20 de octubre 2023 - 5:02hs

La foto de una pareja de jaguares dentro de una jaula en una hacienda se había filtrado en la Policía de Ecuador. Al investigar, se descubrió que se trataba de una atroz moda entre los narcotraficantes ecuatorianos. Como lo había hecho el “Barón de la cocaína” Pablo Escobar, los narcocapos montaban zoológicos clandestinos poniendo en riesgo la exuberante y diversa fauna del país.

Y los resultados comenzaron a llegar. En el pasado mes de mayo, la Policía encontró a los jaguares de la foto, dos enormes felinos de una variedad en peligro de extinción trepados a un tronco y rodeados de rejas.

Fue en la propiedad de Wilder Sánchez Farfán, alias “Gato” Farfán, un narco ecuatoriano relacionado con el cartel mexicano Jalisco Nueva Generación y requerido por la justicia estadounidense tras su detención en Colombia en el pasado mes de febrero.

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Los jaguares no eran los únicos animales en cautiverio. La Policía encontró loros amazónicos, faisanes, papagayos y otras aves exóticas que habrían sido ingresadas desde China y Corea.

El mayor Darwin Robles, jefe de la Unidad de Protección del Medioambiente (UPMA) de la Policía, dijo a la agencia de noticias AFP que “l fenómeno de los zoológicos de los capos narcos es coincidente con el brutal aumento de la violencia y el tráfico de droga en Ecuador”, país que se transformó en el nuevo centro logístico para la exportación de cocaína hacia Estados Unidos y Europa.

“Desde hace unos cuatro años, aproximadamente, en unos 20 o 25 operativos contra el narcotráfico se empezaron a encontrar animales silvestres”, dice Robles.

En 2022, la Policía decomisó y atendió a 6.817 ejemplares de animales víctimas del narcotráfico y de rescate de varias especies frente a los 5.951 de 2021. Y las cifras de incautación siguen en alza en el país.

Los animales decomisados, los jaguares y las aves secuestradas por el “Gato” Farfán fueron llevados, como todos los animales que se encuentran en cautiverio ilegal a centros especializados en fauna silvestre. Allí, recibieron atención veterinaria destinadas a evaluar una posible reinserción en su hábitat natural, aunque en la mayoría de casos volverlos a su entorno normal es imposible.

 

Ahora, como en los ’70 y ‘80

Cuando la Policía abatió a Pablo Escobar el 2 de diciembre de 1993, sus flamencos, jirafas, cebras y canguros contenidos en su hacienda de Puerto Triunfo, en el Magdalena Medio, Antioquía, Colombia, fueron trasladados a zoológicos estatales. Pero una manada de hipopótamos quedó librada y desde entonces comenzó a reproducirse sin control ante la impotencia de las autoridades ambientales colombianas.

En la actualidad, son más de un centenar de enormes bestias que atacan personas y son un dolor de cabeza para toda Colombia.

Ahora, dice Robles, “como para demostrar su poderío, su capacidad adquisitiva y su capacidad económica, los narcos ecuatorianos tienen este tipo de lugares al puro estilo de narcotraficantes colombianos de los años ‘70 y ‘80”.

Mientras en Ecuador el tráfico de fauna silvestre se sanciona hasta con tres años de cárcel, en Colombia y Perú las penas van desde los 9 hasta los 20 años.

En otros operativos similares al de la hacienda de Farfán, pero más pequeños, aunque relacionados todos con el tráfico de drogas, la Policía encontró tortugas, serpientes, pieles y cabezas de animales a manera de trofeo.

Un vocero de la ONG estadounidense WCS (Wildlife Conservation Society, por sus siglas en inglés), que colabora con las autoridades nacionales, dijo a AFP que “tener un animal es un símbolo de estatus, algo que demuestra, dentro del crimen organizado, el escalafón dentro de esta red”. Y agrega: “Hay quienes parecen conformarse con un tigrillo, pero si pueden conseguir un jaguar lo hacen, porque eso es mucho más ‘prestigioso’”.

Los animales exóticos se suman a una lamentable competencia de propiedades, autos de alta gama, obras de arte y joyas.

 

Regreso complicado

En el hospital de vida silvestre Tueri, en Quito, hay tigrillos, monos, puercoespines, loros y búhos víctimas del tráfico de especies. A las aves las alimentan con pinzas, tratan sus heridas y evalúan la posibilidad de una reintroducción a su entorno natural. Pero sólo un 20% de ellas puede volver a su hábitat. El resto deberán seguir en refugios. Algunos, porque, después de tanto tiempo en cautiverio, perdieron las habilidades mínimas para sobrevivir en contextos salvajes. Otro, por la gravedad de sus lesiones.

El vocero de la WCS señala que “es atroz que los coleccionistas de animales no entiendan el impacto que significa para cualquier animal ser sacado de su entorno natural”. Y agrega: “Lastimosamente, esta gente no entiende que para que puedan tener un monito en sus casas, provocan que el cazador que se los consigue mate a la familia y extraiga violentamente al bebé”.

El refugio de Jardín Alado-Ilaló, que trabaja con la Policía, es uno de los tantos en donde los animales sobrevivientes del tráfico encuentran su destino final. Allí pasarán el resto de sus días aves sin pico, o con garras amputadas o incapaces de conseguir alimento por sí mismas. Muy pocas tendrán la oportunidad, luego de semanas y hasta meses de rehabilitación, de volver a volar.

Y el miedo animal a los humanos es el mejor salvavidas para una posible reinserción.

Cecilia Guaña, encargada del cuidado de aves rapaces y psitácidos, como guacamayos, en el refugio Jardín Alado-Ilaló, dice que “si tomamos contacto y vemos que el animal no se asusta de nosotros, ya no podemos reinsertarlo. Si nos damos cuenta que al ser un pichón se asusta, tiene miedo, hay una posibilidad”.

 

(Con información de AFP)

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