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Concordia, en la provincia de Entre Ríos
Roberto Cava De Feo

Roberto Cava De Feo

El comportamiento en la vida cotidiana > el comportamiento

A Concordia en vapor (1947)

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26 de febrero de 2021 a las 05:03

En la década del cuarenta  conocí siendo niño unos vapores maravillosos con nombres encantadores que unían Concordia con Buenos Aires. Se llamaban “Berna”, “París”, “Washington”, “Ciudad de Buenos Aires”, “General Artigas”.

Vuelvo a aquellos años para recordar un viaje en vapor. Habían terminado las generosas vacaciones de invierno en Buenos Aires y yo tenía que regresar a Concordia. Papá me acompañó al puerto porteño en una noche muy fría. El auto recorrió velozmente las calles y después de doblar en Paseo Colón y Brasil nos dejó en la Dársena Sur. No sé por qué pero de chico la llamaba “Dársena azul”. Allí estaban instaladas las oficinas de la compañía de navegación y los vapores atracaban junto a su muelle.

Papá pidió que le permitieran subir a bordo y así conoció algunos apellidos de personas que viajaban esa noche.  Como yo iba solo le pareció prudente confiarme a alguien y así encontró a un viejo amigo. Nos despedimos. El vapor se llamaba “Washington” y llevaba en la cubierta superior un cartel luminoso con su nombre. Cuando zarpó di un paseo por todas partes y descubrí que llevábamos un ataúd con un muerto.

El “Washington” comenzó a navegar en las aguas del Río de la Plata. Me fui a dormir no sin antes pasar por el baño. Allí conseguí quedarme adentro y sin fuerzas para destrabar la puerta. Niño al fin lloré y cómo habrá sido que después de ser librado del encierro el comisario de a bordo me advirtió que no quería chicos llorones es en su nave. Aquel señor con su uniforme y su voz enérgica me dio mucho respeto.

El “Washington” era un vapor muy lindo. Tenía pisos muy brillantes,  una sala de música, un comedor con cortinas de colores y unas cubiertas espaciosas. El camarote que me tocó tenía una cama baja y, encima, una alta. Un lavatorio de pie con su repisa, un espejo y botellones y vasos para agua. Como no podía ser de otra manera,  a mí me asignaron la cucheta superior. Me compañero se quedó charlando con unos amigos en una sala y volvió cuando yo dormía y soñaba  con “el muerto”.

A la mañana siguiente toda era luz. Me vestí rápidamente. Mi acompañante perfectamente afeitado y muy bien vestido me miró sonriente. Fuimos juntos al salón comedor a tomar el desayuno. Allí unas cafeteras y lecheras metálicas lanzaban bocanadas de vapor. No eran tiempos de medias lunas. En cambio, el pan fresco con manteca y mermelada fue una delicia. Por las ventanas  se veía un paisaje muy verde en tanto navegábamos por nuestro río Uruguay.

A eso de las diez y media de la mañana llegamos a Concepción del Uruguay. Allí se transbordaba al  tren que nos llevaría a Concordia.  Antes de bajar nos sirvieron un almuerzo muy sabroso con tres platos, como se usaba por entonces. Descendimos por la planchada  y alguien me ayudó a llevar el equipaje. Miré discretamente el muelle y vi a un grupo de personas muy cabizbajas. Allí estaban por “el muerto” que yo había descubierto la noche anterior y no tuve que esforzarme mucho para contemplar el descenso del atáud mientras rezaba por el compañero “difunto” como me habían enseñado.

El tren llegó a eso de las tres a Concordia. Ese mismo sería el encargado de trasladar a los que harían el viaje a Buenos Aires. Se llegaba a Uruguay al anochecer. Viajé muchas veces y no olvido que en Concepción del Uruguay se embarcaba y casi de inmediato se servía la cena. Era una cena en el comedor con manteles blancos y gruesos cubiertos de metal, la sopa humeante, filet de pescado y un postre, regalo del pastelero de a bordo. A la mañana siguiente cuando se navegaba en el Río de la Plata se tomaba a el desayuno con budín.  Buenos Aires aparecía muy pronto en el horizonte.

¿Habrá sido muy grande la heladera que tenía el vapor? No olvido que cuando viajábamos era costumbre llevar algo para nuestras familias. Ese algo a veces necesitaba del frío y, para eso estaba la heladera. El camarero como  la cosa más natural recibía los paquetes y antes de arribar a puerto, los devolvía ceremoniosamente a los camarotes. ¡Qué gratos son los recuerdos y qué amables aquellos hombres que sonreían siempre!

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