12 de septiembre de 2013 16:06 hs

La situación de las mujeres en España ha cambiado notablemente desde que Federico García Lorca escribiera en 1936, poco antes de ser asesinado por las fuerzas franquistas, La Casa de Bernarda Alba. La que es considerada su obra maestra, narra el encierro de luto impuesto por la madre de una familia a sus cinco hijas luego de quedar viuda por segunda vez. Pero, como sucede en las obras del escritor granadino, en ese juego perfecto entre la intensidad de lo dicho y el ardor de lo que queda sin decir, La Casa de Bernarda Alba habla de una sociedad en la que las mujeres son sometidas por los hombres, pero también por sus propios miedos y creencias.

La compañía española La Encina Teatro, que este fin de semana presenta las últimas funciones de la obra en el Tinglado (Colonia 2035), demuestra que lejos de resultar anticuada, La casa de Bernarda Alba mantiene su actualidad. Y esto es porque en el mundo las fuerzas del poder autoritario todavía oprimen a pueblos sedientos de libertad, las mujeres continúan siendo esclavas de los hombres en muchas partes del planeta, el fanatismo religioso sigue presente y el “qué dirán” permanece como moneda de cambio en las relaciones sociales.

“Todo es una terrible repetición”, dice el personaje de Martirio, la hermana en la que el poder opresivo de su madre ha dejado más huella. Por ello es que aunque el clásico lorquiano es habitué de la cartelera montevideana (con puestas como la de Roberto Jones el año pasado en el Teatro Anglo o Las Nenas de Pepe, la versión de Gabriel Calderón que sitúa el drama en un cabaret de principios del siglo XX), vale la pena ver la obra, especialmente en una versión como la que se exhibe El Tinglado, interesante y muy bien interpretada.

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Se trata de la primera de las obras de la trilogía rural de García Lorca que la compañía dirigida por Paco Sáenz presenta en el país, con elenco mayoritariamente español pero también con actores uruguayos. Las obras, declaradas de interés cultural por la Intendencia de Montevideo y el Ministerio de Educación y Cultura, forman parte del ciclo Trilorquía, que también presentará en octubre Bodas de sangre y Yerma.

La diferencia más notable de la puesta de Sáenz, que se desprendió de algunos personajes secundarios para darle más presencia a otros, es que tanto Bernarda, la madre, como Poncia, la criada, son interpretadas por dos hombres. Esto algo que se realiza por primera vez, ya que en otras puestas se hizo con todos hombres o uno solo representando el papel de la matriarca. La presencia masculina resulta muy interesante y ambos actores realizan trabajos notables. Ángel Ferrero, en rol de Bernarda, impresiona con su semblante duro, y su gran estatura lo ayuda para dar esa imagen de dominación arriba del escenario. Vestido con una falda pantalón, unos zapatos con un poco de taco y acompañado del bastón, transmite bien el poder masculino que encarna Bernarda.

Lo mismo sucede con el personaje de Poncia, interpretado por Oscar Alameda, que dota a la criada de cierta frescura que oxigena al drama. El efecto logrado es muy lejano al trasvestismo, pues el espectador olvida que son hombres representando a mujeres para ver lo que esos arquetipos representan.

Destacan también las españolas Alexia Lorrio, en el rol de Martirio, y Elisa Niño, en el Adela, la más joven, hermosa y apasionada de las hermanas, que desafía la moral establecida cuando se enamora del prometido de su hermana.

La escenografía destaca por su sobriedad, al igual que el vestuario, en una obra que pone el foco en sus protagonistas, encargados de verbalizar los diálogos directos, expresivos, y a la vez poéticos del escritor granadino. El buen trabajo se palpa en la emocionante escena con la que culmina el drama lorquiano.

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