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Babylon está en la cartelera de los cines comerciales

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Cocaína, cine y descontrol: Babylon, la oda al cine que es uno de los primeros estrenos destacados del año

La nueva película del director de La La land propone un viaje desenfrenado al Hollywood de los años 1920 para hablar del poder del cine

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25 de enero de 2023 a las 05:04

Esto es una historia real: una niña entra a la sala con sus padres. Las butacas del cine Plaza de la ciudad de Trinidad los reciben, y al rato, las luces se apagan para que los rollos empiecen a transitar por los mecanismos del proyector. En la pantalla, tan gigante como solo puede ser durante la infancia, se materializa un título: Lo que el viento se llevó. Casi cuatro horas después, la niña está enamorada de Clark Gable.

Poco después, se entera que el actor está muerto. Fallecido incluso antes que ella naciera. Quizás sin saber ponerlo en palabras, ese día, hace ya algunas décadas, esa niña entiende que es la trascendencia. Perdurar. Ser casi inmortal.

Salvando la distancia entre la capital de Flores y el corazón de Los Ángeles, hay una escena de la película Babylon, actualmente en la cartelera uruguaya, en la que una columnista de chimentos y un actor en decadencia hablan exactamente de lo mismo. Las estrellas se apagan, el tiempo pasa y todos decaen, envejecen y mueren. Son reemplazados por algo nuevo y diferente.

Pero lo que se fue, queda. Ahí, para que alguien lo redescubra y le de valor. O para simplemente generar una continuidad, una cadena que va desde La llegada de un tren a la estación hasta Avatar (para usar el ejemplo que pone el director de este filme, Damien Chazelle). Una cadena que tiene como propósito generar algo en el otro. Emocionar. Movilizar. Entretener. El cine quizás no sea mágico, pero es una llave a la vida eterna.

Para llegar a esa conclusión, Babylon propone un viaje pasado de rosca de poco más de tres horas por una de las épocas en las que Hollywood se enfrentó a uno de sus puntos de quiebre: la aparición y estandarización industrial del cine sonoro.

El sacudón tecnológico también implicó una transformación en todos los niveles del lenguaje, desde que pasara a filmarse con las cámaras dentro de unas “cajas” insalubres y sofocantes para que el traqueteo de los aparatos no entrara en los sensibles micrófonos, hasta la desaparición de los intertítulos y un cambio en las exigencias para los actores. A eso es lo que se enfrentan Nellie La Roy (Margot Robbie, arrebatadora y caótica) y Jack Conrad (Brad Pitt, que hace el papel de estrella enfrentada a su vejez y pérdida de relevancia que se condice con las declaraciones que el actor ha hecho en los últimos años), así como todo el ecosistema del cine que los rodea.

Margot Robbie brilla como Nellie La Roy en Babylon

Por detrás de las transformaciones narrativas y técnicas que remiten a Cantando en la lluvia, un clásico que narró con gracia y certeza ese cambio y a los actores que quedaron por el camino, y que es referenciada de forma bastante obvia en Babylon, está el retrato del desbunde del Hollywood todavía joven y novedoso de los locos años 20, planteado en una secuencia inicial de media hora que muestra una fiesta/orgía/delirio/pesadilla en la mansión de un productor en la todavía desértica y salvaje Los Ángeles.

Uniendo el lado cinematográfico con el festivo está Manuel Torres (Diego Calva), un inmigrante mexicano que empieza como una suerte de solucionador de problemas para el productor en cuestión, y que termina ascendiendo hasta ser ejecutivo de estudios. Sin dudas lo más aburrido de la película, Manuel es nuestro representante en pantalla y el tejido conector de una película que se desvía continuamente, como por ejemplo para retratar un día de rodaje y las peculiaridades de un Hollywood con reglas laborales muchísimo más laxas y condiciones técnicas radicalmente diferentes. Ojo, que ese desvío es quizás lo más divertido de una película que guarda varias risas en su metraje.

Otros desvíos son los paréntesis para meterse en las trayectorias de algunos personajes secundarios tan interesantes que se siente una injusticia de parte de Chazelle que sus historias no tengan un desarrollo mayor. Es una película llena de rostros que ameritarían historias propias.

En esa línea está, por un lado, Sidney, un trompetista de jazz negro que se convierte en una estrella cinematográfica gracias a su talento y su carisma, que se enfrenta al esperado racismo de la época, y por otro una actriz de origen chino cuya sexualidad también la pone delante de prejuicios y cambios culturales que son parte de la vida social humana.

Brad Pitt y Diego Calva en Babylon

Porque aunque la historia se ambienta hace casi un siglo, Chazelle juega con el diario del lunes y se pueden ver paralelismos con las décadas siguientes, que Babylon explicita con algunos guiños más o menos literales. Estamos viendo “otro mundo”, pero también hay una cualidad circular o pendular de los gustos y criterios: lo que hoy es un escándalo mañana no nos moverá un pelo, lo que hoy es abrazado mañana será pecado, lo que ayer estaba de moda hoy ya no lo está. Después de los locos años veinte vinieron los conservadores años 30, después de la libertad de los 60 vino la respuesta de los 70. Acción y reacción. La sociedad avanza, pero a veces también se la hace retroceder.

En la película hay también otros aciertos narrativos, realzados y potenciados mutuamente con una brillante banda sonora jazzera de Justin Hurwitz, el compositor habitual de Chazelle. Una explosión de música que parece tener tanta cocaína encima como los personajes, lo que no es poco decir en una película con tanto polvo blanco que deja al Tony Montana de la Scarface de Brian de Palma como un bebé de pecho.

Y lo que sucede en cámara también parece estar bajo el influjo de los alcaloides: todo el tiempo en todas partes pasan cosas. Chazelle y su equipo de cámaras juegan de forma brillante con la profundidad de campo para mostrar eventos hilarantes en segundo o tercer plano, el montaje salta entre homicidios involuntarios, directores al borde del colapso y una banda tocando. Todo eso genera una bomba de diversión, salpicada (de una forma bastante literal) por humor escatológico, pero también por momentos de melancolía o de oscuridad. Más aciertos que errores en una película que sin embargo, tiene momentos más chatos en los que se hace algo pesada.

En los últimos meses Hollywood ha producido una andanada de películas en las que directores a quienes les cabe el cartel de “autores” hacen sus cartas de amor al cine, y analizan su relación y la del público con el séptimo arte. Ahí caben Los Fabelman, de Steven Spielberg; Imperio de luz, de Sam Mendes, hasta Jordan Peele con ¡Nop! Y claro, Babylon. Aunque Chazelle no se limita a llorar por el tiempo pasado, ni plantea que fue mejor. Solo diferente.

Que todas esas películas salgan en un momento que se profetiza la “muerte del cine”, y que los cineastas lamentan que el dinero vaya a las franquicias y a los taquillazos de superhéroes no es casual. Pero Babylon también avisa que el cine se viene “muriendo” casi desde que empezó. Y ahí sigue, tan campante. Cambiante, pero todavía capaz de generar que una niña se enamore de un galán muerto a miles de kilómetros de distancia, o de dejar a alguien con la boca abierta frente a la pantalla, o con ganas de salir a hacer sus propias películas. El cine cambia, pero todavía puede hacer alcanzar la inmortalidad. Vale la pena que nos lo recuerden cada tanto.

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