Buena parte de las ocupaciones de estudiantes se está dando donde no empezó la reforma.

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Adiós a los bachilleratos diversificados: las opciones que se manejan para la reforma que empieza en 2024

En junio se aprobará una primera versión del plan de estudios, la carga horaria y el régimen de pasaje de grado
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27 de mayo de 2023 a las 05:04

La reforma de los bachilleratos entró en la cuenta contrarreloj. En diciembre, previo al receso estival, está previsto que la Administración Nacional de Educación Pública ratifique los programas que regirán el próximo año lectivo. Pero la hoja de ruta que se publicó este viernes anticipa que las definiciones más controversiales —cómo será la estructura, las cargas horarias y el régimen de evaluación— tienen que “aprobarse provisoriamente” este junio. A pocas semanas de esa dilucidación: ¿qué se sabe de la transformación?

Los bachilleratos puede que dejen de llamarse bachilleratos. Hay quienes quieren nombrarlos como “cuarto ciclo”, que siga a los tres anteriores y en que se curse el décimo, undécimo y duodécimo grado. Otros prefieren decirle “educación para jóvenes” o “educación media superior”. O simplemente bachilleratos sin tanta parafernalia.

Lleve el nombre que lleve, existe un consenso: el bachillerato será más general que diversificado. ¿Qué significa? En lugar de que los estudiantes elijan tempranamente una orientación y solo cuenten con un par de asignaturas como tronco común, ahora lo común será el eje y lo optativo —que ni siquiera tiene por qué ser una orientación, sino que puede ser que cada uno “arme su propia aventura”— queda reducido a una mínima expresión y lo más tarde posible.

Para decirlo más sencillo: los estudiantes dejarán de dividirse en “Humanístico”, “Biológico” o las distintas opciones que rigen en los últimos años. Por el contrario, cursarán un bachillerato general cuyas asignaturas ocuparán una carga mayor que el tronco común que rige hoy.

La lógica detrás es que seis de cada diez carreras universitarias que se ofrecen en Uruguay no piden una orientación específica, y que la tendencia mundial apunta a una formación solida en aquellas competencias que le permiten al joven adaptarse rápido y eficaz a los cambios.

Entre la carga horaria que se le suma al bachillerato común, habrá más horas de Inglés, más horas de tecnología, y un espacio de orientación. ¿Qué significa esto último? Dentro del tiempo curricular, como si fuera una materia más, los alumnos tendrán un espacio para pensar en sí, en su orientación vocacional, en la convivencia y en aquellos que hace a las emociones (o habilidades blandas, como le llaman ahora).

La consultora Advice hizo un estudio sobre la demanda laboral en 12 formaciones de UTU. Entre enero de 2019 y marzo de 2022 —crisis sanitaria mediante— se crearon 117.069 oportunidades laborales. De ellas, algo más de un tercio (43.841) eran oportunidades vinculadas con esas especialidades de interés del bachillerato de UTU. De esas oportunidades específicas, a su vez, el 82% demandaba conocimiento y destrezas “duras” (lectura, cálculos…); el 51% solicitaba también habilidades blandas (emocionales); el 25% herramientas informáticas (incluyendo el paquete de Office o programas de edición de fotografías); y 21% exigía idiomas más allá del español nativo.

¿Qué pasa con lo optativo? La discusión está aún abierta. En las mesas de intercambio que convocó la ANEP este año, hubo cierto consenso en ofrecer “mayor diversificación en el último año (duodécimo grado), pensando en un egreso del estudiante que habilite la continuidad educativa, en donde la diversificación actual debe ser reducida, y la decisión por parte de los estudiantes en aquellas cuestiones que tengan consecuencias sobre sus trayectorias debe ser postergada lo máximo posible”.

En la práctica eso podría aterrizarse de distintas maneras: la más radical sería que décimo y undécimo grado no tengan opciones (salvo algún taller), y solo se elija un énfasis en duodécimo. Otra, propuesta en las mesas de diálogo, es que el 80% de la carga inicial sea común y al llegar al último año de cursos exista un equilibrio de 50% general y 50% optativo.

Las otras opciones, más rupturistas en las que también está pensando la administración, serían pensar en que haya clases comunes en los salones más grandes, pero luego una oferta de rotación por salones en los cuales el estudiante elije qué quiere cursar y mezclar: algo parecido a los créditos que se exigen en algunas universidades.

Sea la opción que sea, hay algo claro: Secundaria tendrá un poco más de técnica y UTU contará con más cuerpo básico, con el objetivo de que ambos subsistemas se parezcan más y el estudiante pueda navegar sin tantas trabas.

De hecho, en UTU se quiere recortar la diversidad (hay 20 orientaciones distintas en el primer año de bachillerato) y se “está intentado unificar lo más posible”.

¿Estudiar para qué?

“La Educación Media Superior es obligatoria. Ante un proceso de adecuación, teniendo en cuenta las actuales exigencias para el ingreso a las carreras terciarias, ¿qué opina la ATD, en relación con la creación de un bachillerato general, concebido como una diversificación que se sumaría a otras, vinculadas a los espacios curriculares de la Enseñanza Básica Integrada, que aseguren la continuidad en los estudios superiores y la navegabilidad inter e intrasistemas?”. Esa fue la pregunta que la unidad que está liderando la reforma de la enseñanza le envió a la asamblea técnica de docentes de Secundaria, pero no obtuvo respuesta.

Las autoridades de la enseñanza luego le preguntaron a la ATD de UTU, sobre todo pensando en una circular de 2021 que ya anticipa la necesidad de unificar la diversificación. Y la respuesta fue: “La educación no debe estar sujeta a los intereses empresariales que son dinámicos y variables. La educación técnica tecnológica más allá de la formación para el campo laboral, debe ser una formación integral”.

Medio año antes, en una consulta online, el 83,7% de los estudiantes decían que la enseñanza les “serviría principalmente para continuar estudiando o para acceder o mejorar en el campo laboral”.

El problema, había explicado el sociólogo Pablo Menese, es que el mercado laboral uruguayo no valora el bachillerato: da lo mismo haber cursado hasta tercero de liceo que hasta quinto o sexto”. Entonces, cuando se miran los beneficios económicos, “para muchos jóvenes el bachillerato es algo aburrido, no los prepara para el mercado y encima los penaliza salarialmente”.

El ingreso a la universidad sí mejora la paga, pero solo egresa de la enseñanza obligatoria cuatro de cada diez.

El escenario es más grave aún si se tiene en cuenta que la cuarta parte de los jóvenes están desempleados: buscan trabajo y no lo consiguen.

“La educación y el trabajo en Uruguay eran un buen matrimonio, pero, en un momento, la pareja se rompió: cerca de la quinta parte de los trabajadores tienen más estudios de los que se debería tener para el empleo que ejercen, cerca de un tercio tiene menos (subcalificado), y el resto sí está dentro de la calificación justa”, había dicho a El Observador el economista Felipe Migues.

Siete de cada diez mayores de 25 años que tienen posgrado universitario están sobrecalificados para la tarea que desempeñan. Entonces, ¿cuál es el sentido de tanto años de estudio? Migues vuelve a lo mismo: “en el Uruguay que debate sobre los desafíos demográficos, el capital humano es cada día más relevante. Esa gente más educada, es probable que produzca más y mejor. Esa gente que tiene estudios universitarios puede que no consiga el trabajo que más se ajusta a lo que estudió, pero casi seguro conseguirá trabajo”.

Al respecto, la ANEP está pensando en instalar un régimen de pasantías que se aproxime a la educación dual. Los pilotos que viene impulsando Uruguay (incluso en el ámbito privado con el bachillerato Ánima) van en esa línea.

Para los docentes consultados por internet, sin embargo, no se trata de dar herramientas al servicio de un trabajo, sino en las grandes capacidades que luego ayuden a cualquier tipo de labor: relacionamiento con otros, resolución de problemas, comunicación…

Esa mirada, dicen las autoridades educativas, coincide con la imposición de un bachillerato general y no tan diversificado.

Según la consultoría que en 2018 realizó Nazira Píriz para la ANEP, el 100% de las carreras ofrecidas en la Universidad Católica, el 89% de la Universidad de la Empresa, el 50% del Claeh, y el 70% de Universidad ORT requieren escasa o nula especificidad previa. Y de las 111 carreras de grado que la Universidad de la República tenía en 2018, el 68% no requería el haber cursado un bachillerato específico como filtro para el ingreso. Un 11% tenía algún tipo de requerimiento y el restante 21% sí exigía una alta especificidad (como Medicina o Contador Público, que solicitan bachilleratos con el énfasis en Biología en un caso, y Matemática en el otro).

Una segunda consultoría, de Daniel Feldman y Florencia Zyssholtz, demuestra que, entre el segundo y tercer año de bachillerato, el 33,4% de los estudiantes que iniciaron el bachillerato en la división Científica cambian a otra orientación; la mayoría lo hace a Humanística.

A su vez, la mitad de los centros educativos que tienen bachillerato no ofrecen todas las divisiones (sobre todo no está la opción de Artístico), lo que podría limitar el acceso de los interesados. Y en sexto año, solo el 32% de la carga horaria total corresponde a formación común a todas las opciones.

Por eso, concluye el estudio, el bachillerato más extendido de Secundaria “enfatiza fuertemente las funciones propedéuticas y el desarrollo de capacidades para la vida académica”. Eso es lo que la actual administración quiere cambiar bajo la lógica de que las competencias sean “para la vida” y no solo para una universidad que ni siquiera exige esos requisitos de ingreso.

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