26 de octubre de 2012 19:47 hs

Juguetes, cacharros, ukeleles y guitarras. En Martín Buscaglia el juego se sigue reivindicando como un camino lleno de laberintos y atajos. La composición oscila entre el rigor metódico y el surrealismo automático. Y en su música se respira el aire fresco de las cosas que no son iguales a nada. Camino a lanzar El pimiento indomable, disco en coautoría con el español Kiko Veneno, Buscaglia es uno de los músicos más interesantes del Río de la Plata, en lo que podría enmarcarse como generación post Fernando Cabrera. Previo a una gira en Colombia, conversó con El Observador acerca de su nuevo trabajo que editará Bizarro a finales de octubre en Montevideo, y que luego se lanzará en Madrid.

¿Cómo fue el encuentro con Kiko Veneno?
Urbano Moraes tocaba con él en los 70, cuando vivía en Sevilla. Era una época muy importante donde Kiko mezclaba la música gitana con la poesía dylaniana. Cuando Urbano volvió a Uruguay, nos mostró el trabajo y nos dijo: “Esto es lo más parecido a Mateo que hay en España”. Me fascinó su música. Años después fui a verlo tocar en Madrid, y un amigo que trabajaba en la producción del espectáculo me dijo: “¿Quieres saludar a Kiko?”. Eso de saludar y presentarme espontáneamente no es algo que me sale muy natural pero me saqué los nervios y fui a saludarlo. Cuando nos vemos, me dice: “¡Martín! ¡Cuánto tiempo hace que quería conocerte!”. Él ya había escuchado mis discos. Fue un momento mágico, y desde ahí surgió una amistad que desemboca en este disco.

¿Cómo fue la dinámica creativa del disco?
Kiko quería grabarlo en América, que fuera un disco americano. Vino en abril un mes entero a Montevideo. El único riesgo que teníamos era que a nivel compositivo no nos saliera nada. Y lo que teníamos para perder era estar un mes juntos, divagando, yendo a los tambores de Ansina, compartiendo con los músicos de acá. Y apoyados en la amistad y sensibilidad compartidas, se dio una cuestión aluvional: hicimos doce canciones en un mes. Ahí decidimos frenar para empezar a grabar. Fue un mes muy lindo, compartiendo con la familia. Recuerdo levantarnos y desayunar abundante para empezar el día bien lúcidos. Y en el mismo desayuno discutir sobre las letras y acordes que quedaron sin cerrar del día anterior. Al terminar la etapa de composición en Montevideo, empezamos a grabar. La mayoría se grabó en Montevideo y Kiko nos mandaba partes desde Sevilla. Todo desde los estudios caseros de cada uno. Al terminar la grabación, nos fuimos a Los Ángeles a mezclarlo. Ahí se cierra el proceso de disco “americano”, yendo a la otra parte de América.

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¿Cómo fue la fusión de estilo entre Kiko Veneno y usted?
Hay partes del disco que las escuchás y decís “esto es bien Kiko Veneno” y en realidad es algo que compuse yo. Y viceversa. Nos succionamos uno al otro. En lo musical es un disco más uruguayo que los anteriores. Yo siempre sentí que mis influencias básicas del candombe beat no necesitaba demostrárselas a nadie. Pero en este caso, por ser con Kiko Veneno, quería hacer algo más de acá. Hay candombes, hay toco, milonga, murga. Y la gracia de hacer un disco con esta dinámica de inmersión es que salga ya. Es decir, no pasarse meses o años corrigiendo letras, sino editarlo tal cual quedó. Y te das cuenta que son marionetas que estamos moviendo y temblequean un poco, pero captan un momento fresco.

¿Cómo fue el intercambio con los músicos locales?
Los músicos de acá lo conocen mucho. Quizá por Urbano, no lo sé, pero es un artista referente en Montevideo. Kiko no hace canciones para admirarlas de lejos. Son canciones que querés aprenderte y tocar apenas las escuchás. Genera algo especial entre los músicos. En este sentido, hubo muchos encuentros con Mandrake (Wolf), Martina (Gadea), los tambores. Pero no hay un registro formal de eso. El registro es el propio disco.

¿Qué lugar ocupa el juego en tu música?
El juego no lo asocio con algo solamente divertido. Para mí el juego se transforma en llaves que te llevan a lugares donde el arte puede nutrirse. Por ejemplo, el movimiento literario oulipo: a través de la disciplina llegan a resultados alucinantes. Es al revés de los surrealistas, pero igual llegan a resultados impresionantes. Me interesa explorar esos dos caminos: el rigor y lo desestructurado.

¿Qué está leyendo ahora?
Cuando grabo escucho poca música. O escucho música más antigua, de antes de que yo naciera. Y generalmente leo más. Ahora leo a Jotamario Arbelaez, nadaísta colombiano. También me interesa la dureza de Cheever, y su universo oscuro.

Pero usted no es una persona oscura…
No, yo tengo una visión más celebratoria. Pero me gustan los artistas malditos. Y también los benditos: aquellos que alguna vez fueron malditos y trascendieron. Kiko es de este último grupo. Antes era más oscuro y hoy tiene esa preocupación por la luminosidad, por generar un beneficio general.

¿De dónde sale esa mirada celebratoria?
La vida es finita, se acaba, y el dramatismo es inevitable. Se me han muerto amigos, gente cercana, y eso no hace más que reafirmar la lección antiquísima de “disfrutemos mientras podamos”. De eso va mi disco El evangelio según mi jardinero. En esta vida podemos hacernos mejores personas y hacer mejores personas a quienes nos rodean. El arte es un vehículo para eso.

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