Todo empezó con un corte de pelo. Miley Cyrus comenzó la transformación de estrella de Disney a artista adulta y emancipada con un simple corte de pelo al estilo pixie y un decolorado total. Lo que muchos podrían definir como una ida a la peluquería, dio el puntapié inicial a lo que luego sería un monstruoso aparato de marketing para promover su tercer disco, Bangerz.
Ya con la prensa atrapada, vinieron las idas y vueltas con ahora su expareja, el actor Liam Hemsworth, sus paseos en escasa ropa, y esporádicas presentaciones en vivo con incluso menos ropa. La base estaba hecha.
En junio todo comenzó a precipitarse. El video de We Can’t Stop fue estrenado y no demoró en generar críticas. Miley dejó en evidencia que ya no era la pequeña Hannah Montana tomando el viejo camino de siempre: una imagen extremadamente sexualizada. Allí fue acusada de apropiarse de rasgos de la cultura negra –su ritmo con influencias hip hop y sobre todo el infame twerking– y de ser un pésimo ejemplo para sus fans más jóvenes.
Esto empeoró con su presentación en los MTV Video Music Awards, su video Wrecking Ball –donde aparece desnuda–, sus retratos más que subidos de tono realizados por Terry Richardson y el documental de MTV Miley: The Movement, donde afirma que todo esto fue calculado como un “desastre estratégico”.
Todo sucedió semanas antes que Bangerz fuera lanzado. Este prometía ser un disco transgresor que mezclaba sus raíces pop y country con intereses más modernos: hip hop y electrónica. Pero cuando el público ya le vio hasta las amídgalas, ¿qué más puede mostrar una artista? No mucho más.
Bangerz ya cuenta con la ventaja de una figura polémica y popular, una voz decente y distintiva, los mejores productores que el dinero puede comprar y la mejor tecnología que existe. Con esos elementos es casi imposible realizar una mala canción pop.
De esta forma salieron We Can’t Stop y Wreaking Ball, que si bien muestran dos facetas diferentes de la cantante –una más fiestera, otra más sensible– establece el marco donde se va a manejar el disco. Hay ganchos y hay estribillos que se adhieren como velcro.
El “desastre estratégico” consiste en causar shock por el shock mismo, y en sus letras hay ejemplos de sobra. En SMS (Bangerz), que cuenta con la participación de Britney Spears, no escasean las referencias al sexo y la marihuana. Pero la lista sigue.
En Do My Thang, una canción electrónica como las que abundan, alardea con un rap bastante apto que hará siempre lo que ella quiera. “Soy una belleza sureña, loca como el infierno”, afirma. Mientras que en 4x4 –una entretenida mezcla entre hip hop y country que al principio puede causar gracia–, dice: “soy una rebelde, ¿no se dan cuenta?”. La respuesta es sí. El problema es que ya estamos cansados de que lo repita.
Bangerz acierta en tomar todo lo que suena en los rankings para devolverlo en forma de buenas canciones pop, como #getitright –producida por Pharrell– y FU –una fusión que parece salida de El gran Gatsby–, pero falla en mostrar quién es la artista en realidad, más allá de las influencias y lo que dice de sí misma.
Su asociación con el productor Mike Will Made It, creador de We Can’t Stop y otras seis canciones más, promete mucho porque Miley entiende el lenguaje de hip hop a la perfección y sabe que ese es el camino para sonar hoy en las radios, pero demasiadas de esas canciones pasan desapercibidas.
El disco tiene sus momentos divertidos pero suena un tanto desparejo y reiterativo en sus temas pero, como dijo, ella va a hacer lo que quiera.