7 de septiembre 2019 - 5:01hs

A escasos metros de la intersección entre Magallanes y Miguelete, una imponente y vieja puerta de madera firme se alza hasta llegar casi al techo que delimita la fachada. Es un resguardo, o al menos así se siente, como si fuera la entrada de una fortaleza que cuida con recelo a uno de los últimos de su especie. 

Puertas adentro está el taller de Jesús Sosa (70), un artesano orfebre o restaurador de antigüedades con más de 40 años de oficio, que invita en su lugar de trabajo a transitar por un temporal viaje al pasado en el que predominan artefactos y utensillos –plata, bronce y cobre abundan–, del tipo que cada vez se hacen más raros como adornos en los hogares uruguayos. 

Vendedores y restauradores coinciden en que el mercado de las antigüedades –y los precios– ha caído estrepitosamente en los últimos años, principalmente porque han cambiado las tendencias y demandas. 

Según Sosa, que se considera “un autodidacta de pies a cabeza”, la gente de cierta generación vivió con ese tipo de artículos toda la vida en la casa por herencia de abuelos, pero ahora las modas son diferentes.

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Para el restaurador, que fue casi la única referencia brindada por parte de los vendedores de antigüedades que visitó El Observador, la baja demanda en la actualidad por bienes antiguos responde a que “se ha vuelto todo más barato con la industrialización y el uso diario de las cosas, ya que mientras antes se usaba una porcelana inglesa, hoy se opta por una China”. 

“La desaparición de los restauradores también responde a que en el pasado había mucho más talleres como para adquirir el oficio, en años en que había una industria muy poderosa”, reflexionó Sosa. 

Con 51 años y un perfil algo más comercial y menos artesanal que el de Sosa, Leonardo Brando comenzó a trabajar en el negocio del cromado y la restauración de antigüedades desde los 14 años. 

Con su taller ubicado en pleno centro, Brando es la tercera generación de una familia que se dedicó siempre a ese rubro. Pero reconoce que “cada vez hay menos gente que trabaja en la restauración” y que a su hijo de 14 no le recomendaría que se vaya a trabajar con él. 

Camilo dos Santos

Por unanimidad, los vendedores de antigüedades consultados reconocieron que quedan muy pocos restauradores en Montevideo, sobre todo porque es un oficio que se transmite generación tras generación y han ido desapareciendo “más que nada por la edad”. 

En concordancia, el propietario de Rey Antigüedades, Danilo Rey, confirmó a El Observador las dificultades que muchas veces se tiene para conseguir restauradores y aseguró que "en el presente efectivamente están en extinción".   

En relación al negocio, Brando señaló que en épocas en que había “mucho menos plástico”, con la demanda del sector industrial llegaron a trabajar en la empresa fundada por su abuelo entre 15 o 20 personas. Hoy Brando Cromados tiene cuatro empleados y dos de ellos próximos a jubilarse, explica el comerciante, que dice ya no es fácil encontrar gente que se dedique a la restauración.

“El público es variado pero  esencialmente se trata de personas mayores de 40 años. Lo que aprendí con los años de mostrador es que tenés que agarrarle el gusto al cliente y considerar según la pieza que te traigan qué terminación le vas a dar. Los baños de plata o cromo, por ejemplo, son bastante estándar, pero estos últimos años ha  habido una inclinación al mateado, que es más bien un tono apagado”,  explica a El Observador Brando, y agrega que hasta 2011 se trabajó bien pero después empezó a decaer el trabajo manual coincidiendo con la baja de los precios en las antigüedades. 

En este sentido, operadores del mercado dijeron que la demanda en el presente están dirigidas principalmente a bienes utilitarios –muebles–, mientras que lo suntuario o decorativo ya no funciona.     

El desplome de los precios      

Rey, por su lado, apuntó a El Observador que hubo un momento que fue pico en el negocio de las antigüedades, sobre todo entre principios de los 2000 y 2011, pero hoy bajó muchísimo. “Cuando era pequeño venían de España, Italia, Rusia y desde otros lugares, ahora no viene nadie”, graficó.  

Hoy, muchas de las piezas que están rotas se opta inlcluso por no restaurarlas. Los costos que implica, comentó, con la baja de los precios no lo justifica: “Algunas cosas que de repente en 2011 valían US$ 1.000 en la actualidad valen US$ 100. O una pieza que capaz su restauraciòn cuesta $ 1.000 cuando su valor es de $ 3.000, entonces, muchas veces se prefiere vender un pieza rota a restaurarla para venderla más cara”, explicó.

“A nosotros nos complica porque tenemos un par de relojes muy buenos para arreglar pero no tenemos a quien llevárselos. Hay muchos hoy que te arreglan relojes modernos, pero para hacerlo con uno a cuerda de 1900 hay que saber lo que se está haciendo. Hoy un reloj antiguo que no anda los pensás dos veces antes de comprarlo”, reflexionó el empresario. 

Leonardo Carreño Casa Rey Antigüedades

A esta realidad se suma que, según Sosa, el cuidado que se realiza para restaurar una pieza es mucho menor que en el pasado, porque “no hay en el mercado en general piezas de calidad”. 

“Muchas se han ido al exterior, a mercados más potentes. Antes había cada cama de bronce fabulosa, roperos, espejos grandes, cómodas. Ahora las piezas que se trabajan son más comerciales: una araña, portarretratos, platillos, bandejas o juegos de té en plata que son conservadas en el ámbito familiar”, comentó Sosa.    

Zubía dijo que algunos nichos como la platería criolla –principalmente cuchillos–, mueblería y lámparas flex son los que más se venden y mayor interés generan.   

Por otro lado, Fernando Zubía, dueño de una de las pocas casas de antigüedades que quedan sobre la calle Tristán Narvaja (El Fortín), aseguró que hace dos años tuvieron que “reciclarse”, debido a que el cambio de moda con un sesgo principalmente hacia los diseños nórdicos fue lo que llevó a que el precio de las antigüedades se depreciaran. 

“Antes comprabas una antigüedad y sabías que iba a subir de precio en 40 o 50 años, pero eso ya no ocurre más”, asegura. Desde entonces, El Fortín tiene una propuesta mucho más enfocada en muebles con historia que en antigüedades, que Zubía aseguró ya no “compra más”. 

Camilo dos Santos Taller de Jesús Sosa

“Hasta hace unos años por Tristán Narvaja habían decenas de anticuarios, hoy quedamos cinco que pudimos sobrevivir porque tenemos la propiedad y no pagamos alquiler. Éramos cientos y ahora somos cuatro gatos locos. Mi viejo siempre me dice que ya no tengo antigüedades”, dice el vendedor mientras gesticula y señala desde la puerta de su local todos los locales donde hasta no hace tanto tenía competencia.

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