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¿Tiene un dólar un talle más grande?

El tipo de cambio no está ni atrasado ni adelantado. Es el resto de la economía lo que debe corregirse

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16 de enero de 2018 a las 09:16

El dólar está barato" o "está atrasado" son frases escuchadas con frecuencia en ambos lados del Plata. Se trata de expresiones de significado múltiple. A veces, se refieren a una comparación con la serie histórica, que supone que en cada punto de medición el tipo de cambio fue establecido de modo preciso e infalible y que las condiciones en la economía en ese momento eran óptimas. Otras, surgen por comparación con los socios del Mercosur o los socios comerciales más importantes, lo que asume un escenario inamovible a lo largo del tiempo. En la práctica, se usan para expresar que los costos de producción traducidos a dólares de lo que se exporta tornan imposible la actividad, y que es más barato consumir productos importados que locales. En paralelo con estas frases se suele agregar otra: "con dólar barato se ganan elecciones".

Esos conceptos implican la creencia de que el gobierno está en condiciones de hacer subir o bajar el tipo de cambio según su voluntad. Tal sueño es acaso posible en muy pocos países de alto poder financiero, y aun así, con distorsiones graves en el resto de la economía. En la mayoría de los casos el tipo de cambio surge de un proceso de oferta y demanda, más o menos puro, en el que el Estado puede intervenir en el corto plazo con diversos mecanismos, pero no cambia la suerte del valor de la moneda en el mediano plazo. Un buen ejemplo fue el del gobierno argentino de Cristina Kirchner, que pretendió controlar el valor del dólar y para ello puso todo el resto de la economía patas para arriba, al borde de la quiebra masiva y finalmente tuvo correcciones dramáticas que finalizaron recién con el nuevo gobierno, dejando un atraso residual de bienestar que no se recuperará en muchos años.

Las leyes económicas sobre este punto se han refirmado en infinitas oportunidades. La conocida Simetría de Lerner y el teorema de Marshall-Lerner, entre otros, han demostrado el funcionamiento de los mercados de divisas con bastante precisión, además de las diversas demostraciones a cargo de la cruda realidad. Obsérvese que mientras el tipo de cambio está supuestamente barato para los exportadores de manufacturas y commodities, parece ser perfecto para el turismo receptivo, con una temporada récord. Por eso el criterio intervencionista llevó algunas veces en países con creatividad suicida, como Argentina, a tener tipos de cambios múltiples, experimento que termina siempre en un desastre corrupto, como también está definitivamente probado.

Este introito es para ahuyentar la idea de que el gobierno puede hacer tal cosa como devaluar volitivamente, determinar cuál es el tipo de cambio acertado, preciso, y luego aplicarlo al día siguiente como una bula.
. El tipo de cambio, en consecuencia, no está ni atrasado ni adelantado, ni barato ni caro. Es el resto de la economía lo que debe corregirse. Y la forma de corregirlo es cambiando los fundamentos de la actividad económica, no decretando un nuevo valor mágico.
Tal decisión no podría sostenerse ni una semana en el presente contexto mundial. La especulación, las retaliaciones, las contrapartidas en el resto de la economía de un aumento o disminución de las variables que maneja el gobierno, como la tasa de interés, la emisión, el aumento o disminución del endeudamiento y otros recursos, generarían situaciones caóticas casi de inmediato.

De modo que, aunque con dólar barato se ganen elecciones, a estar por los datos que del Banco Central el gobierno no está manipulando el valor de la divisa, salvo suavizando muy temporariamente los picos de cotización o induciendo ciertas tendencias, como cualquier otro banco central del mundo. Felizmente.

Eliminada la excusa de que el tipo de cambio del dólar es la razón de todos los males, quedaría la realidad como explicación de los problemas que está enfrentando o enfrentará la economía oriental. Que son los mismos sobre los que muchos especialistas y analistas venían advirtiendo, inclusive esta columna.

El costo del estado en su múltiple función de gastador serial, emisor de moneda, creador de impuestos nuevos, aumentador de impuestos viejos, regulador burocrático, indexador salarial por inflación, promotor de leyes y sistemas procesales laborales ruinosos, operador de empresas a pérdida o de empresas eficientes con tarifas que son impuestos y distribuidor de la riqueza ajena, es lo que atrasa el tipo de cambio, la economía y el bienestar. En su doble papel de espantador de inversión y destructor de empleos, no puede sorprenderse de que cuando divide todos los costos que ha inflado por un tipo de cambio determinado –es decir cuando se compara con el mundo– el resultado sea impagable. Lo que atrasa es el estado.

En esa ímproba tarea de destrucción de riqueza, cuenta con el apoyo invalorable del trotskismo gremial, que le aporta el odio ideológico al mundo real, a la competencia, a la apertura y a la inversión directa de empresas privadas, su enemigo natural, que sabotea cuántas veces puede, abortando cualquier atisbo de ellas. Ese otro gigantesco costo, dividido por cualquier tipo de cambio, también es impagable. Lo barato son las ideologías, no el dólar.

La primera víctima de este cóctel molotov económico es el productor del agro, cuya esclavitud ética, cultural y física a la tierra lo condena al feudalismo de ser vasallo del estado aún a pérdida y aun fundiéndose. Pero como un aguijón final, muere con él la inversión, que es hoy tecnología. Esa muerte mata el corazón de la economía uruguaya, sostenido estos años recientes por el resucitador de una bonanza circunstancial de precios que ya no volverá. La otra víctima es el empleo privado, el único empleo real sustentable.

Frente a la destrucción de la exportación y del empleo, se manotea la idea de fomentar el consumo como manera de aumentar la actividad. Nada más ridículo –como ya se ha dicho aquí– que un socialismo avanzado amichado con un trotskismo gremial abogando por el fomento del consumo vía la inmigración de medio millón de inmigrantes. Una conveniente ignorancia. Que sumiría a Uruguay en el caos.

El principio capitalista - liberal es que cualquier aumento poblacional crea demanda que debe ser satisfecha. Eso genera la necesidad de nuevos puestos de trabajo, que a su vez aumentan la producción y ello atrae nuevas inversiones, produciendo el círculo virtuoso. Pero eso vale en el capitalismo. Vale para pueblos masivamente educados, para sistemas económicos de libertades, donde los salarios y precios se negocian libremente, donde el estado no se entromete en la producción, ni lastima la inversión. En los sistemas neocomunistas no hay inmigración significativa, ni aporta nada. Apenas derrame de marginalidad e inadaptación. Pero siempre habrá a mano una nueva propuesta disparatada para tapar los anteriores disparates.

Las que atrasan son las ideas. No el dólar.
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