25 de julio 2023 - 16:17hs

Por Rana Foroohar


"No queremos que Disneylandia entrene a nuestros militares". Ésas fueron las palabras del presidente de la Cámara de Representantes de EEUU, Kevin McCarthy, la semana pasada en una conferencia de prensa en la que él y otros republicanos defendieron la inserción de disposiciones "anti-woke" en un proyecto de ley de gastos militares destinadas a limitar el derecho al aborto, la formación en diversidad y la atención sanitaria a personas transgénero. El hecho de que mencionara a Disney, que ha sufrido mucho en Florida después de que sus ejecutivos se opusieron al proyecto de ley "no digas gay" del gobernador Ron DeSantis, es revelador. A diferencia del Departamento de Defensa, el sector corporativo estadounidense lleva años en el punto de mira de las guerras culturales del país.

No sólo hay que pensar en Disney, que tiene que lidiar con demandas de los conservadores, con una junta especial de supervisión corporativa en Florida cargada de agentes políticos elegidos por los republicanos del estado, e incluso con la posibilidad de que el estado construya una gigantesca prisión cerca de sus parques temáticos, todo lo cual ha obligado a la compañía a retirar importantes inversiones en un mercado muy importante. Pensemos en Bud Light, que perdió su posición de líder del mercado después de que las ventas se desplomaran la pasada primavera a raíz de una polémica sobre un influenciador transgénero (pagado por la compañía) que publicó su apoyo a un concurso patrocinado por la marca. O la reacción negativa en línea que enfrentó el fabricante de equipamiento para actividades al aire libre North Face tras publicar un vídeo de una "drag queen" con motivo del mes del Orgullo. De hecho, hay docenas de ejemplos de compañías que intentan sin éxito ganar la guerra cultural.

En cierto modo, el vínculo entre activismo y comercio siempre ha sido parte de la historia de EEUU. Los boicots a los productos británicos en Boston, Nueva York y Filadelfia fueron precursores de la Guerra de Independencia. Los boicots por parte de consumidores también formaron parte de las luchas obreras de finales del siglo XIX (los sindicatos los consideraron un método de protesta barato pero eficaz), así como de las luchas por los derechos civiles de las décadas de 1950 y 1960, y del movimiento feminista de las décadas de 1970 y 1980. Las campañas contra las empresas que utilizan mano de obra infantil o aplican normas medioambientales deficientes existen desde hace décadas.

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Pero el "capitalismo woke" de hoy es diferente, en varios sentidos. En primer lugar, exige que las compañías aborden a la vez múltiples cuestiones políticamente divisorias. Están las cuestiones de identidad, impulsadas en gran parte por el movimiento Black Lives Matter, que comenzó en 2013 y cobró fuerza tras el asesinato de George Floyd mientras estaba bajo custodia policial. Ese acontecimiento llevó a grandes empresas como Apple, Google, Hasbro, Estée Lauder, Walmart, Adidas, Reebok y muchas otras a anunciar grandes iniciativas de diversidad y a gastar cientos de millones en justicia racial.

Pero también están las presiones en torno a los criterios ASG (Ambientales, Sociales y de Gobernanza) y el capitalismo "de las partes interesadas", que han crecido tras el llamamiento del fundador de BlackRock, Larry Fink, en 2018 a que las compañías hagan "una contribución positiva a la sociedad", además de los beneficios. Este grito de guerra no estuvo acompañado de ningún parámetro en particular. Pero ha llegado a incluirlo todo, desde la diversidad de género y racial en las juntas directivas hasta la sostenibilidad de la cadena de suministro, pasando por preocupaciones más específicas del sector, como el consumo de azúcar, la venta de armas, la política de inmigración y el capitalismo de vigilancia, especialmente en lo que se refiere a los niños en línea.

Es mucho para las compañías, y muy pocas lo están manejando bien. Hace unos años, la aerolínea Delta intentó acallar la preocupación de los consumidores por el control de armas retirando los descuentos corporativos para la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas en inglés). Terminó perdiendo una exención fiscal de US$38 millones del estado de Georgia, donde tiene su sede. La marca deportiva Under Armour fue rechazada por progresistas debido a los comentarios positivos de su director ejecutivo sobre el presidente Donald Trump. Luego recibió un arremetida de los republicanos por retirarse del American Manufacturing Council de Trump tras las tensiones raciales y la violencia en Charlottesville en 2017.

Estas presiones se ven amplificadas por las redes sociales a una velocidad imposible de seguir. Sospecho que el panorama se complicará más conforme las organizaciones multinacionales tengan que lidiar con las sensibilidades nacionales inherentes a la "reducción de riesgos" global (o desvinculación, según con quién se hable).

¿Recuerdas la negativa de Beijing a retransmitir partidos de la Asociación Nacional de Baloncesto (NBA) en China después de que el entrenador de los Houston Rockets expresara su apoyo a las protestas prodemocráticas en Hong Kong? ¿O el boicot de los consumidores chinos a H&M, Nike y Adidas por negarse a comprar algodón cultivado en Xinjiang, ante la preocupación por los trabajos forzados? Conforme los flujos de capital entre los dos países se convierten en un área de atención regulatoria, no me sorprendería ver a BlackRock y otras grandes instituciones financieras bajo presión.

¿Puede alguna compañía ganar la guerra cultural? Quizás. Mattel parece estar en vías de convertir a Barbie, una marca de 64 años que literalmente convierte a las mujeres en muñecas, en algo que represente lo genial del feminismo postmoderno. El truco fue contratar a la directora Greta Gerwig para producir una película que cuestiona la idea de la mujer como objeto, al tiempo que nos permite disfrutar de Margot Robbie en la gran pantalla. ¿Satirizar su propio producto para vender más? Es marketing brillante.

Por supuesto, Barbie tiene mucho a su favor en el mundo actual. Está disponible en 35 tonos de piel y nueve tipos de cuerpo. Hay muñecas que llevan hiyab, algunas con síndrome de Down, vitiligo, piernas ortopédicas y sillas de ruedas. Y, por supuesto, en la Dreamhouse no hay techos de cristal. Quizás Barbie tenga una extraña propensión al color rosa, pero también puede ser astronauta y médico. Por suerte para Mattel, en general no puede hablar ni compartir opiniones políticas polémicas.

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