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Asimov, la gran puerta de entrada a la ciencia ficción

Considerado uno de los maestros de la edad de oro del rubro, el prolífico escritor es visto con otros ojos a 100 años de su nacimiento 

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09 de febrero de 2020 a las 05:00

A pesar de haber sido uno de los tres grandes autores de la ciencia ficción dura, aquella enfocada en la precisión científica y la lógica, Isaac Asimov llenó de dudas su propio nacimiento. En su primera autobiografía, publicada en 1979, afirmó que siempre celebró su cumpleaños el 2 de enero pero la fecha real podría haber sido hasta el 4 de octubre. Sin embargo, 20 años más tarde, en el primer capítulo de sus memorias aseguró que la fecha era el 1 de enero.

Sobre lo que siempre estuvo seguro fue de su propia capacidad. “No hay duda de que las afirmaciones que hago parecen indicar que tengo una gran opinión de mí mismo, pero solo respecto a cualidades que, en mi opinión, merecen admiración. También tengo muchas carencias y defectos que admito sin reparos, pero nadie parece darse cuenta de ello”, escribió en sus memorias. Con un poco de ironía, otro poco de honestidad y una cuota de ego, en ese libro de más de 700 páginas afirmó también que su propia vida era su tema favorito y que por esa razón antes había escrito su autobiografía en dos grandes tomos. Y no es que hubiera tenido grandes aventuras, ya que se dedicó a dar clases y a escribir.

 “Digamos que soy uno de los escritores más versátiles en el mundo y uno de los mayores popularizadores de temas”, había dicho al New York Times en 1969. Algo de razón tuvo, porque a lo largo de su vida escribió, editó o coordinó aproximadamente 500 libros de ficción y divulgación, además de cuentos y ensayos. Si bien es y será recordado por su aporte a la ciencia ficción, escribió y editó libros sobre historia, ciencia, religión y literatura.

Mirada desde Uruguay

Se dice que en persona era extremadamente afable, que en las convenciones de ciencia ficción atendía a todos los que se le acercaban, y que se preocupaba por responder toda carta que le llegaba. Tan así que se estima que envió unas 9 mil cartas a lo largo de su vida.

El escritor Carlos María Federici, probablemente uno de los pioneros del género en Uruguay, conserva una carta de Asimov en la que le expresaba su deseo de publicarlo en su revista, cosa que no sucedió. Para Federici fue uno de sus primeros referentes, al que leyó primero en la revista argentina Más allá y luego en tomos de la colección Nebulae.

Para Ramiro Sanchíz, escritor de ciencia ficción más joven, las obras de Asimov fueron parte de sus primeras lecturas del género. “Funciona como una buena puerta de entrada a la ciencia ficción en la adolescencia tardía, así como a Cortázar se lo lee más provechosamente en esa etapa”, afirmó. “Dicho esto, y a pesar de que su obra es muy vasta e irregular considero que tiene cuentos que son clásicos indudables como La última pregunta, Anochecer y El niño feo”.

La escritora y editora nacional Mónica Marchesky descubrió a Asimov cuando ya había leído bastante de ciencia ficción clásica. “Siempre me atrajo la física. Asimov al ser profesor de bioquímica y aplicar sus conocimientos, me resultó interesante. Personalmente leí Fundación y sus historia de robots, que por cierto nos transmiten una visión interesante y humana de los robots, como vemos en El hombre bicentenario. Su condición de humanista lo lleva a pensar en esos mecanoides con alma, algo que pienso, nunca va a ocurrir”.

Víctor Raggio, médico genetista, aficionado y ocasional editor de proyectos de ciencia ficción, inició su biblioteca con libros de Asimov y fue marcado por su trabajo como narrador y divulgador. “Hay un aspecto interesante y es que la oferta del género que nos llegaba a fines de los ochenta era mucho más reducida, por lo que la posibilidad de leer a Asimov era clara. Por ese factor no sé si su impacto en el mundo hispanoparlante no haya sido mayor que en el angloparlante”.

Bioquímico escritor

Nacido como Isaak Azimov en Petrovichi, una localidad rural rusa, viajó a Estados Unidos con su familia a los tres años. Por eso mismo y por su formación siempre se sintió estadounidense y no conservó recuerdos de su país natal.

Hijo de un comerciante, aprendió a leer por su cuenta antes de ir a la escuela. Siempre destacó por su inteligencia y reconoció que nunca fue modesto con respecto a eso, sino que al contrario, alardeaba ante sus compañeros. En sus memorias, escritas en 1989, tres años antes de su muerte, recordó que sus compañeros se burlaron de su inteligencia hasta su adolescencia y que esto sucedió como causa o consecuencia de que le faltó educación o contacto humano real que le permitiera conocer a la gente que lo rodeaba. Tal vez por ahí aparezca una de las claves que explicarían la apariencia tan cerebral de muchos de sus cuentos y novelas.

Gracias a la proliferación de revistas del género en Estados Unidos, tempranamente llegó a ganar más dinero como escritor que como investigador y docente de bioquímica en la Universidad de Boston. A los treinta años se limitó a dar clases para dedicarse cada vez más a escribir. “Lo cierto es que los cuentos surgen de cualquier cosa. Sólo hay que mantener los ojos y los oídos abiertos y la imaginación en marcha”, escribió en sus memorias. En cierta ocasión, cuando estaba sobrepasado de trabajo y un editor le pidió un cuento con urgencia, deseó tener un robot que se lo hiciera, así que escribió la narración sobre ese deseo. En 1976 le pidieron una historia por el bicentenario de Estados Unidos y pensó en el título El hombre bicentenario, y razonó que, como los hombres no viven tanto, el protagonista debía ser un robot.

“Hace 51 años que escribo cuentos y aún no he desistido... Sin embargo, nadie puede mantenerse tanto tiempo sin comprender que le queda un tiempo limitado”, escribió pocos años antes de fallecer. Con ese ritmo de trabajo, él era su propio secretario, lector, agente e incluso tipeador a máquina (aseguraba que podía teclear 90 palabras por minuto). Y su mecánica de trabajo, además, era pensar primero el final de la historia, luego el comienzo y desarrollar el medio mientras escribía. 

¿Anticipación o literatura?

Ha sido frecuente que a los autores de ciencia ficción se les atribuya el carácter de visionarios y se exalte el valor anticipatorio de su obra, aunque esto no siempre sea así. A Julio Verne se le adjudica, dudosamente, el submarino. Bradbury habría anticipado la domótica y la realidad virtual en 1951, tema del que habló Phil Dick unas décadas después. William Gibson popularizó el término ciberespacio en 1984. Ursula K. Le Guin refirió a varios de los postulados del feminismo y de la diversidad de género que se discuten en la actualidad, en La mano izquierda de la oscuridad, de 1969.

En el caso de Asimov, hay quienes dicen que la forma en que trabajó sus conceptos de ciencia ficción dura, como robótica, inteligencia artificial y psicohistoria está por encima de sus virtudes literarias propiamente dichas.

“En cuanto al valor literario de Asimov (si se identifica el concepto con la excelencias de prosa o de formas), es probable que sea pasible de crítica”, afirma Federici. “Él mismo admitió, por otra parte, que su formación y aprendizaje en la narrativa no se generaron, como sucede con otros autores, a partir de la lectura de las grandes obras, sino por mediación de los pulps. Lo cual significa, en definitiva, que, para el ávido consumidor de ciencia ficción, según se entendió esta desde sus orígenes en las (hoy lamentablemente extintas) revistas de consumo popular, es natural que, por encima de eventuales defectos, prime su portentosa imaginación y su capacidad para atrapar al lector”.

Para Álvaro Bonanata, escritor y editor de la antología Ruido Blanco, que descubrió su obra en la temprana adolescencia, lo primero que se destaca es la agilidad de su prosa. “La ciencia y la tecnología eran centrales en la trama, por encima de la psicología de los personajes. Creo que hoy está ampliamente superado pero algunas de sus historias aún tienen vigencia. Sigue siendo un maestro”.

Sanchíz no cree que el valor de su obra, ni el de la ciencia ficción en general, pase por la anticipación. “Asimov está un paso más allá de eso”, dice. “Es como Lovecraft, de quien hay gente que dice que escribía mal; o incluso Felisberto Hernández del que muchos dicen que tenía una prosa deficiente. Pero Asimov nos desafía a ver lo que exigimos de la literatura. Sus más grandes obras, como Los propios dioses, la saga de la Fundación y algunas novelas en las que mezcló el policial con la ciencia ficción, cosa que hizo antes que nadie, muestran que es un gran escritor. Por más que no haga con la prosa esa cosa ornamental que la gente quiere, que es lo que no me gusta de Bradbury”. Y aunque no lo considera uno de sus referentes, entiende que “hay que revalorarlo como un autor que, sin ser de los más importantes, ayudó a definir la ciencia ficción en un momento en que se podía definirla junto a otros autores. Tiene una importancia histórica”. 
 

Puertas de entrada a la ficción de Asimov
 
El fin de la eternidad
Es una novela autoconclusiva que trata sobre un agente del tiempo que se dedica a cambiar hechos del pasado para hacer una suerte de ingeniería histórica. La empresa que trabaja se llama Eternidad y supuestamente vela por el bienestar de la humanidad, aunque sus acciones temporales terminan por crear paradojas históricas. 
 
Yo, robot
Es una serie de cuentos breves que escribió por separado, pero que luego fueron publicados en un libro y enmarcados como si fuera una sola novela. En él introdujo conceptos innovadores como el de la robosicología y el de las célebres tres leyes de la robótica, que son normas básicas que rigen a los robots en relación a los humanos y que, hasta hoy, se toman en cuenta para quienes estudian la ética de la inteligencia artificial.
 
Fundación
Si bien es el título de una novela, es también sinónimo de una serie de 7 libros que escribió entre 1951 y 1992. Inspirada en un libro sobre la caída del Imperio Romano, Fundación trata sobre un matemático que crea la psicohistoria, una ciencia que combina matemáticas, sociología y estadística, para predecir la evolución de un imperio galáctico. Paul Krugman, Nobel de economía, dice haber sido motivado en su juventud por el concepto de la psicohistoria. 

 
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