4 de mayo de 2012 19:23 hs

Una de las virtudes de este último libro de Daniel Morena es que se puede disfrutar sin un diccionario a mano. Su palabra es clara, nítida, en el acierto o en el error. No miente, no vende lo que no es, nunca.

La literatura siempre es misteriosa, como la inspiración de la que surge, y toma, una vez escrita y difundida, rumbos insospechados aun para el autor. Las cuatro páginas previas donde se explica y luego se justifica este Libro de los títulos no son esenciales para el lector, aunque sí lo fueron para Daniel Morena, y eso basta. Los títulos, como explica el poeta, refieren a otros, son homenaje y fuente al mismo tiempo, o quizá modestia de saber, como decía Jorge Luis Borges, que solo existen cuatro o cinco metáforas reformuladas siglo tras siglo, infinitamente.

La construcción de una voz propia es entonces el desafío y en ello está Morena, libro a libro, verso a verso. Reconociéndose y expresándose, con buen equilibrio, sin estridencias ni excesivas pretensiones, con modestia uruguaya, podría decirse.

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Hay algunos poemas muy buenos, que llegan al otro directamente, sin intermediarios. Hay tres o cuatro ramas de las que surgen los brotes que luego se bifurcan y se elevan. El recuerdo, la palabra, el insomnio, el pulso que traza sobre el papel; la certeza, quizá, de tener 40 años y ser ya un pasado, y por eso la necesidad de no olvidar, de mirarse cada día en el espejo, y de ver cómo era ayer y cómo es hoy.

“Mientras aguarda ser convocado el recuerdo muta en su lecho. La luz que recorre los pasillos de la memoria se llama los años nuevos y si esa claridad trasvasa el umbral del nicho nunca más el recuerdo se parece al hecho que lo suscitó”, escribe.

Todo es entonces biografía y desesperación por retener lo que se escapa en cada respiración. Porque hay algo vital en Morena, que no quiere perder, y que escribe para ser, para seguir siendo. Los libros que fue, que es; el médico que podría haber sido y que se revela en el poema El azul de respirar, de los mejores.

Pero no todo es desesperada reflexión pretérita: los cuatro o cinco poemas a la mujer son sentidos y llegan al lector desde un corazón amante con fuerza de presente. O como en la emocionante miniatura dedicada a su hijo, La reloj mujer, con ternura de mañana, de futuro por venir.

Hay además algunas palabras como “intrañar” o “inlunación”, explicados con nota al pie, que dan la pista de una búsqueda personal, de una poesía que quiere avanzar para expresarse ya con léxico propio.

Dicen que el tango se entiende y se disfruta realmente a partir de cierta edad. Puede que sea cierto. Ahí parado, sobre esa línea que divide la vida, está Daniel Morena, poeta de hoy.

Cincuenta años de literatura

Gley Eyherabide ha incluido en esta nueva y breve antología varias piezas que él mismo define como cuentos raros, cortos y extraños. Su literatura de siempre, violenta, onírica, desmesurada, late en cada historia de este Un mapa amarillo.

No faltan entonces las fábulas de animales, expreso homenaje a Horacio Quiroga, ni una plaza Independencia que se desvanece porque sí, ni el perro con sangre entre los dientes que devora a su dueña, aunque no se cuente.

El autor de Enano confesó que ha intentado desde siempre compensar su natural tendencia fantástica, con algunas dosis de realismo. La historia futbolística de un golero, muy lograda, sirve de ejemplo de este empeño. Las andanzas de Joao cazador es otro caso, un alucinante viaje erótico con ribetes metafísicos que sin embargo intenta no despegarse del suelo.

Eyherabide tiene una ventaja, escribe muy bien a pesar de que es muy sencillo y nada obsesivo con las palabras. Se leen cuentos suyos en menos de un minuto y todo queda muy claro y explicado.

Ese estilo casi periodístico, oficio al que el autor se dedicó varios años, ciñe a todo el libro, lo fuerza a ser concreto, directo, sin tangentes, y eso ayuda, y crea un estilo más allá de los contenidos.

Es una literatura que, sin embargo, necesita del lector desesperadamente. No es para escépticos, ni buscadores de tesoros: uno debe sumergirse y aceptar el sueño, o el libro no gustará.

La historia de la selva es reveladora y hace creíble lo increíble, casi sin proponérselo. Los personajes que son absorbidos por la jungla y que pronto mutan en animales son rápidamente aceptados por el lector. El cuento está resuelto de forma excelente, y deja abierta la puerta a varias interpretaciones, a cual más sugerente.

En la obra de Eyherabide lo atroz también ocupa un lugar. Asoma siempre en una frase de inesperada crueldad, por sorpresa, como advirtiendo a gritos de esa otra realidad oculta a simple vista. De esa pulsión negativa del hombre que toma cuerpo, se manifiesta, y suplanta, de la manera más brutal, lo cotidiano, las relaciones amorosas, la normal convivencia civilizada, todo.

El libro es breve y se lee de un tirón. Después de cerrarlo quedan flotando sensaciones, no ideas.

Queda la extraña duda de que puedan existir otros mundos dentro de este, o estados de ánimo tan fuertes que pueden doblar la realidad; así como dicen, se puede curvar el espacio sobre sí mismo.

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