23 de enero de 2012 18:10 hs

"Sí, vivo en un country y me gusta, pero hay riesgos”, dice la escritora. Y aclara: “El peor riesgo es creer que ahí está el paraíso”.

Es que dentro de los countries pasan cosas, algunas muy feas. Luego de la publicación, en 2005, de sus taquillerísima novela Las viudas de los jueves —con la que ha vendido más de 200.000 ejemplares y por la que obtuvo el Premio Clarín—, la escritora argentina Claudia Piñeiro se convirtió casi la marca registrada de una literatura realista, que se desarrolla en el contexto específico de los barrios privados de la llamada Zona Norte de la periferia de Buenos Aires y que se escribe en clave policial, o por lo menos con un asesinato en medio de un argumento que flirtea con una investigación que será fundamental para la resolución de la trama y del destinos de los personajes.

El último eslabón de la obra de Piñeiro es Betibú (Editorial Alfaguara), en la que un diario de oposición al gobierno argentino contrata a una escritora para que realice la cobertura de un crimen que se produjo en un country. La novela comienza con la descripción de una fila de empleadas que se someten a una estricta revisación. Una de ellas llega a la casa de su patrón y lo encuentra en un sillón. Ella cree que está dormido, pero resulta que está degollado.

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Piñeiro llegó por unos días a Punta del Este para presentar el jueves pasado Betibú en el Hotel Conrad, donde conversó con Teté Coustarot, contestó preguntas y firmó ejemplares. También conversó con El Observador.

“Mucha gente se molestó con Las viudas… y con Betibú, y me decían. ‘¿por qué solo mostrás lo malo’? Es que la literatura tiene que contar desventuras, porque funciona así”, explica la escritora, que salió de su casa en el country hace dos días, se vino para Punta del Este y luego sigue para una mini gira por la Feria del Libro de Cartagena y después cruza el charco Atlántico para ir a España. Pero ahora se toma unos días libres. “Tengo el traje de baño abajo del vestido”, dice a El Observador con su voz veloz sin casi mover los labios, aunque la expresión es de una sonrisa.

Nacida en Burzaco (Provincia de Buenos Aires) hace 51 años, esta mujer que escribe desde niña y es de profesión contadora dice que su destino como novelista (además de dramaturga, guionista y columnista) se decidió en un vuelo a San Pablo, cuando vio el recuadro en un diario de un certamen de literatura erótica.

¿Cómo se hace para vivir hace 16 años en un country y dar una visión tan descarnada como la que da en sus novelas?
Es un error pensar que uno no puede criticar el lugar donde vive. ¿Vos no podrías escribir algo muy crítico sobre periodismo? En algún sentido, es un lugar único, porque podés criar a tus hijos de una forma que es imposible en otros lugares. Puede caminar solos a cualquier por la calle, puede jugar donde quieran.

Varias veces se ha relacionado el éxito de Las viudas… con el asesinato de María Marta García Belsunce. La novela se publicó poco tiempo después. ¿Fue coincidencia?
Comencé a escribir la novela varios meses antes de ese crimen. Dos semanas antes de publicar la novela saltó a los medios la noticia y se armó todo el revuelo. El asesinato también ayudó a la repercusión del libro, pero creo que fue más porque la gente quería leer sobre estos lugares supuestamente secretos, donde pasan cosas. Seis años después, soy una especie de socióloga en countries. Cuando sucede algo en un country me llaman las radios y otros medios, como si yo fuese una experta. Yo solo escribo ficción.

¿Un country es un buen lugar para escribir?
Sí, es un lugar tranquilo y solitario. Pero yo puedo escribir en un bar de Buenos Aires, con ruido y gente entrando y saliendo. Tengo esa capacidad, que es muy femenina.

Usted ha dicho que sus novelas parten en general de una imagen detonadora. ¿Cómo fue la de Betibú?
Tenía en mente a una mujer, que luego será la protagonista, una mañana en que acaba de salir de la cama, está de camisón, y espera que llegue el diario. ¿Viste ese ruido cuando te pasan el diario bajo la puerta? Esa fue la imagen madre. A partir de ahí surgió toda la trama.

¿Cuáles son los precedentes de una escritora de policiales en la literatura argentina?
Hay muchas mujeres que sin ser escritoras “de policiales”, incursionaron en el género. Se me ocurren por ejemplo, Silvina Ocampo o Vlady Kociancich. También los hombres lo hicieron, como Borges y Bioy con su invento (del escritor policial ficticio) Bustos Domecq.

¿Cuál es su relación con la literatura uruguaya?
En mi adolescencia leí con pasión Chico Carlo, de Juana de Ibarborou. Creo que ese fue mi primer acercamiento. Luego, claro, leí a los más conocidos: a Onetti, a Levrero. Pero el problema es que hay mucha literatura uruguaya que (más allá de los problemas aduaneros actuales) no llega a Buenos Aires.

¿Ambientaría una de sus novelas policiales en un contexto como Punta del Este?
Creo que no, porque no me parecería sincero. Hay cosas secretas que pertenecen a la comunidad y que uno no puede venir a usurpar así como así.

¿Cree que entre el auditorio en su presentación en el Conrad había “viudas de los jueves”?
Sí, seguramente. Van mucho a mis presentaciones. l

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