17 de enero de 2012 19:07 hs

Alfredo Etchegaray cruza el semáforo del viejo cine Lido y camina por la vereda de la calle 31 con apuro. Lleva un leve retraso para la entrevista pactada con El Observador a las 21 horas en el Glam Lounge. Viene en traje de baño, alpargatas y una remera de un club de polo.

“Es que estuve todo el día navegando. Me acabo de bajar del barco”, explica al fotógrafo que lo acribilla en uno de los sillones del coqueto café que estaba en Manantiales y se mudó a una de las proas más taquilleras e históricas de Punta del Este. “Saben que acá, en los 50, funcionó el mítico Mejillón de Carbonaro, donde nació el chivito”, dice Etchegaray al apenas acomodarse y pedir un cortado con una media sonrisa, la expresión natural de su cara.

Con 56 años (“aunque con mente de 20”, según él) y más de 6.000 fiestas a sus espaldas, el relacionista público dio un giro en su vida profesional y espiritual. Sacó el pie del acelerador fiestero, viró hacia la consultoría en inversiones, grabó un disco con diferentes ritmos del mundo que busca, en sus palabras, “el diálogo entre las culturas”, y priorizó algo que en sus pasados 35 años extrañaba con locura: el tiempo libre.

Personaje inevitable de cada temporada y con un anecdotario interminable digno de un stand up esteño, que cruza a Sting con Rosa Luna y a Alberto de Mónaco con empresarios brasileños millonarios, Etchegaray conversó con El Observador acerca de la “península más linda”, su pasado, sus canciones, sus desvelos y la esvástica en el águila del Graf Spee.

¿Su entrada en el mundo de la música es volver a su pasión antigua?
Es así. Empecé mi carrera como disc jockey, en 1969 a los 14 años, pasando música en Casapueblo y en el Club de Balleneros de Punta Ballena. Después estuve en la boite Il Papagallo, que decoré, porque era pintor de letras. Luego fui productor musical de espectáculos como el de los Bottom Tap con Aníbal Pachano, los Danger Four o Vinicius de Moraes.

¿Por qué abandonó el territorio de las fiestas?
Fueron muchos años lidiando con familias, invitados y personas irracionales que me llevaron mucha energía. Cientos de marcas y de sponsors, en todas esas temporadas terminaron cansándome. A nadie le decía que no, fuera con dinero o sin él. Tenía poder: no pagaba ninguna comida ni la ropa. Pero descubrí que ser rico es tener tiempo libre. Y ahí volví a la música. Soy un eterno emprendedor. Por eso compuse la canción Dinero malo.

¿Cómo surge el proyecto de su disco World’s Music Walk?
Bueno, el título define la idea. Significa caminar por los ritmos del mundo. Es un proyecto para usar la música como herramienta para mejorar la comunicación entre las culturas del mundo. Mi relación con la música viene de muy pequeño, cuando aprendí a tocar la guitarra y el acordeón a piano. Nací en el seno de una familia muy musical. Con mis hermanos, todos tocábamos algún instrumento. En el disco hay mucha fusión. Por ejemplo, a una bossanova le pongo un ritmo de tango o un corrido mexicano. Todos los temas son compuestos por mí, pero ejecutados por músicos amigos, de la calidad de Julio Cobelli, Raúl Medina, Toto Méndez o Luis Garimaldi. La música surge en mi cabeza y luego la paso a un pequeño teclado. El logo también lo diseñé yo. Son pies blancos y negros, representando todas las razas y todos los poderes adquisitivos.

Sus proyectos musicales no se acaban en este disco…
Claro que no. Tengo varias ideas más, como hacer candombe electrónico, tango electrónico. Incluso tengo el proyecto de componer una ópera. Lo que pasa es que compongo rápido. A mí hacer una letra me lleva unos 15 minutos. Pero esto es para el espíritu. Para pagar mis cuentas realizo asesoría y consultoría en proyectos de inversión.

¿Cuáles son los proyectos en los que trabaja su consultoría?
Trajimos una empresa que fabrica ómnibus para el Mercosur, que se instaló en Pan de Azúcar. Pero tenemos otros proyectos a nivel nacional, no solo a nivel local. Una es la conexión del tren binacional, que corrió por nuestra parte. También asesoramos a Montes del Plata, al World Trade Center, entre otros.

¿Cree que bajó el nivel de Punta del Este? Antes tocaba Vinicius, hoy toca Bob Sinclair…
No estoy de acuerdo con esa visión. Que todo evolucione, no significa necesariamente degradación. Mirá que yo me acuerdo todavía cuando aquí había que esperar 10 años para conseguir un teléfono. La ruta era bombé. No había ni shopping, ni aeropuerto, ni nada para hacer. ¿Esa es la Punta que añoramos? Antes las casas de lujo tenían 500 metros cuadrados; hoy tienen 5.000 metros cuadrados. Antes los empleados ganaban muy poco. Hoy una doméstica calificada en un chalet gana US$ 1.000 por mes.

¿Cuál es el desafío que enfrenta Punta del Este hoy?
Creo que a todo Uruguay, no solo a Punta del Este, le hace falta crear los productos que consumen los turistas en el mundo, y que consumen los uruguayos cuando salen por ahí: los resorts all inclusive. Y tenemos todas las características para hacerlo, con un frente costero como pocos en el mundo. Son complejos con muchos restaurantes, con actividades para toda la familia. Por una extraña razón, aquí no hay ninguno. Tenemos Manhattan y South Beach y por otro lado tenemos los barrios con los caños de saneamiento al lado. Falta organización y criterio.

Usted fue candidato a alcalde de Punta del Este por el Frente Amplio. ¿Sigue considerándose un político?
No quise ni quiero hacer carrera política. Solo creía que tenía un par de buenas ideas para aplicar. Tengo amigos en los tres partidos. En las elecciones anteriores no había votado al Frente Amplio. En Punta del Este, en mi opinión, la política debería enfocarse al desarrollo económico en equilibrio con el medioambiente.

¿Las fiestas también desaparecieron de su vida?
Y… no. Con tantos años y tanta difusión, es difícil. Todavía me suena el teléfono a los dos de la mañana con gente que me dice: “Alfredito, por favor, es imprescindible que yo entre a tal fiesta. ¿No podés conseguirme una entrada?”

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