Fútbol > ENTREVISTA - MARIO GONZÁLEZ

"Los amigos se ven cuando estás enfermo o preso"

Emblema del Peñarol de los años de 1970, jugó en la selección, fue ayudante de Fossati en el quinquenio y hoy la lucha para vivir en Salinas gracias a sus amistades que le dan una mano

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14 de octubre de 2017 a las 05:00

¿En qué año llegó a Peñarol?

Salinas al norte a unas siete cuadras largas de Giannattasio. "Doblá a la derecha después de la escuela y después a la izquierda. Ahí vas a ver una cabañita. Es la mía, no tenés cómo perderte", le dice a Referí Mario González. El Bombón que fue seis veces campeón uruguayo con Peñarol -en 1978 invicto, el último equipo que lo consiguió en Uruguay-, el que fue al Mundial de Alemania 74 con la selección, el que salió campeón en el segundo quinquenio manya como ayudante técnico de Jorge Fossati y que hoy la pelea desde todo punto de vista, económico y de salud.

En 1966 a través del baby fútbol. Jugué en el Arequita y en Rayo Rojo y luego en la selección de la liga a Argentina y a Peñarol se le ocurrió hacer baby. Cipriano Martínez era nuestro técnico y nos llevó a todos al club. Ahí empecé, hice todas las divisionales.

¿Y ese año justo fue cuando Peñarol fue campeón de América y del mundo?

Tuve la suerte de ir a esperar a los jugadores al aeropuerto cuando consiguieron la Intercontinental contra Real Madrid. Les hicimos un cordón los chiquilines de baby. Verlos bajar del avión a todos esos monstruos fue increíble.

¿Quién lo hizo debutar en Primera?

Rafael Milans, el militar. Recuerdo que con el tiempo jugué contra Flamengo con el Maracaná lleno. ¡Ah, muchacho! Tenía 18 años. Fue tremendo. En esa época me decían Gonzalito. Bombón me puso después un hincha. Los monstruos que tenía el equipo me dijeron: "Gonzalito, tranquilo que no pasa nada". ¡Escuchame! ¿Sabés lo que era ese estadio? Cuando vas a debutar internacionalmente, ¡tenés unos nervios! No era cagazo, eran nervios. Ante 120 mil personas en Maracaná, si no te ponés nervioso, sos de hielo. "González, a la pista", me dijo el técnico. "Ay, ay, ay, negrito", pensaba yo. ¡Cortaba varillas de 80!

Estuvo el día del récord de Mazurkiewicz de mayor cantidad de minutos con el arco imbatido.

Estuve en el plantel. Se paró el partido porque habíamos hablado con el juez que si llegaba a tantos minutos sin que le convirtieran, Tito Goncálves le iba a avisar y fue así.

¿Llegó a estar en el plantel en el clásico que el Pulpa Etchamendi le pegó a Máspoli?

Estaba de suplente. Se pelearon al final. Empezaron a decirse de todo y el Pulpa le tiró una piña. Ellos quedaron con siete hombres y uno de ellos se hizo echar para que se terminara el partido. Si no, le hacíamos siete goles.

El hincha de Peñarol lo reconocía mucho en los clásicos.

Era donde yo rendía muchísimo más. Si me preguntás por qué, no sé. Y hoy la gente se acuerda de mí, por los clásicos. Es lo que le gusta a todas las hinchadas. Tuve la suerte y la fortuna de andar siempre bien en los clásicos y me lo reconocen hasta hoy tanto los de Peñarol como los de Nacional.

¿Así que un hincha le puso Bombón?

Había un fanático que tenía una cristalería en la galería Yaguarón. (Mario) Zoryez y yo le apostábamos y él nos decía: "Si hoy le ganan a Nacional, vayan por mi negocio y eligen lo que quieran para llevarse". Y ese año pasábamos ganándole a ellos. Hasta ahora tengo copas que nos daba este hombre. Él me puso Bombón porque era petiso, gordo, piernudo, culón y morochón.

¿Podría jugar en el fútbol de hoy?

No. Viviría expulsado. Ahora tocás a uno y te echan. Es todo circo. Yo jugaba fuerte, pero no era mala leche. Yo te tiraba para afuera con pelota y todo, pero no como ahora que meten cada planchazo bárbaro para lastimarte, que todos están en la misma. ¡No seas malo!

Aparte, los laterales de hoy incursionan mucho en ataque y antes no.

Como decía el viejo Tito Goncálves, yo era entusiasta y meritorio. Me ocupaba de marcar, agarraba la pelota y se la daba a los que sabían: Giménez, Unanue o Morena.

¿Cómo eran aquellos duelos con Ocampo?

Con Carlín, bien. Tuve la suerte de marcar bien a todos los punteros de Nacional. Con el único que se me complicó fue con el Cascarilla Morales porque andaba volando y yo con 20 años recién subía a Primera división.

¿Y lo revoleaba?

Cuando lo agarraba sí, lo partía al medio. ¡Lógico! ¡Y si era la mía esa! Pero le pegaba con pelota y todo, sin mala intención. A (Ricardo) Pagola lo mismo. Él venía bailando a todos los laterales. Llegaba el clásico y el botija no rendía. Debutó en un clásico contra mí con 60 mil personas en el estadio. Lo fui a marcar y me hizo un caño. La gente explotó y todavía me dijo "opa" a la pasada. ¡Se me subieron los González! Lo busqué y lo busqué, lo agarré y lo tiré con pelota y todo contra la zanja que había en la América. Y todavía me acerqué, lo agarré de los pelos de la nuca y le dije: "La próxima te mato, guacho de mierda". A todos le decía lo mismo: me pesteás, me hacés 20 goles, pero jugame en serio. No me entres a pizarrear, porque te parto al medio. No me sobres.

En el clásico 100 por el Campeonato Uruguayo, de un lateral suyo llegó el gol de Morena para ganar 2-1 de chilena en la hora.

¡Era el que nos hacía cobrar, muchacho! Aparte el Potrillo tuvo unos años que tuvo una suerte bárbara. Levantabas un centro, le pegaba en la oreja y era gol. Tuvo tres años en Peñarol que fueron una fiera.

¿Qué era jugar con él un clásico?

Ya entrábamos ganando 1-0. Aparte Nacional en esa época, no digo que estaban cagados, pero temblando. Pensaban: "¿Cómo hacemos para marcar a Morena?". Y mirá que le pegaban patadas, lo marcaban tres, pero igual los clavaba. Era una fiera. Tenía un olfato de gol tremendo.

En la final de la Libertadores de 1970 que Peñarol debió jugar con varios suplentes porque muchos de su plantel estaban con la selección que iba al Mundial de México, usted jugó y lo echaron en La Plata contra Estudiantes.

Sí. A Verón (padre) lo maté, lo tiré contra el alambrado. Y ya me fui, ya seguí derecho, ni miré la roja. Era para llevarme preso. Ahí, fui criminal.

¿Por qué?

Brandao que era el técnico, me decía "Gorda María". Y me dijo: "Gorda María, entra por el Mono Soria". Entré, no toqué la pelota y ellos hicieron el gol. Pensé: "¡Qué mal que ligo!". Movimos, le pegó el Tornillo Viera, pegó en el palo y la sacó Bilardo. La tiró larga y quedé contra la Bruja Verón que era rapidísimo. Lo fui llevando y cuando se me adelantó un poquito, le pegué y lo di contra el tejido. Estuvimos cuatro horas para salir. Goncálves y Spencer conocían al que mandaba de la Policía y hablaron con él. Hicieron un cordón policial, pero me escupieron, me tiraron monedas, rompieron el ómnibus. Fue tremendo.

Usted también jugó el clásico de 1976 cuando le ganaron 5-1 a Nacional con tres goles de Giménez.

Sí, él estaba en una pierna sola. Fue cuando me jodí de los meniscos y tuve que salir y me tuve que operar. Giménez hizo tres goles en una pierna. No puedo entender al técnico de Nacional. Un jugador no te puede hacer tres goles así. No quería salir y no salió. Nadie le pegó una patada. Fue un partido inolvidable.

¿Cómo era Barreto arbitrando en esos clásicos?

Un fenómeno. Yo era capitán en esa época y era de los árbitros que podías hablar con él. "Hablamos, pero no gesticules", te decía. Hoy no podés hablar con nadie.

Una vez Del Capellán entró por usted que estaba lesionado e hizo dos goles.

Esa se la cuenta a todo el mundo. Dino Sani lo puso y se mandó un partidazo. Después venían Wanderers y el clásico. En el partido contra Wanderers, el médico le tomó la presión y le dijo que la tenía alta. Él estaba bien. Y Dino Sani lo sacó. ¿Qué pasaba? El brasileño (Sani) quería que yo jugara un encuentro antes del clásico para tomar ritmo. Y Del Capellán lo cuenta en broma siempre: "Anduve volando, hice dos goles. Peñarol ganó gracias a mí y me sacó. Me dijeron que tenía la presión alta. Es que este negrito quería jugar el clásico".

Cuando Morena llegó a Peñarol en 1973 usted pateaba los penales. Luego cambiaron. ¿Qué pasó?

Una tarde jugábamos contra Cerro en el Tróccoli. Fui a patear un penal y prácticamente levanté un centro. ¡Llegó casi al Frigorífico Nacional de lo mal que lo patee! Hubo otro penal y le dije: "Empezá a patearlos vos Potrillo". Y ahí empezó Morena a patearlos.

Usted debe tener un récord porque contra River argentino lo echaron en la Copa de 1977 y siguió jugando. ¿Cómo fue eso?

Fueron ocho minutos. Le pegué una patada a Ortiz y el juez sacó la roja. Y me fui desde la América para la Olímpica y seguimos jugando. Y en una salí en diagonal a marcar a Pedro González y le gritó al juez: "¡Juez! ¡¿Usted no lo había echado?! ¡¿El Negro sigue jugando?!". El juez quedó pegado. Se rió todo el estadio. Fue al lado mío y otra vez me sacó la roja. Acá se habló toda una semana sobre qué pasaba si yo hacía un gol. ¿Valía o no? El árbitro pensó que me había ido.

El buen nivel que tuvo con Peñarol lo llevó a la selección uruguaya que dirigía el Pulpa Etchamendi. Debutó el día de la inauguración del Vicente Calderón contra España.

Sí. El Pulpa me llevó porque yo le gustaba mi manera de jugar. Yo era un tipo que rendía en todos lados, afuera en el exterior o de local. A él le gustaban esos jugadores.

¿Cómo era el Pulpa?

Un fenómeno. No lo pasabas con nada. ¡Tenía más calle...! Cuando vos venías, él había ido 70 veces. Te decía: "Mire que yo sé lo que hace usted. Yo sé dónde anda usted". Tenía también conocimientos, amigos. Una fiera. Era frontal. Te agarraba solo y te hablaba, no andaba a los gritos. Yo recién me había ennoviado y él me llamó para hablar: "Cuídese. Las noviecitas hay que dejarlas un poco de lado. No sea bobo, aproveche ahora. Ya va a tener tiempo. Primero hágala que usted recién comienza".

Usted jugó el día que en los amistosos contra Australia cuando fracturaron al Indio Olivera y se quedó sin el Mundial de Alemania 74.

Yo jugué los dos partidos. En el segundo, el técnico lo puso de nuevo al que fracturó al Indio de mala leche. Lo andábamos buscando todos para partirlo al medio y ahí el técnico se avivó y lo sacó.

Pero usted fue al Mundial. ¿Qué recuerda?

No vale la pena hablar. Vi muchas cosas. Faltaban 20 horas para irnos para Alemania y había dirigentes apretando al Tano Porta (el técnico) para que llevara jugadores de sus clubes. Yo no podía creer. Hubo futbolistas que no tendrían que haber ido. Hubo algunos que fueron de pesado. Yo lo vi, no me lo contaron.

Se había dado un cambio porque el técnico era Hugo Bagnulo que fue el que clasificó a Uruguay al Mundial y lo cambiaron por Porta.

Fue un tema político. Andábamos volando con el Hugo y en el vuelo de una de las giras nos enteramos que había un nuevo técnico.

¿Y cómo era Hugo Bagnulo como técnico?

Un padre, un fenómeno. Un tipo que te aconsejaba, que te convencía lo que tenías que hacer. Entrabas con unas ganas bárbara a la cancha. Si no captabas lo que te decía, no tenías que jugar más al fútbol. Hacía reuniones en Los Aromos, él con su mate y galleta que Morena se lo escondía y cuando te llamaba era porque algo malo habías hecho. De todos los técnicos que tuve, ninguno hizo lo que hacía él. Un año yo andaba muy mal y tenía al Negro Diogo de suplente. Me decía Gorila porque de todos los negros que había, yo era el mayor. Me dijo: "Gorila, esta es la última oportunidad que te doy. Mirá que si te saco, no entrás más. Fijate a quién tenés atrás". Estaba Diogo que me respiraba en la nunca y volaba. A partir de ahí, anduve bien y nunca me sacó. Me apretó las clavijas. Aparte iba de frente, no como otros que hablaban por atrás.

Mario González

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Usted jugó el partido que Morena erró dos penales contra Colombia y lo echaron por la Copa América.

Fue un partido rarísimo. Nos dirigía Schiaffino y ganamos 1-0 pero había que hacer más goles porque habíamos perdido por tres goles en Bogotá. Después que erró el primero, no quería tirar el segundo y nosotros lo incentivamos para que lo pateara él.

Su último partido en la selección fue en 1976 contra Brasil en Maracaná por la Copa del Atlántico cuando al final, Colacho Ramírez corrió por toda la cancha a Rivelino.

Rivelino nos hizo calentar a todos. Y justo se metió con este negro que era malísimo. Me dijo: "Negro, andá para el otro lado que lo voy a matar a este". Y le fue diciendo que lo iba a matar en los últimos 15 minutos. Cuando terminó el partido Rivelino se tiró de cabeza al túnel y Colacho atrás. Fue una batalla campal tremenda. Y eso hizo que a Colacho lo contratara Flamengo. Aparte era un negro salado para pelear. Tremendo. Era buen jugador y ¡qué persona!

En cuatro años que estuvo en la selección, tuvo a cinco técnicos distintos: Etchamendi, Bagnulo, Porta, Schiaffino y el Chema Rodríguez. Hoy cambió muchísimo eso.

Está bien. Porque el jugador se acostumbra a un técnico, y este a los futbolistas. Esto de Tabárez lo veo perfecto y por eso estamos donde estamos. Todo el mundo lo critica, le da palo. Yo también le doy palo. Es un tipo que no le da bola a la prensa y pone sus puntos. Y tiene razón. Está bueno que vaya mechando de a poquito a estos jóvenes que se van haciendo. Mirá este gurí, Valverde, lo puso en un partido fundamental y anduvo volando. Ahí te das cuenta que hay futbolistas que son maduros, que no se achican y que parecen que hayan jugado toda la vida en la selección. A otros les pesa la responsabilidad. A este botija no le pesó nada.

¿Cómo empezó como técnico?

Con Fossati. Estaba con Alejandro Valenzuela en las inferiores de Peñarol y me llamó. Yo no quería y me llamó Tito Goncálves. "Vení para acá (a Las Acacias) que comemos un asado". Y ahí me convencieron. Fossati me dijo que iba a hablar con el viejo Damiani. Era un fenómeno. Decía: (Imita la voz del contador y se ríe) "Peñarol es fenómeno, no se puede creer. En Cuarta y Quinta tiene un ayudante técnico. ¡Déjense de joder!".

Después sacó campeón a la Tercera de River.

Sí. Estaban el Chavo Díaz, Hebert Dos Santos, Petete Correa, muy buenos jugadores. Conseguimos el título.

Cuando volvieron a Peñarol a dirigir al plantel principal, ¿es cierto que Fossati lo mandaba a convencer a Tito Goncálves para que le prestara Las Acacias después de los días de lluvia?

Tito me quería mucho, entonces Fossati me pedía que hablara con él. Queríamos hacer fútbol y él no le prestaba la cancha a nadie. Yo fui a ver y le dije: "Tito, hay barro normal...". Y él respondía: "Nunca vi una cosa igual. Este negro sinvergüenza me habla de barro normal. ¿¡Qué es eso?!" Quedó para la historia lo de barro normal (se ríe).

¿Sintió mucho su pérdida?

Lo velaron al lado de casa y no fui. Me quedé en la esquina. No pude ir.

Cuando salieron campeones en 1996 con Peñarol, lo terminaron rapando.

Sí, el Vasco Aguirregaray y Bengoechea. Me habían avisado y yo pensé que no iban a venir. Me cortaron la mitad del bigote y la mitad de la cabeza. Me tuve que rapar todo. "No parezco más el Bombón, parezco un higo negro", les dije.

Después del fútbol, trabajó de todo un poco.

Trabaje en Cutcsa seis años manejando ómnibus, cinco en el taxi, 11 en la Facultad de Veterinaria como portero.

¿Tuvo algún episodio complicado con el taxi?

Sí, un par de rapiñas. En una me tiraron un tiro. Me pidió ir para La Paz como a las 5 de la tarde. Se me sentó al lado con una mochila y cuando llegamos, me hizo parar y sacó un trabuco (revólver). "No tengo nada, recién empiezo", le dije. Se llevó la billetera con un dólar de la suerte que tenía. Los viejos tacheros me decían que cualquier cosa, tuviera la primera puesta en el auto. Arranqué y lo arrastré. Me tiró un tiro que dio en la puerta. Y me fui.

¿Pasó momentos complicados económicamente?

Sí, ahora. Tenía una casa en el Buceo que puse a nombre de mi hijo cuando tenía 9 años. Mi hijo con mi segunda señora. Al lado está la empresa Abbate y quería comprar la mía para hacer más salas velatorias. Cuando mi hijo se enteró, empezó a hablar con el comprador. Entonces, aire. Me tiró para afuera. Le dije: "Tratá de darme la plata porque si no te doy una paliza". No me dio nada. No me dio un mango, me mandó al desalojo. Fuimos a careo, la jueza me dio 90 días para irme y le pude sacar US$ 10 mil nomás. Con esa plata me compré este terreno en Salinas. Esta cabañita me la regaló el profe Alejandro Valenzuela. Ahora voy a cerrar todo este predio con bloques que me compró Fossati que cuesta como $ 100 mil. Me quería morir por el precio. También me da una mano (Nelson) Marcenaro que todos los meses me trae un surtido de $ 3.000 o $ 4.000. Por eso digo, si en la vida te portás bien, siempre tenés ayuda. Siempre digo: los amigos se ven cuando estás enfermo o cuando estás preso. Porque hay algunos que cuando los precisás, no están. Yo tenía amigos que desaparecieron cuando dejé el fútbol. Son amigos circunstanciales. Mi sobrina con el marido se vinieron a vivir conmigo. Él hace de todo para darme una mano. Son mis ángeles de la guarda. Y estoy acá porque tenía hasta el miércoles 20 de setiembre (en la que era su casa en el Buceo), sino, a partir de ahí, tenía que pagar US$ 100 de multa por día.

¿Y su sobrina se fue a vivir con usted por este tema?

Sí, además porque quería cuidarme porque yo no podía estar solo. ¿Sabés cuántas veces me desvanecí solo por la diabetes y la presión? Y ella se vino conmigo.

Y Valenzuela ya es más que un amigo...

Es un fenómeno. Me compró esta cabaña por US$ 4.600. Estoy muy agradecido. Vino acá a laburar con nosotros y está pendiente para ver si necesito algo. Y él llama a mi sobrina porque sabe que si yo preciso algo, le digo que no, porque no quiero pedir más nada. No me gusta el abuso. La señora del profe me decía: "No dormíamos de noche pensando en cómo zafar de lo tuyo".

¿De qué vive hoy?

De la jubilación. Nos ayudamos entre los tres con mi sobrina y su esposo. La vamos llevando.

¿Cómo está de salud?

Más o menos. Tengo problemas de diabetes y de presión. Lo que me tiene acobardado es la presión baja. Me desvanecí en el ómnibus muchas veces viajando solo. Salía de la diálisis y me sentía mal y no tenía tiempo de decirle al chofer o al guarda y me despertaba en la terminal con la emergencia móvil.

¿Por qué se hace diálisis?

Porque me tengo que hacer un trasplante de riñón. Voy martes, jueves y sábado a hacerme.

¿Y tiene fecha de trasplante?

No. Estoy en lista de espera. Porque tengo que esperar un riñón compatible.

¿Cómo se siente en esta nueva etapa de vida?

Pasé por todo en la vida, pero hoy estoy moralmente recuperado. Me di cuenta que solo no estoy, por mi sobrina, el entorno, los amigos que están pendientes de mí. Soy muy agradecido.

¿Le hubiera gustado que de Peñarol le llegara algún mensaje?

Lógico, ¡cómo no me va a gustar! Pero nunca me llamaron. Ninguno. Para decirme: "Bombón, ¿qué precisás? Mirá que estamos a las órdenes". Ni dirigentes, ni excompañeros. Salvo Fossati, Valenzuela y Marcenaro. Pero por suerte, nos vamos arreglando de a poco.

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