22 de junio de 2014 11:34 hs

Estaba por cumplir 9 años y era uno de esos días que mi vieja no se tenía que subir al muro lindero para mover la antena de la TV para que se viera bien.

El enorme aparato lleno de lámparas no menos enormes funcionaba bien aunque mi padre tuvo que mover varias veces la antena, la otra, la chiquita que tenían los televisores encima. Es de los pocos recuerdos que tengo de ver un partido por televisión con mi padre y mi hermano.

Es el primer recuerdo de ver a la celeste. Se jugaba el mundial de Alemania en 1974 y, frente a la TV para ver el partido contra Holanda, mi padre nos hablaba de los primeros repatriados para una selección. Pedro Rocha, por quien él tenía devoción, Víctor Espárrago y además las moñas de Luis Cubilla, los zapatazos de Denis Milar y en el arco el inmenso Ladislao Mazurkiewicz.

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Perdimos 2 a 0, pero no fue la derrota lo que recuerdo. Lo que rememoro como una sensación de bajón similar a la que me embargaba los domingos por la tarde es que no hubo ni una posibilidad de vibrar con la celeste, ni una emoción, creo que ni un tiro al arco.

No pasamos la mitad de la cancha. Era el comienzo de una era de decadencia del fútbol uruguayo que duraría décadas. Yo no lo sabía, solo sabía que el bajón infantil que me embargada era enorme, como el baile que nos dieron aquellos holandeses.

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