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¡Te va a dar un infarto!

Es fácil detectar que Uruguay posee un problema de trabajo y de empleo; el sector privado debe ser quien dé trabajo a la población pero no parece estar dispuesto hasta que la situación mejore 

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16 de diciembre de 2018 a las 05:00

En una entrevista publicada en este diario el 26 de noviembre pasado, el profesor del IESE de Barcelona Luis María Calleja, hizo un diagnóstico certero del ambiente laboral uruguayo y de los escasos incentivos para trabajar más y mejor, para mejorar la productividad personal y colectiva. Imitando nuestro lunfardo, Calleja fue drástico al señalar que “a un tipo que quiere trabajar otros le dicen: che parala ¿que queres bo? Te va a dar un infarto”. Y no es un diagnóstico de alguien que cae como un paracaidista sino de una prestigioso profesor que desde hace 27 años viene regularmente a Uruguay a dar clases de Política de Empresa en el IEEM y permanece en el país aproximadamente un trimestre dictando su materia en varios programas empresariales. Además ha realizado varios programas de consultoría en empresas públicas y privadas de nuestro país.

La entrevista merece leerse en su totalidad porque no tiene desperdicio alguno. Pero algunas cosas son verdaderamente destacables: lo del infarto si alguien pretende trabajar mucho y dejar en evidencia a quienes no lo hacen, lo de la baja productividad, lo que no hay orgullo de terminar las cosas bien, lo de justificar el no crecimiento empresarial en la pequeñez del país, lo del ausentismo, lo de no aprovechar las virtudes del uruguayo medio (sentido de justicia y templanza) para introducir un cambio en la cultura del trabajo, lo del buscar excusas para que el empresario arriesgue más, que procure crecer aunque sea desde una empresa chica, como son la mayoría de las empresas de este país.

Pero saliendo de las definiciones del profesor Calleja, es fácil apreciar que Uruguay tiene un problema de trabajo y de empleo. Problema que en la última década quedó disfrazado por la ola de bonanza sin igual que nos benefició con condiciones muy favorables desde el exterior como la tasa de interés cercana a cero en los países desarrollados y precios de materias primas altos como no se habían visto desde principios del siglo XX.

Ahora que esas circunstancias excepcionales han cambiado, se ve claro que Uruguay tiene un problema de empleo y de trabajo. Ha perdido 60.000 empleos en los últimos 4 años y eso sin que el PBI dejara de crecer. No tiene claro qué sectores generaran nuevos puestos de trabajo. No hay grandes inversiones en el horizonte salvo UPM2, y ella viene gracias a los beneficios tributarios y laborales extraordinarios –es decir, no disponibles para las demás empresas del país-  que el gobierno le va a otorgar. El deterioro educativo es grave pero eso se va a sentir dentro de un tiempo porque, como dice Calleja, lo que marca el ritmo es la gente que tiene más de 40 años.

Entonces ¿cuáles son los sectores que van a generar empleos? Ya no cabe hacer la jugada de Mujica de incorporar 60.000 empleados públicos, que ha sido la principal fuente de empleo aún en época de bonanza. El empleo debe venir del sector privado que por ahora no está muy dispuesto a invertir a menos hasta que el horizonte se aclare. 

Pero eso implica un cambio educativo, un cambio laboral y un cambio de la cultura del trabajo. Esta semana Juan Sartori al lanzar su candidatura dijo que el principal problema del país era el empleo. El senador Lacalle Pou, al negarse a votar otro feriado, señaló que los uruguayos debemos trabajar más. El pasado domingo el sindicalista Richard Read señaló la falta de compromiso laboral de muchos trabajadores y de muchos sindicatos y reivindicó su ya conocida posición a favor de un cambio en la cultura del trabajo.

En cambio, es fácil ver en filas de la central obrara y en muchos sectores del partido de gobierno un énfasis excesivo en busca de mayores derechos, de reducir la carga horaria, de bajar el nivel de exigencia en la enseñanza para que se reduzcan los niveles de repetición, de desentenderse de la productividad. Es el predominio de la cultura de ir a menos y ganar más o tener más beneficios.

Lo más triste de todo es que, según Calleja, “las oportunidades que tiene Uruguay para cambiar son enormes. Tiene sus ventajas país: el uruguayo no despierta ninguna reticencia negativa, es preferido y trabajando afuera del país es espectacular”. No aprovechar esas condiciones es un crimen, es algo imperdonable para nosotros y sobre todo para las próximas generaciones. Y ello no depende de quien gobierne el país. Depende de lo que hagamos cada uno de nosotros. 

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