13 de marzo 2015 - 18:53hs

El gran Joe Louis, uno de los boxeadores más imponentes de todos los tiempos, tiene 46 años, está viejo, gordo, lejos de la fama que lo encumbró como una estrella inigualable de su país, y su mujer le recrimina por qué llega a Los Ángeles desde Nueva York sin corbata. ¡Qué habría estado haciendo para perderla!

La leyenda tenía que buscar una justificación ante su esposa blandiendo un palote. El héroe ahora era un perdedor y allí había un periodista para contárnoslo.

Ese reportaje particular, ese ángulo de interés y la forma de redactarlo, todo tan alejado de lo que se leía por entonces en las secciones deportivas de los diarios, se publicó en el New York Times en 1962. El autor era un reportero de origen ítaloamericano, llamado Gay Talese.

Otro reportero, Tom Wolfe, que por entonces trabajaba en la competencia, el New York Herald Tribune, leyó la crónica de Talese y se removió en su asiento de emoción. Junto a su editor, Clay Felker, Wolfe tenía la intención de encarar de una forma nueva su profesión de cronista: un cambio radical de estilo que en el fondo significaba una nueva forma de aprehender la realidad a través de la palabra.

Wolfe venía del Washington Post, donde había sorprendido a varios editores al elegir escribir notas (supuestamente) laterales a cubrir lo que pasaba entre la Casa Blanca y el Congreso. Allí había labrado un estilo particular, con un ojo clínico y mordaz, y un humor sutil y a la vez arriesgado.

Las circunstancias hacen al ladrón. En ese 1962 hubo en Nueva York una larga huelga de diarios, y muchos de los mejores periodistas de periódico migraron como aves para anidar en algunas de las nacientes revistas que florecían en el mercado estadounidense: el suplemento New York del Herald Tribune y la revistas New Yorker y Esquire.

Este volumen de crónicas, que se iba colando y goteando en las páginas comenzaban a dar sus frutos: había cambios notorios con respecto al periodismo tradicional, ese que arranca los artículos respondiendo de la forma más directa y concisa las célebres cinco preguntas que debe responder la prensa que se precie de sí: ¿quién?, ¿qué?, ¿cuándo?, ¿dónde? y ¿por qué?

Estos cronistas, sin ningún tipo de comportamiento orgánico pero compartiendo varios intereses estéticos comunes, se lanzaron a hacer volar esas estructuras que encontraban vetustas, que ya no iban con la época que se estaba viviendo.

Las armas para hacerlo eran casi ilimitadas: puntos de vista, tratamiento de personajes similares a los de la literatura y por ende de la ficción, construcción de crónicas por escenas, oído atento a las formas de hablar de los sujetos de la crónica, uso (y por momentos) abuso de onomatopeyas, aliteraciones, neologismos, metáforas originales y un arsenal de recursos ortográficos improvisados, como por ejemplo “:::::::”, con el objetivo de rodear y seducir sensorialmente a los lectores, que desmontaron las estructuras tradicionales del periodismo como se conocía hasta entonces.

Para 1965, el periodista Pete Hamill le propuso a Seymour Krim, entonces editor de la revista Nugget, escribir un artículo sobre estos hombres que estaban reescribiendo las bases del oficio. “Quiero escribir sobre el ‘nuevo periodismo’ que están haciendo”, dijo Hamill. Sin querer, el autor había acuñado un término que se repite todavía a cinco décadas de creado.

La década de 1960, con sus enormes cambios sociales en Estados Unidos y en el mundo, fue un enorme campo de prueba para la exprimentación de este nuevo periodismo.

Libros como A sangre fría, publicado en 1966, en el que Truman Capote reconstruye de manera milimétrica (y obsesiva) a base de sucesivas entrevistas con los asesinos un horrendo crimen en una granja de Kansas, fue una de las piedras de toque de todo el movimiento, que pronto se transformó en un éxito de ventas y produjo una fiebre de imitaciones.

Artículos de Talese para Esquire, como La temporada silenciosa de un héroe, sobre la vida retirada de Joe DiMaggio, o Sinatra está resfriado, sobre una memorable gripe de La Voz, también de 1966, merecen estar en la mejor vitrina de la historia del periodismo.

Mientras Wolfe, Talese y un grupo integrado, entre otros, por Jimmy Breslin, Terry Southern, Joe McGinnis y John Gregory Dunne, desarrollaban sus historias, algunas de antología, y le daban cuerpo al movimiento, para el incendiario y electoral año 1968, Norman Mailer publicó Los ejércitos de la noche y Miami y el sitio de Chicago, dos obras fundamentales de periodismo político y vivencial. El periodista ya no solo escribía e interpretaba, sino que tomaba la iniciativa en la acción. Mailer ya había sido pionero de una nueva forma de escribir cuando había cubierto la convención demócrata que nominó a John F. Kennedy en 1960 en un artículo para Esquire que se tituló Superman va al supermercado.

De esa misma matriz surgió Hunter Thompson, quien llevó al extremo la actitud del “nuevo periodista”.

En 1966, Thompson se unió durante meses a los violentos Hells Angels, una banda de motoqueros que realizaba trabajos ocasionales como actuar de seguridad de los Rolling Stones (donde provocaron una auténtica tragedia con muertes).

Cuando los motoqueros descubrieron que Thompson era un periodista y que estaba llevando una crónica de lo que sucedía lo golpearon y lo abandonaron en la ruta. El resultado fue un libro sobre esa experiencia.

La práctica del nuevo periodismo implicaba no solo un énfasis en el estilo, sino un involucramiento con el sujeto de la crónica, aunque costara sangre, sudor y lágrimas.

En 1970, Thompson realizó una narración del Kentucky Derby, la carrera de caballos más famosa de Estados Unidos.

Pero lo que menos le interesó a Thompson, que no tenía ni entradas ni acreditación, fue la carrera en sí, ni los jockeys ni los caballos, sino los fanáticos y los apostadores que desbordaron el hotel donde él estaba, con quienes se emborrachó hasta la coronilla y con quienes conversó noches enteras. Había nacido lo que Thompson denominó el “periodismo gonzo”.

El peso de la historia se había desplazado desde la realidad exterior a una narración donde predominaban las percepciones personales del periodista, cuyos sentidos estaban profundamente afectados por la ingesta de alcohol y drogas.

El resultado podía ser polémico desde el punto de vista periodístico, pero fue profundamente influyente en publicaciones como la revista de música Rolling Stone, que lo tomó como bandera y contrató a Thompson.

Como sucede con todas las modas, uno de los efectos inmediatos de esta gigantesca ola de tinta impresa en el papel fue la imitación. Por todos lados pulularon periodistas que quisieron hacer lo mismo.

Ante tal desborde del mercado la que se fue a pique fue la originalidad. Centenares de periodistas en el mundo comenzaron a escribir pensando en que su ángulo particular, sus impresiones y sus excesos valían más que lo que pretendían describir.

La reacción lógica a este proceso fue la contrarrevolución: el regreso a las formas convencionales de comunicar, que son las que predominan hoy en los medios escritos, aunque siempre en convivencia con intentos de emular a los maestros del pasado.

A cinco décadas de aquel impulso, el gran legado del nuevo periodismo, en esta época donde parece haber vuelto por sus fueros el periodismo más tradicional y estándar, fue el periodismo narrativo: el reflejo de escribir historias verídicas con recursos propios de la novela y el cuento. Hoy ese nicho se mantiene como refugio del buen periodismo que, in extenso, pretende contar buenas historias sin apelar a los clichés de uno y otro bando.

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