Pero ahora, además, se está expandiendo a toda velocidad el gasto público, al punto que el déficit fiscal, que hasta agosto alcanzó “sólo” un 1,5% del PBI, finalizará el año con un rojo de 4%. El anuncio lo hizo el ministro de Economía, Martín Guzmán, criticado desde el propio gobierno por su excesivo celo fiscal.
Es por eso que en estos días se observa una polémica extraña. Mientas a Guzmán lo fustigan por pretender un “ajuste fiscal” -y hasta tuvo una polémica pública con la mismísima Cristina Kirchner, en la que el ministro argumenta que no recortó el gasto-, el otro lado del mostrador se expresa una preocupación por las consecuencias de esta expansión.
La asistencia del Banco Central al Tesoro en la recta final para las elecciones legislativas alcanzará a un billón de pesos, superando el nivel de emisión que se había registrado en el peor momento de la pandemia.
Es ante esa situación que abundan los pronósticos de una suba brusca en el dólar paralelo y un quiebre en la tendencia descendente de la inflación.
Ya este hecho sería suficiente como para recalentar el debate económico en la previa a las elecciones. Pero hay otros condimentos que hacen que la discusión se torne aun más exaltada.
Como indica la tradición argentina -y la del peronismo en particular- los anuncios macroeconómicos se complementan con gestos de mayor impacto personal en los votantes: se están viendo regalos de electrodomésticos en varios municipios de la provincia de Buenos Aires, financiados con fondos públicos.
Así, se acaba de entregar cientos de heladeras, estufas, calefones y bicicletas a vecinos de barrios pobres, en un intento por demostrar que el Gobierno “interpretó el mensaje de las urnas” y que trata de que la mejora en los números de la macroeconomía pueda llegar de manera concreta a los más postergados.
Y, aunque estas prácticas clientelares son casi parte del folclore político argentino, hay ahora algunos factores que la tornan diferente y llevan a un rechazo de la opinión pública. Un rol protagónico al respecto es jugado por las redes sociales. No solamente se amplificó a nivel nacional hechos que antes quedaban acotados al ámbito del municipio, sino que además se difundieron ampliamente situaciones como la puesta en venta de bicicletas y heladeras por parte de los beneficiados, que ofrecen sus regalos en internet.
“Las bicis y heladeras no se comen” ironizan los opositores en los foros, en una alusión irónica a la crítica que hacía el kirchnerismo hacia la gestión macrista, cuando la frase de moda era “el cemento no se come”, para describir que los avances en la obra pública no compensaban la caída del salario real.
¿La vieja receta clientelar ya no surte efecto?
Lo cierto es que la política de los regalos como estrategia de campaña ha generado una ola de críticas por parte de la oposición y los medios de comunicación.
“La demagogia del Frente de Todos después de perder las elecciones”, escribió Alfredo Cornejo, presidente Unión Cívica Radical, junto a una foto de un acto en el que se regalaron electrodomésticos en un municipio bonaerense. “Alberto Fernández juega con las necesidades de la gente para tapar el fracaso de su gestión ni los regalos ni el relato van a quebrantar la voluntad popular”, agregó.
Y en la misma línea, la titular del PRO, Patricia Bullrich, dijo que la intención del Frente de Todos es replicar a nivel nacional la metodología aplicada en Tucumán, para ganar elecciones sobre la base de “dinero y dádivas”. Una alusión explícita al nuevo jefe de gabinete, el ex gobernador tucumano Juan Manzur.
El objetivo de la oposición es que esta metodología se transforme en un “efecto boomerang” para el gobierno y que sea mayor la sanción moral de la opinión pública que el beneficio de obtener un incremento marginal de votos en barrios marginales.
Esa presunción está basada en el hecho de que entre la misma población de bajos ingresos se está constatando un fenómeno inesperado: la irritación por el reparto de planes de asistencia social es mayor allí que en los segmentos de clase media y alta. Esto explica, según los politólogos, la fuga de votos desde el peronismo hacia propuestas “anti sistema”, como la que encarna el economista “libertario” Javier Milei.
Todavía no está claro cuál de las dos posturas tiene razón. Lo cierto es que la estrategia del reparto masivo de regalos se ha mostrado efectiva en varias oportunidades. El ejemplo emblemático es el ocurrido en la provincia de San Luis, dominada durante décadas por los legendarios hermanos Rodríguez Saa.
En 2017, luego de haber perdido las PASO por una diferencia de 16 puntos, los hermanos se abocaron a una intensa campaña en la que, a escala masiva, se les preguntó a los votantes qué necesitaban. Fue así que con el dinero de las arcas provinciales se produjo un reparto de electrodomésticos, dinero en efectivo y también promesas de puestos de trabajo.
El resultado: dos meses más tarde, cuando se realizó la elección “de verdad”, los Rodríguez Saa dieron vuelta el resultado y se impusieron por 10 puntos, con lo que retuvieron la representación de su provincia en el Senado. El propio Adolfo Rodríguez Saa, que calificó de “una epopeya casi imposible”, dijo que no había ningún manual de política que explicara cómo se podía lograr esa remontada, mientras la oposición denunciaba el uso descarado de los dineros públicos para ganarse el favor de los votantes.
El empleo, en el centro de las nuevas demandas
Pero los encuestadores y analistas de opinión pública se animan a pronosticar que, en el nuevo contexto social argentino, estas viejas estratagemas ya no tienen el mismo efecto que el de antaño.
Para empezar, pocos creen que repartir regalos en los barrios pobres pueda implicar una reversión del resultado electoral. A lo sumo, creen, podrá tener un efecto marginal, pero no operar a nivel masivo como para darle la victoria al oficialismo peronista.
Hay politólogos que hasta se animan a pronosticar que los receptores de estos regalos puedan tener una reacción opuesta a la buscada, porque se encuentran enojados por el brusco deterioro de sus condiciones de vida luego de una estricta cuarentena que afectó, sobre todo, a los trabajadores del área informal.
Para los analistas, hoy la demanda social no pasa únicamente por incrementar la capacidad de consumo, sino que hay un reclamo de una mayor certidumbre a futuro, y particularmente la creación de empleo.
El último dato oficial de desocupación, si bien marca una caída respecto de hace un año -ahora se ubica en 9,6%- está relativizado por el hecho de que es menor la cantidad de población activa que busca trabajo. Por eso, cuando se suman todos los sectores que están en condiciones de trabajar pero no logran ocuparse en forma plena, la cifra de “presión laboral” asciende a un impactante 32,4%.
Por otra parte, la semana próxima se publicará uno de los datos más temidos por el gobierno: el de pobreza e indigencia, que los expertos estiman volverá a ubicarse en torno de 40% y 10%, respectivamente.
En ese contexto de deterioro social, uno de los fenómenos más llamativos es el cambio de actitud de las propias organizaciones piqueteras, que se muestran críticas con las ayudas asistencialistas, a las que califican como “pan para hoy y hambre para mañana” y, en cambio, reclaman la creación de puestos de empleo en los segmentos marginales de la sociedad.