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Alicia Cano filmando en la zona de Bosco

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Bosco: el viaje de la realizadora uruguaya Alicia Cano al corazón de la naturaleza, su pasado y el hogar original

La cineasta uruguaya Alicia Cano presenta su película más importante, un proyecto que le demandó 13 años de producción y un viaje introspectivo al corazón de su pasado

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27 de mayo de 2022 a las 05:05

Bosco es una alucinación: un enclave en el medio de un bosque de castaños italianos en donde el paso del tiempo se estira y se contrae, donde la naturaleza avanza y se come el mundo de los hombres, donde los sonidos salvajes pavimentan la vida de un puñado de personas aisladas.

Bosco es pasado: es la tierra de la que provienen los bisabuelos de la cineasta uruguaya Alicia Cano, el lugar con el que su abuelo que vivió hasta los 103 años soñó despierto, el pueblo de 13 habitantes al que ella no dejó de volver durante otros 13 largos años. Un lugar en el que estar. Un punto de apoyo en medio del equilibrio de la vida.

Bosco es, ahora, una película: la tercera de esta realizadora salteña, su trabajo más importante, un salto cualitativo y emocional para su obra, la culminación de un proyecto de vida. Una producción que confeccionó durante más de una década, que tenía pronta en 2020, que recorrió el mundo, que demoró su estreno en Uruguay por la pandemia y que acaba de ver la luz (o la oscuridad de las salas de cines) este jueves. 

Del tiempo, de la pertenencia, del mundo de los sueños, de cumplir deudas y anhelos, de la conexión con los que vinieron antes y con el futuro que se abre ahora; de eso va el último documental de Cano, que propone un viaje continuo desde Salto a Italia, de las raíces al presente, y que después de ganar aplausos en Europa —con presentación en el pueblo que le da título incluida—, finalmente puede verse en Uruguay. De eso va, también, esta entrevista con ella.

Alicia Cano

¿Cómo aparece Bosco, el pueblo, en tu vida hace 13 años?

Ya son quince años, casi. Me acababa de recibir en Ciencias de la Comunicación y siempre había tenido el deseo de pasar un tiempo en Italia, así que conseguí una beca y me fui a estudiar audiovisual a Milán. Cuando llegué, me preguntaron qué quería conocer y les dije enseguida "el Bosco". Siempre tuve curiosidad por ese lugar que se vinculaba con el relato de mi abuelo Orlando y sus antepasados. Yo sabía que se llamaba Bosco di Rossano, que quedaba en Massa y Carrara, y nada más. Para mis amigos italianos además era imposible saber dónde quedaba exactamente, porque Bosco en Italia hay miles. Por eso fue todo un trabajo encontrarlo, y la primera vez que intentamos ir nos perdimos. Se llega por unos caminos perdidos en la montaña, y recuerdo que cuando lo encontré sentí algo que se mantiene hasta el día de hoy: la sensación de estar en casa. En ese momento no tenía curiosidad por la búsqueda de mis orígenes, del arraigo, fui porque para mí era el lugar más familiar en ese país por todos los relatos que me hacía mi abuelo. Cuando llegué me sorprendió que el lugar era exactamente igual a sus descripciones. Me llamó la atención con qué fuerza y con qué amor estos italianos que se fueron de su tierra le hablaron a mi abuelo de este lugar como para que él construyera luego con tanta precisión ese paisaje que nunca conoció. Y que yo fuera tres generaciones después y lo encontrara tal cuál me lo habían contado.

¿Cuál es la primera imagen que tenés del pueblo?

Carreteras de curvas, ganas de vomitar, dolor de estómago al subir las montañas. Mis primeras imágenes son un montón de carteles y después esos valles increíbles, súper verdes. Era primavera cuando fuimos por primera vez. Y después ese puñadito de casitas que aparece entre los árboles.

Visualmente el enclave en donde está situado el pueblo es increíble 

Es como de fábula. 

Bosco

¿Buscaste transmitir esa sensación también en la película?

Sí. Para mí Bosco es un lugar entre real e imaginado. Esa fue mi experiencia cuando lo conocí a los 22 años. Y eso quise que estuviera en la película. Yo llego al Bosco con el sueño prestado de mi abuelo. Esa idea de sueño fue también una idea de guion para construir ese lugar que vemos en pantalla. Después, lo que me pasó siempre con el Bosco y que me sigue pasando, es que tengo la obsesión de filmarlo. Filmar cada detalle y cada parte. Tengo un montón de material, unas 125 horas de filmaciones hechas a lo largo de 13 años. Aparecen personas que ya no están, personajes que murieron, detalles que cambiaron. Cuando llegué quedaban 29 habitantes y hoy hay 13. Pero en esa época, en 2006, no pensaba hacer una película.

¿Cuándo empezaste a pensarla?

La primera vez fue en 2014, cuando mis abuelos se mudaron y filmé ese momento. Fue un punto de inflexión en mí, una crisis vinculada al concepto de la casa, y me dije que tenía que volver al Bosco. Me fui y mucho de lo filmado procede de ese momento. La primera idea de película apareció vinculada a eso, a qué significaba la casa y el hogar para mí. Pero en el medio hice otras películas, me fui a India, siguió mi nomadismo, aunque siempre pasaba por el Bosco. En 2018, cuando volví de la India y decidí que quería arraigarme otra vez en Uruguay, me propuse hacer definitivamente esta película. Inicialmente se iba a llamar El sueño prestado. Después se transformó en Paisajes que no sé si existen, que tiene que ver con algo que dice mi abuelo en ella. Ahí su personaje y esta idea de que nunca pudo ir pero lo conocía como la palma de la mano tomó más fuerza. Finalmente apareció Bosco como título, que lo englobaba todo. 

¿Cómo fue madurando la idea de lo que querías hacer a lo largo de todos esos años?

Bosco atraviesa búsquedas vitales muy profundas de las que hasta me cuesta hablar. Siento que hay un montón de cosas que escapan a la palabra y que son expresividad pura que intento plasmar en secuencias que se vinculan con mi interior, y que tienen que ver con preguntas que una se va haciendo sobre el paso del tiempo, el pensar al origen como algo futuro y no solo algo imaginado, lo que queda frente a lo que desaparece, qué hacemos con las pérdidas, cómo nos paramos ante ellas. El montaje y la idea de esta película más onírica vino después. Y fue bueno que me quedara claro ya en 2018 que quería generar esta situación de limbo atemporal y utilizar las imágenes de archivo a mi favor. Por eso en lugar de intentar equipararlas con las nuevas imágenes filmadas en 4k, exprimí más el mini DV, el Super 8, quise jugar con los formatos originales, con los saltos estéticos del tiempo. 

¿Qué querías o esperabas del cine vos en aquella época en la que Bosco todavía no era ni siquiera una idea?

Cuando arranqué era una enamorada de la vida y el primer ejercicio con el que sentí que vibraba por el cine y que me hizo darme cuenta de que eso quería hacer para siempre fue uno de observación en el máster italiano, en el que teníamos que elegir un lugar y observar lo que pasaba allí. Yo vivía en una casa tipo conventillo en Milán y me puse a filmar desde los balcones la vida del edificio. Pudiendo capturar eso y los gestos de las personas, me di cuenta del disfrute que sentía haciendo cine, editando, que podía pasar horas sin comer, sin darme cuenta. Entendí que mi vida iba por ahí. Y de hecho me metí completamente en el mundo del documental y nunca me llamó la atención hacer ficciones. Me quedé trabajando en Italia, en un hospital, y eso me permitía meterme en mundos inimaginados, encontrarme con la gente, con la propia humanidad, y a partir de ahí construir un relato. Me aferré de lo real como materia.

¿Qué te da específicamente el documental como género?

Siento que es un género que te permite cada vez más la experimentación. Siento que Bosco es la película más libre que he hecho. Logré desembarazarme totalmente de lo informativo, al punto que ni siquiera puse dónde está el pueblo. Fue un proceso en el que logré liberarme de todo eso y enfocarme en la construcción de un relato emocional.

En Bosco hay varias reflexiones enlazadas. Una de ellas es sobre el tiempo, lo que le hace a las personas, a los lugares y a la memoria. 

En el Bosco hay muchos tiempos. Está el de los 13 años que me tomó hacer la película, el tiempo de los recuerdos de esa gente que vive allí, el tiempo del futuro, de lo que va a suceder con ese pueblo. Es una pregunta que surge naturalmente. Qué va a pasar con Bosco cuando esas 13 personas ya no estén más. 

Bosco en invierno

También hay un retrato muy presente de la naturaleza desbordante que rodea a la localidad. ¿Cómo la trabajaste?

Me interesaba no generar esa visión idealizada de la naturaleza que ahora está tan de moda, sino algo más crudo. Lo que hice fue observar la relación que tenían estos habitantes con el entorno. Y adentrarme en la naturaleza a partir de ahí. Tuvo que ver también con un proceso muy introspectivo de mi parte, porque yo iba y me instalaba a vivir sola en el Bosco durante mucho tiempo. El 80% de lo que se ve en la película lo filmé yo. Iba y me quedaba esperando que sucedieran las cosas. Por eso inicialmente me preguntaba qué terminaría siendo esta película, si un ensayo o un diario filmado, o qué. Fui probando cosas. Leí mucho a Henry David Thoreau, me encontré con la obra de Gastón Bachelard, que tiene un libro que se llama La tierra y las ensoñaciones del reposo en donde habla del concepto de la casa onírica, que es esa idea de la casa de la infancia y lo que significa a nivel filosófico. Fue un trabajo muy etnográfico, además.

En la película también aparecen destellos de humor, sobre todo de la mano de algunos personajes más veteranos, incluso tus abuelos. ¿Te sorprende que haya aparecido de esa manera en la película?

Es algo con lo que me fui encontrando. Sabía que eran personajes expresivos y que podían generar ese tipo de cosas. A mí el humor me acompaña de toda la vida. Además, en una película que habla tanto sobre la pérdida y sobre cómo nos paramos frente a lo que perdemos me parecía importante explicitar que la vida es tragedia pero también comedia.

La película ya se presentó en algunos departamentos del Interior. ¿Cómo viviste esa gira previa?

Pasamos por Salto y Paysandú, y ahora vamos a Colonia. Para mí era muy importante que se pudiera pasar en Salto, porque mi abuelo después de que se murió mi abuela lo que estaba esperando era que yo terminara la película para que la gente la viera, le fuera a comentar y después morirse. Era lo último que quería de la vida. Pero vino la pandemia, cerraron los cines, se fue alargando y el decidió irse antes: un día se puso mimoso, extrañó a la abuela, pidió ir al cementerio, a la noche se comió escondido una caja de bombones de chocolate, se sintió mal y murió. Para mí presentarla en Salto fue cumplir ese sueño del abuelo. Él era un personaje en Salto. Fueron dos funciones a teatro lleno, en un teatro de 650 localidades. 

Alicia Cano

Es también una manera de llegar al interior, algo que a las películas uruguayas le suele costar bastante. 

Es difícil. Creo que habría que regular para que los centros culturales del interior que estén vinculados al MEC puedan exhibir más cine nacional, por ejemplo. El mercado comercial tiene sus lógicas y no necesariamente son las del patrimonio cultural, pero sí las deben tener esas otras instituciones. En Salto me decían "nosotros queremos ver cine uruguayo y no tenemos cómo”. No llegan las películas. Y sería buenísimo que estas pudieran encontrarse con el público. De lo contrario se empieza a construir ese mito de que no hay interés en el cine uruguayo, y es nuestro patrimonio cultural, pero al interés tenés que generarlo. No te digo que la programen todos los días como un tanque de Hollywood, pero al menos un horario a la semana. Que haya acceso.

¿Cómo fue dialogando Bosco con tus otras películas durante estos años?

Para mí Bosco era enorme. No sabía por dónde abordarla, porque era un proceso vital que iba atravesando a medida que la filmaba. Las otras, en cambio, eran más fáciles. Interpelaban menos mi vida personal, y eran más puntuales. Con Bosco me pasa que me cuesta decir en dos o tres líneas de qué se trata. A cualquiera de mis otras películas las puedo resumir en una línea. Creo que esta es más ensayo, más de introspección, siento que la fui madurando y que hay en ella una forma de filmar, de mirar, que quizás en El Bella Vista (su primera película) hay un primer indicio, pero en Locura al aire (su segunda obra) no está. 

¿Se vinculan en algún punto las tres?

Creo que todas hablan de los lugares y sus transformaciones. El Bella Vista es eso, Bosco es un lugar que va mutando y Locura al aire es el lugar como casa. Eso de la casa y el hogar también está en las tres. 

Pero de las tres, Bosco es la más libre.

Sí. En las anteriores estaba muy atada al "¿se entiende?". En esta película me di cuenta de que la información era absolutamente irrelevante y lo que importaba era la emoción de lo que estaba pasando. Creo que logré llegar a eso, que di con una forma de filmar que me hace que me cueste mucho pensar en lo que sigue. Fue un proceso tan largo que es difícil pensar en la próxima. Y siento que, si bien la película hace dos años que está dando vueltas, recién ahora se instala. Ahora recién estoy sintiendo la película con el público, que es la manera que tengo de cerrar las películas, de despedirme de las historias.

Funciones

Bosco se exhibirá en las salas de Cinemateca, en Grupocine Torre de los Profesionales, tendrá dos funciones en Life Alfabeta y una en Casa de la Pólvora, en el Cerro.

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