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Aumento de la violencia en delitos, un problema que preocupa a expertos

Piden intervención a edades tempranas

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02 de mayo de 2018 a las 05:00

Un trabajador de 22 años se enfrentó el domingo de noche a un delincuente en el supermercado Kinko, en Pocitos, y pagó con la vida. El asaltante no le pegó, ni tiró al aire para disuadirlo: le disparó tres veces, y dos de esos disparos fueron al pecho y al abdomen.

Cinco horas después, en Salto, otro joven de casi la misma edad corrió la misma suerte, pero no fue durante un acto heroico: intentaba robar dentro de una casa, cuando el dueño lo sorprendió y le disparó en la cabeza.

Este trágico retrato pone en evidencia el "deterioro y el descaecimiento del valor de la vida propia y ajena" que sufre la sociedad uruguaya desde hace algunos años explicó Luis Eduardo Morás, sociólogo y docente especializado en violencia y criminalidad, a El Observador.

Este hecho suele usarse como argumento por parte de la oposición para criticar la gestión de seguridad que lleva adelante el ministro del Interior Eduardo Bonomi, a pesar del incremento de recursos y tecnología, y del mejor equipamiento con que hoy cuenta la Policía.

El principal problema que tiene Uruguay, cree Morás, es la falta de "herramientas analíticas adecuadas" que permitan la comprensión cabal del fenómeno de la violencia. No hay estudios académicos, dice el experto, que expresen "exactamente a qué se debe el incremento del uso de arma de fuego y la intencionalidad de dar muerte a otra persona".

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Una "intencionalidad" que no solo se refleja en el récord histórico de homicidios alcanzados en 2018 –según las estadísticas que lleva adelante el Ministerio del Interior, en lo que va del año hubo un crecimiento de 17% de homicidios en Montevideo respecto a 2017–, sino en la forma en que se producen.

El fiscal de Homicidios, Juan Gómez, aseguró este lunes en entrevista con El Observador que algunos de los últimos asesinatos, sobre todo los ejecutados en el marco del ajuste de cuentas entre delincuentes, se caracterizan por un especial ensañamiento.

"Disparar 60 o 70 veces para dar muerte a una o dos personas, o casos de ajuste de cuentas de matar a personas y quemarlas, encierra un mensaje de maldad y el propósito de infundir temor", narró.

Pero también están los asesinatos de los otros, motivados por una cruel practicidad y, según Morás, por una consecuencia indirecta de los mejores tiempos de respuesta de la Policía. El delincuente carga por eso "con más estrés", cuando realiza los asaltos, "y está más dispuesto a usar su arma", aseguró.

Aprendizaje

Según el psiquiatra español Luis Rojas Marcos, la violencia humana es un comportamiento aprendido, y se adquiere con particular intensidad durante la infancia.

Autor del libro Semillas de la violencia, en donde se plantea esa tesis, Rojas Marcos –actualmente dedicado a la investigación–, dirigió durante una década el sistema de hospitales públicos de Nueva York, y su preocupación en invertir en la infancia es, para algunos expertos, hacia donde debería apuntar toda sociedad que pretenda solucionar el inveterado problema de la inseguridad.

El comisionado parlamentario para las cárceles, Juan Miguel Petit, cita su trabajo ante la consulta de cómo debería responder el Estado para dar respuesta a la evolución de los niveles de la violencia, y no solamente al aumento de los delitos.

"El ser humano no nace con ganas de matar, destruir o violar, sino que todo eso lo aprende. Por eso el desafío es construir convivencias en los barrios, en las familias, para que la violencia no se aprenda fácilmente", dijo Petit.

Morás coincide, pero insiste en el obstáculo de la "falta de conocimiento" para poder determinar con precisión qué es lo que lleva a un joven a empuñar un arma y matar.

"Es decir, por qué jóvenes de 16, 18 o 20 años encuentran una respuesta y un proyecto de vida en torno a un arma, y matando o muriendo tempranamente". Ese proceso, que conduce a un adolescente a escoger la vida de la delincuencia, agregó, no transcurre "de la noche a la mañana".

En ese sentido, afirmó, también contribuye la extensión de "la cultura carcelaria" en varios "barrios de Montevideo, en los que no hay nadie que no tenga un familiar o pariente que haya estado preso".

Y finalizó: "Lo cierto es que la sociedad uruguaya no ha profundizado en la explicación, y si no analizamos e interpretamos el problema, no vamos a encontrar una respuesta adecuada a este fenómeno".

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