la educación no se plantea de forma universal.
Es que va más rápido lo fáctico que lo estructural. Uruguay es un ejemplo en el mundo porque hay varias generaciones con el programa One laptop per child (Una computadora por niño). Pero, de pronto, pasamos de las computadoras a que ahora un niño de 4 años sepa manejar un celular, que no es lo mismo. Y eso es un desafío para cualquier sistema educativo, porque implica entender cómo nos insertamos en un mundo que es mucho más natural para ellos que para quienes van a diseñar las herramientas de enseñanza. Hay que mirar mucho el mundo de los videojuegos y las acciones educativas que se hacen con ellos. Podemos generar entornos favorables en lo digital para que se vayan integrando de forma más sana; y después enseñarles las habilidades del mundo en que se van a ver expuestos cuando accedan a las redes. Les debemos a los niños una forma de pensar cómo ellos se insertan en el mundo digital y cómo se cruza eso con el universo educativo.