Opinión > Obituario / Daniel Vidart

A caballo del mundo

La muerte a los 98 años de Daniel Vidart invita a celebrar su vida y su obra, a volver a recorrer las páginas que escribió  y a preguntarse cómo Uruguay será capaz de generar otros intelectuales de su talla

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15 de mayo de 2019 a las 18:37

Cuando el lector lea esta columna es probable que ya hayan pasado frente a sus ojos varios obituarios sobre la enorme figura de Daniel Vidart. La incapacidad de otorgarle una denominación a una carrera intelectual y profesional ramificada hacia los puntos más diversos (resumida quizás en el incompleto en su caso adjetivo “renacentista”), y la unánime reverencia hacia una vida de casi un siglo han estado presentes en textos en internet y papel desde su fallecimiento el pasado martes. Es por eso que la circunstancia me obliga a tomar un camino alternativo. 

Para mí, Vidart se mantendrá como un iceberg, siempre inabarcable, huidizo hasta territorios  nunca predecibles, solvente y poético, nunca académico (en el mal sentido del término), siempre con los pies en la tierra, en esta esquina del mundo donde nació, en su querencia sanducera que nunca terminó de abandonar; un mundo, por otra parte, que pudo aprisionar en un puño, desde Colombia al Tíbet, desde los Andes al África y la vieja Europa, aunque su obsesión fue el Uruguay, y luego abrir la mano para dejar volar mariposas de papel.  

Arriesgo a pensar que “mundo” y “caballo” fueron dos de sus múltiples palabras favoritas. Como Terencio, nada de lo humano le fue ajeno, pero tampoco nada de lo animal, en su constante cercanía con la vida y el ser sobre la Tierra. Al mismo tiempo, quizás para balancear la materia, reflexionó sobre lo inmaterial, sobre los mundos alternativos inducidos por químicos naturales, el sentido del rito y la importancia de los signos. Concibió la antropología como la llave que permite abrir la caja de los fenómenos que afectan la realidad. 

Todavía conservo una vieja edición de “La trama de la identidad nacional”, a la que vuelve con frecuencia, para intentar entender el país en que vivimos.  A finales de la década de 1990 lo escuché en una charla en el Cerp de Maldonado, donde yo estudiaba. Habló de ese libro, del sentido de nuestro pasado y explicó su investigación sobre el término “charrúa”. Según pudo comprobar, la primera que se escribió la palabra fue en un diario de un marino gallego del siglo XVI, que comparó la cara de los nativos con unas máscaras de madera que se utilizaban en aldeas de Galicia durante el carnaval, llamadas “charrúas” o “charroas”. Ni siquiera la palabra charrúa es charrúa. 

Pero también en aquella charla, afirmó que las metáforas son muy poderosas, y que la “garra charrúa” que ha demostrado el Uruguay en diversas ocasiones (y con un origen polémico, ya que se aplicó en principio a un equipo de fútbol compuesto por descendientes de vascos e italianos) mantiene su valor intacto, en cualquier faceta de la vida. 

Un par de años más tarde, lo visité en su casa de la calle Zubillaga, en Pocitos. ¿Cómo una calle tan discreta de apenas una cuadra, podía contener la casa de un hombre con una dimensión como Vidart? Solo la magia de los libros de sus grandes bibliotecas y la bonhomía de su personalidad permitían ese fenómeno. Recordó un texto suyo que pareció en una antología de lecturas geográficas para primaria, compiladas por Jorge Chebataroff. Los párrafos, de grna sutileza, hablaban del paisaje uruguayo, plagado de colinas y repechos, que siempre invitaban al viajero a asomarse un poco más, para ver qué había del otro lado. 

Luego Vidart, ya nonagenario, volvió a conocer el amor y se mudó con su esposa al Fortín de Santa Rosa, en un bosque de cannabis dentro de un bosque de pinos. Siguió pensando y fumando, viviendo, y que la mente volara hacia donde quisiera. 

Su muerte, inevitable incluso en alguien con leyenda de inmortal, nos genera una pregunta: ¿podrá Uruguay formar un intelectual de su talla, irrepetible?  La respuesta está en la pregunta. Los libros son la mejor bitácora para poder tener la cercanía del maestro.  
 

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