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A 75 años de la liberación de París (II): El nazi que llamó a los aliados para salvar la ciudad

El 19 de agosto comunistas y gaullistas se sublevaron contra los ocupantes; y el 23 la División Leclerc de “franceses libres”, en la que revistaban republicanos españoles, fue hacia allí

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14 de agosto de 2019 a las 05:01

Después del Día D, el 6 de junio de 1944, los aliados angloestadounidenses permanecieron casi dos meses encerrados en Normandía, bajo cerco de los alemanes, siempre fieros combatientes, mientras acumulaban tropas y pertrechos. Por fin, a principios de agosto, gracias al completo dominio aéreo, la superioridad numérica y la agresividad de los tanques al mando del general californiano George Patton, lograron romper el dique y destruyeron a los alemanes en la “bolsa de Falaise”. Luego iniciaron una rápida marcha hacia el Este, hacia el río Sena, detrás del enemigo en fuga.

Para los angloestadounidenses, la carrera hacia Bélgica, Luxemburgo, Holanda y la frontera alemana, antes del invierno y la nieve, era mucho más importante que apartar tropas y recursos materiales para destinarlas a tomar París, una ciudad —un espejismo— que pronto dejarían atrás, rodeada, y que caería por sí sola, sin sustento. Los militares aliados tampoco deseaban una lucha callejera sangrienta y estéril, y menos aún tener que laudar con las previsibles disputas políticas y los revanchismos entre franceses.

Incluso el 15 de agosto otra potente fuerza francoestadounidense había desembarcado en el sur de Francia, en el Mediterráneo, entre Tolón y Cannes, y marchaba hacia el norte, hacia la frontera alemana, para formar un frente continuo con las tropas desembarcadas en Normandía.

Trofeo en disputa por gaullistas y comunistas

Sin embargo la bella París, poblada por dos millones de personas, era un símbolo político y propagandístico de enorme importancia. Entonces era una ciudad vejada, con la esvástica flameando en la Torre Eiffel, mientras sus ciudadanos soportaban humillaciones y la desmoralización por la rápida derrota de 1940. Sólo las emisiones radiales de la BBC desde Londres, y la creciente cercanía de las tropas aliadas, mantenían la llama.

Otro asunto de gran importancia era la disputa larvada entre gaullistas y comunistas, aliados en las Fuerzas Francesas del Interior (FFI), por el control del país tras la retirada alemana. Si los “maquis” comunistas se apoderaban de la capital, serían un grave dolor de cabeza para los ocupantes aliados y para los franceses de otras opiniones. El jefe gaullista en la “Resistencia” parisina, Jacques Chaban-Delmas, informó que, costara lo que costara, los comunistas lanzarían su insurrección para desafiar a De Gaulle.

De hecho, tanto los “colaboracionistas” del mariscal Philippe Pétain, liderados por Pierre Laval, como los comunistas, conducidos por Roger Villon y el “Coronel Rol” (Henri Tanguy), se sublevaron en París desde mediados de agosto, y en particular a partir del día 19, para reforzar sus posiciones políticas tras el retiro alemán. Las huelgas convirtieron la capital francesa en tierra de nadie.

El 21 de agosto los comunistas distribuyeron diarios y panfletos bajo el título: Aux barricades! 

Pero el 19 los gaullistas habían logrado que la casi totalidad de los 20.000 policías parisinos entraran en huelga, desobedeciendo a los alemanes, bajo la amenaza de que, si no lo hacían, más tarde serían juzgados como traidores y “colaboracionistas”.

Una considerable fuerza francesa, la II División Acorazada, al mando del general Jacques Leclerc, armada y financiada por los estadounidenses, ya peleaba en el norte de Francia. De Gaulle amenazó a Eisenhower con ordenar a Leclerc que se dirigiera por su cuenta hacia París. Quería evitar una repetición de la sublevación de Varsovia, la capital de Polonia, que por esos días era aplastada por los alemanes, con centenares de miles de muertos, mientras las tropas soviéticas esperaban en las afueras. Y también, de paso, De Gaulle deseaba un golpe de efecto y hacerse con el poder. 

El 22 de agosto Eisenhower, sabedor del valor simbólico de París para todo el mundo, finalmente aceptó que la división de Leclerc, respaldada por la IV División de Infantería estadounidense, se apartara del grueso y se dirigiera hacia la capital francesa.

El jefe alemán pide ayuda a los aliados

El nuevo jefe militar alemán del Gran París, el general Dietrich von Choltitz, quien asumió el 9 de agosto, recibió órdenes en persona de Adolf Hitler, el führer alemán y líder del Partido Nazi, de suprimir “sin piedad” cualquier rebelión o sabotaje. 

Choltitz, un hombrecito obeso, era conocido por sus políticas de tierra arrasada durante las retiradas en los frentes ruso y ucraniano. En París contaba con un equipo experto en demoliciones, pero con una guarnición reducida a 5.000 soldados, y otros 15.000 en los alrededores, pues el resto de las tropas había sido enviado al frente. 

El 14 de agosto Choltitz recibió la orden de poner en práctica de inmediato “una política limitada de tierra arrasada”, destruyendo selectivamente los servicios públicos, las industrias, algunos edificios emblemáticos y decenas de puentes sobre el río Sena. Y el día 17 la orden fue más rotunda: destruir la ciudad. 

Sin embargo Choltitz retrasó el cumplimiento de las órdenes, alegando diversas circunstancias, y concentró sus escasas tropas, que eran acosadas por la “Resistencia”, en puntos fortificados por toda la ciudad.

Por mediación de Raoul Nordling, cónsul general de Suecia en París y director de la fábrica de rulemanes SKF, el jefe alemán liberó miles de prisioneros políticos franceses y envió emisarios con mensajes conciliadores. No deseaba pasar a la historia como el vándalo de París, cuando no tenía significación militar alguna, claramente la guerra estaba perdida y él pagaría por sus actos. Incluso el 20 julio Hitler había sobrevivido a un atentado con bomba en su bunker de Prusia Oriental, que dejó al descubierto la amplia disconformidad de los militares con su conducción.

Pero el 19 de agosto, el mismo día que la policía parisina se sublevó, instigada por los gaullistas, y los comunistas atacaban el Hôtel de Ville, sede del ayuntamiento, Choltitz recibió órdenes inequívocas de Hitler: “París no debe caer en manos del enemigo excepto como un campo de ruinas”. 

“¿Por qué nos ha de importar la destrucción de París?”, comentó el führer a uno de sus asistentes. “En este mismo momento los aliados están destruyendo ciudades alemanas con sus bombas”.

Entonces Choltitz envió un mensaje secreto a los aliados advirtiéndoles que, si no llegaban pronto, la ciudad estaba condenada. “Lo que en verdad hago es pedir a los aliados que me ayuden”, le comentó a Raoul Nordling, el cónsul sueco, a quien pidió que hiciera de emisario junto a una pequeña delegación. (Raoul luego sufrió un infarto, por lo que fue suplantado por su hermano Rolf).

La División Leclerc

El general Leclerc (de pie en el vehículo, en primer plano) sale de la Prefectura de Policía de París el 25 de agosto de 1944 después de la rendición del general alemán Choltitz (sentado detrás)

La II División Acorazada francesa (2e Division Blindée), creada en 1943 en África según el modelo estadounidense, contaba con casi 16.000 soldados y 2.000 vehículos de todo tipo, incluyendo unos 160 tanques Sherman y muchos blindados ligeros M3. La tropa era variopinta, de cada pueblo un paisano: veteranos “franceses libres” que habían combatido en África o huidos del continente, casi 4.000 marroquíes y argelinos, hombres de Chad, Indochina o Senegal que no conocían Francia y tenían vagas referencias de París, miembros de la Legión Extranjera y al menos 350 españoles “rojos”: republicanos, socialistas, anarquistas e incluso algunos comunistas, emigrados en 1939 tras el triunfo de Francisco Franco en la guerra civil. Su jefe, el aristocrático Jacques Leclerc, huyó de Francia en bicicleta en julio de 1940, tras la derrota, atravesó los Pirineos, y desde Portugal viajó a Inglaterra para unirse a De Gaulle.

La II División Acorazada francesa fue traslada a Southampton, en el sur de Inglaterra, y luego desembarcada en Normandía a partir del 1º de agosto. Combatió duramente en la batalla de la “bolsa de Falaise”, cuando los aliados por fin rompieron el cerco y rodearon a los alemanes, integrada al III Ejército de Estados Unidos que mandaba George Patton —a quien Hitler llamó “cowboy loco”.

En la tarde del 22 de agosto, cuando por fin Eisenhower aceptó desviar fuerzas hacia París, la división blindada de los franceses estaba en Argentan, a 190 kilómetros del objetivo. El general Omar Bradley, mano derecha de “Ike”, le advirtió a Leclerc: “Solo tengo una orden que darle: no quiero ninguna batalla de París”. Los estadounidenses no deseaban baños de sangre entre civiles ni destrucción masiva en la ciudad más admirada del mundo.

El avance se inició antes del amanecer del miércoles 23 de agosto, bajo lluvia y por caminos resbaladizos. Leclerc incluso se dio el lujo de llamar por teléfono a su padre en París, pues el sistema aún funcionaba. “Estoy justo detrás de Fontainebleau y pronto estaré allí”, le anunció.

“Todo el mundo estaba terriblemente emocionado”, comentó un soldado de la II División. Pero también temían a los formidables aunque escasos tanques enemigos Tigre y Pantera, muy superiores a los Sherman estadounidenses, y a los cañones antiaéreos germanos de 88 milímetros, utilizados como antitanques. 

“Apúrese, no podemos tener otra Comuna”, rogó De Gaulle a Leclerc, en referencia a la revolución en París ahogada en sangre luego de la derrota ante los prusianos en la guerra de 1871.

Próxima y última nota: Las tropas de la Francia Libre son recibidas por un muro galo de besos y vinos, mientras De Gaulle se mete a Francia en la palma de su mano.

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