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Argentina, con el Fondo o en el fondo

En 2002 Uruguay tuvo la suerte, o el talento, de no imitar al vecino en la solución de su crisis, pero ahora ha decidido creer que es inmune a esa misma crisis

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12 de junio de 2018 a las 05:00

Aunque no se conoce en detalle la carta de intención del otro país del Plata con el FMI –y tal vez no se conozcan nunca las posdatas y codicilos– el acuerdo responde a la más pura ortodoxia económica que tanto odia el voluntarismo hipócrita de la sociedad, empeñada mayoritariamente en obtener bienestar sin ningún esfuerzo. Algunas de las supuestas condiciones, son simplemente la adopción de prácticas comunes de una economía sana. Otras, son obviedades.

La necesidad de dejar flotar el tipo de cambio, por caso, que odian los proteccionistas, los desarrollistas, los populistas y otros convenientemente ignorantes, es la razón misma de la existencia del Fondo, por su propia Carta Constitutiva. Esto es porque fue creado para ayudar a resolver los problemas de desequilibrios en la balanza comercial, "mientras el país devalúa para lograr ser nuevamente competitivo". No se conoce otro método.

Hay un acendrado pensamiento precario, casi de café, que dice que en un país como Argentina no se puede dejar flotar libre el tipo de cambio por razones diversas. Teniendo en cuenta que con esa idea se ha fracasado en los últimos 85 años, tal vez sea hora de intentarlo. Esa concepción es funcional a –e inducida por– el ineficiente sistema productivo y los políticos populistas, o sea casi todos, que temen ver reflejado en el tipo de cambio el resultado de todos sus excesos, como ocurriría. Rompen el espejo como la madrastra de Blancanieves.

El desbalance comercial, tal vez lo que más sorprendió a Macri y el fracaso mayor en el corazón de su plan de crecimiento, se debe a la combinación fatal de un aumento de gastos, impuestos, salarios e inflación sin el correlato de un reacomodamiento del valor de la divisa, manipulada con alevosía. Nadie en su sano juicio y con algún conocimiento elemental puede pedir que ese retraso cambiario continúe o se repita. Sería volver a caer en el cepo del peronismo K con otro nombre, con la salvedad de que acaban de terminarse las balas para tal combate estéril.

Se supone por eso que el Fondo requiere que se deje flotar el tipo de cambio. Más que una exigencia, es aceptar la realidad. El tipo de cambio será determinado, le guste o no a Macri, al Fondo y a todo su equipo económico, por la demanda implícita que surja del atractivo o no de la tasa de los bonos del tesoro, (Lebacs con otro nombre) y el saldo neto de la balanza de pagos versus la oferta del propio estado que seguirá vendiendo dólares para pagar gastos. Eso empujará la paridad como una veleta. Podrá intentarse moderaciones ligeras, pero no podrá impedirse que el peso llegue a su valor real. Por fortuna.

La supuesta exigencia o decisión de mantener un cierto nivel de piso de reservas es algo contradictoria, por cuanto un nivel objetivo muy alto implica la intención de usar el dólar como ancla inflacionaria, que es lo que acaba de fracasar y que se opone a la flotación. Hay quienes leen en esta idea la intención de no fomentar el turismo con dólares baratos, otra dicotomía con la idea de un mercado de cambios libre, que debiera disuadir el dispendio. Hay demasiadas opiniones fáciles y lugares comunes en los análisis.
Como ya ha expresado esta columna, es fundamental restablecer los niveles de precios relativos, distorsionados gravemente en los últimos 18 años. De ahí que la actualización continuada de las tarifas energéticas y de transporte sea imprescindible.

Se ha olvidado mágicamente la posibilidad de revisar los millones de jubilaciones regaladas por el kirchnerismo, que empeoraron dramáticamente la sustentación del sistema, y que reduce el campo operatorio del posible ahorro. Lo que deja solamente las obras públicas y los sueldos de la administración nacional para cortar. El enorme agujero negro del gasto provincial y municipal queda para el muñequeo político, que tiende siempre a esfumar cualquier posible logro en cualquier tema.

Tampoco se atacará la construcción corrupta del gasto social en todos sus formatos, un formidable negocio de políticos & amigos de todos los niveles, todas las jurisdicciones y todos los partidos, que es justamente donde más tela habría para cortar. Detrás del miedo a la protesta, siempre exagerada con el photoshop de las fotos de los medios y el photoshop del relato ideológico, está la imposibilidad de cortar el negocio de los mismos interesados que tienen que legislar y acordar para cortarlo.

El ajuste en consecuencia, será de urgencia, impreciso, poco cualitativo y poco justo, lo que implica que la inevitable recesión contenida en toda lucha contra el déficit hará más daño del necesario. La pelea contra la inflación será lenta, lo que presagia altas tasas por un buen tiempo. Se ratifica la figura del Banco Central, pero ahora con un papel casi exclusivo de sheriff de las tasas y la emisión, que se promete reducir notablemente, aunque no cortar. Tal vez debería pensarse en un algoritmo de emisión basado en el crecimiento y la velocidad de circulación del dinero.

Este breve análisis no incluye el sabotaje inexorable del peronismo con sus diferentes ramas: política, gremial, izquierdista, disgregante, piquetera, solidarista y franciscana. Ni tampoco la acción en la calle, que será sin duda provocadora, agresiva y paralizante, cualquiera fuese el tema en discusión.
Está claro que para la columna el panorama no es halagüeño, dentro de lo que cabía esperar que lo fuera. No lo es ni económica ni política ni socialmente. Así como Cristina Kirchner hizo todo lo posible para que ganara Cambiemos, esta alianza parece haberle querido devolver la gentileza al peronismo, que se maneja mejor con la masa y el montón, que integra y conduce.

La inversión productiva, el shock tecnológico, el empuje a la agroindustria exportadora, la generación de empleo, el alivio impositivo, la reforma laboral, el impulso a la creatividad, el cambio del paradigma educativo, han quedado lejos, fuera del horizonte cercano, lo mismo que las ambiciosas metas de crecimiento que hace rato que son crecientemente imposibles con el nivel de gasto y presión fiscal del mismo modelo. Argentina está de nuevo en un estado límbico, al que llegó por su propia decisión, o indecisión.

Uruguay debiera aprovechar esta oportunidad, en vez de sentarse a llorar porque sus dos socios principales mercosurianos retacearán sus compras y su turismo. En lugar de intentar aplicar nuevos impuestos confiscatorios y normas expulsores de inversión, debería atraerla, fomentarla, ofrecerse como alternativa válida, como pasó espontáneamente durante el kirchnerismo. Y dejarla crear. Está clarísimo que no lo hará. No puede, no sabe, no cree, no quiere. Aunque odia parecerse, se parece a Argentina. Desde otra concepción, tiene los mismos miedos, los mismos prejuicios, los mismos errores. La misma pequeñez. Necesita siempre algún viento de cola que lo ayude. O algún bolsillo que sangre.

En 2002 tuvo la suerte, o el talento, de no imitar al vecino en la solución de su crisis. Ahora, simplemente ha decidido creer que es inmune a esa misma crisis. Que cree que le es externa, cuando es sistémica, sólo que diferida. Regodeado en su confortable y pretendida condición de diferente a todos, deja escapar una gran oportunidad. Y como saben los futboleros, los goles que no se hacen se sufren luego.
Buen mundial.

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