Eran plenos años de 1990 y Kevin Johansen era quizás el último artista apoyado por el dueño del CBGB neoyorquino, la casa del punk en la capital del mundo que le permitió grabar un disco absolutamente por fuera del género –aunque no tan lejano con el espíritu de su dueño, pero esa es otra historia– con el que conquistó el Río de la Plata. Hoy, ya lejos de allí, es una de las figuras más convocantes de la música pop iberoamericana, cosa que de algún modo se ratifica en (Bi)vo en México, disco y DVD de formato deliberadamente similar a los viejos Unplugged de la MTV, con producción sonora de lujo e invitados reconocidos.
Johansen mantiene su estilo “buena onda”, confiado y enfático al hablar de “las coincidencias” y “lo fortuito”. Sin embargo, también en sus respuestas queda claro que hay una inclinación artística que definen a su carrera artística, una muy basada en el cruce de influencias “desprejuiciadas”. Sobre el oficio de canalizar todo eso desde entonces y con la excusa de su concierto en el Teatro Solís, Johansen conversó con El Observador.
Hace unos años, Jorge y Daniel Drexler lo integraban a una especie de escena de músicos de marcada influencia tropicalista pero al sur de Brasil, que es donde ese movimiento fagocitador de influencias internacionales -anglosajonas en muchos casos, antipuristas y antichauvinistas- surgió. ¿Cómo se puede aplicar ese concepto durante tanto tiempo?
Creo que en su momento yo dije que como artistas nosotros seríamos “subtropicalistas”, como homenaje a esa gente muy rebelde que son los tropicalistas brasileños. Son nuestros padres. Ciertamente eso fue una especie de trampa, de encierro, porque es muy difícil rebelarte ante padres rebeldes. Eso lo volvería a uno una especie de hijo conservador, si aplicáramos a la rebeldía como definirse por oposición. Entonces, ¿cómo hacemos algo diferente? Mi receta ha sido ser aún más promiscuos que ellos: ser mucho más abiertos, combinar más cosas que ellos, Absorber. Es un desafío a nuestros prejuicios, a nuestros cuestionamientos éticos y estéticos. Pero todo esto se ha dado en forma muy orgánica en mi carrera y creo que en la de Jorge o en la de Daniel, o en la de Paulinho Moska.
Sin embargo, esto de la “promiscuidad” se ha utilizado mucho y justifica entreveros que no llegan a nada. ¿Por dónde intenta que lo que usted hace funcione?
Creo que elijo a los músicos y artistas correctos y que genero buena onda. Tanto con el público como los artistas, desde Rada hasta Aristimuño o gente del grupo Bomba de Tiempo. Es toda gente que siento que tiene una estética parecida a la mía, a pesar de que celebramos nuestras diversidades. Por ponerte otro ejemplo: Fernando Cabrera.
Pero, ¿en qué cosas conecta su estilo con el de Cabrera? En su caso, le ha costado mucho más que a usted hacerse de un público en Buenos Aires.
Sí, pero ahora Fernando tiene también un público muy fuerte en Buenos Aires. Creo que su lírica es profundamente rioplatense y que tiene esa forma minimalista y despojada, esa cosa que te obliga a escucharlo de verdad. Ha prendido acá y se nota: ha aparecido en suplementos incluso literarios. Me gusta mucho eso de que Cabrera te obliga a bajar decibeles y a escucharlo; es un ejercicio muy difícil de generar. A mi modo yo también soy un “floreciente tardío”: empecé con 35 años y The Nada, el disco que edité en 2001 en Nueva York, llegó abajo del brazo: no venía con ningún plan concreto.
¿Dónde se encuentran su música y la de David Bowie, otro de sus artistas homenajeados?
Bueno, Bowie me llegó de viejo. Llegué a él después de que mis amigos porteños se pasaran tiempo hablando de él en plan más esnob, como al estilo “ay, ¿no escuchaste Bowie?”. Yo llegué a Bowie por el disco Let´s dance, ese espectacular disco ochentoso que produjo (el líder de Chic y hoy colaborador de Daft Punk) Nile Rodgers. Elegí ese tema por eso y porque muchas de las cosas que encontré en Bowie después de ver ese disco y repasar luego otras cosas suyas me di cuenta de que tiene grandes canciones que lo son porque son readaptables, se bancan cualquier versión. Modern love, que es la canción que yo elijo para este concierto, es uno de esos casos, como lo es Everybody knows de Leonard Cohen.
¿Hubo algún hito más o menos claro que lo hiciera pensar en que podía estar empezando una carrera exitosa?
En ese entonces mi carrera era más bien un destino inconsciente; no sabía cómo iba a surgir y mis amigos de Nueva York me miraban y dudaban. Tweety González, productor histórico de Cerati y tantos otros, me dijo el otro día que cuando llegué con ese disco fue como un soplo de aire fresco. Sin querer queriendo, quizá The Nada traía una cosa más americanista y a contracorriente de lo que se estaba escuchando en el momento, que era mucho más como de rock “stone”, más definida. En esos primeros años, recuerdo que el disco llegó a un colega, Alejandro Terán, que se lo pasó a Gustavo Santaolalla. De repente Gustavo me llama desde Los Ángeles y me dice que era fanático del disco. Ahí pensé que algo podía pasar, cosa que confirmé cuando el disco salió en Los Años Luz. Al final, el tema que funcionó fue Down with my baby, que nada que ver. Yo temía que todos pensaran que solo cantaba a lo Barry White, que eso era lo único que yo hacía.
¿Por qué grabó este show formato unplugged en México?
Básicamente por el entorno: nos invitaron a grabar a un estudio que lo tenía todo y teníamos el equipo completo, entre ellos Ari Hassan que se encarga de los Encuentro en el estudio con Lalo Mir y con Matías Cella, que trabaja como productor de Drexler y mío. También podíamos juntarnos a cantar con Natalia Lafourcade, con Rubén Albarrán de Café Tacuba y otros. Aprovechamos también para incluir a Liniers conmigo, que esté cerca del cantautor.
La fórmula de incluir a Liniers ya lleva muchos años. ¿Cómo se sostiene esta relación en el escenario con alguien que no es un músico?
Creo que parte del secreto es que no ensayamos. Nos fuimos juntando sin proponérnoslo. Creo que eso logró una frescura que enorgullece. Después, lo que te decía antes: creo que tenemos también con él una afinidad estética y por ende ética. Creo que somos parecidos porque cada uno juega con cosas que aparentemente son naif pero por abajo te tiramos la zancadilla: creo que la ironía impone esa segunda lectura y creo que en eso nosotros conectamos mucho. Por eso en vivo funciona.