Opinión > Hecho de la Semana / Miguel Arregui

Brasil, la furia antisistema

El “momento existencial” decisivo de la eterna promesa sudamericana

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15 de septiembre de 2018 a las 05:00

Cuando Jair Bolsonaro, un demagogo de derechas, recibió una puñalada en Minas Gerais, la bolsa de San Pablo creció fuerte y el dólar cayó. 

Algunos explican que el salto bursátil del jueves 6 se debió a que los inversores creyeron que desaparecería un peligroso populista antimercado. Otros dicen que la bolsa trepó porque el atentado podría favorecer a Bolsonaro, quien está abandonando su nacionalismo para pasarse a la aceptación del capitalismo. Así de loco y confuso está Brasil.

El grandote de Sudamérica, una gran promesa siempre incumplida, sensual y a menudo frívolo, tiene preso por corrupción al líder más popular: el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, quien acabó sus dos mandatos en 2010, en medio de una gran bonanza económica.

Dilma Rousseff, protegida y sucesora de Lula, fue reelecta en octubre de 2014 tras un reñido balotaje. La economía de Brasil se empantanó ese año y cayó en la peor recesión en un siglo, de la que no termina de salir. Un Congreso oportunista destituyó a Rousseff en 2016 pero, en buena medida, preservó al PT, más que castigarlo, porque le evitó hacer el ajuste que aún está en veremos.

En agosto el prestigioso diario británico Financial Times, especializado en negocios y economía, resumió así la situación: “Durante tres décadas, dos figuras han destacado en la política brasileña. La primera de ellas, Fernando Henrique Cardoso que estabilizó la economía y sentó las bases para el auge económico de los años 2000. El segundo, el sucesor de Cardoso como presidente, Luiz Inácio Lula da Silva, que amplió los programas sociales y proyectó una nueva confianza en el exterior. En tan solo ocho años, esa confianza se ha esfumado. Como consecuencia de la peor recesión y el mayor escándalo de corrupción de Brasil, en lugar de confianza hay furia popular. Esto llegará a su punto más crítico en las elecciones presidenciales de octubre, un momento existencial para Brasil”.

Bolsonaro avanza con una mezcla explosiva de patriotismo, anticomunismo y milagrería, en un país con 13 millones de desempleados y descreído de sus dirigentes después que el “lava jato” pusiera al descubierto la más amplia trama de corrupción imaginable.

Bolsonaro, quien cuenta con amplia simpatía dentro de las fuerzas armadas (que en Brasil gozan de más prestigio que en Uruguay o Argentina), también representa el hartazgo con la delincuencia rampante y el auge del narcotráfico, que ha “liberado” amplias zonas del enorme territorio.

Ahora, después del atentado, él también parece una víctima, como Lula, lo que le arrimó algunas simpatías. Pero su techo también es preciso. Sufre el rechazo concluyente de casi la mitad de la población, y podría ser fácilmente derrotado en balotaje por cualquiera de sus por ahora débiles rivales: entre ellos el izquierdista Fernando Haddad, candidato vicario de Lula; el centro-izquierdista Ciro Gomes; el exgobernador de San Pablo, Geraldo Alckmin, del PSDB, de centro-derecha; o la ecologista Marina Silva, quien en su carrera política recorrió buena parte del arco ideológico y religioso.

Todo indica que los problemas de Brasil no harán otra cosa que reiniciarse después de las elecciones del 7 de octubre y de la segunda vuelta prevista para el 28 de octubre. 

Venga quien venga como presidente a partir de enero de 2019, deberá hacer un severo ajuste en las cuentas del Estado, empezando por el empleo público y las pasividades. El déficit fiscal y el endeudamiento son fuertes, como la fuga de capitales. 

Sobre el nuevo presidente sobrevolará la poderosa sombra de Lula. El viejo dirigente sindical domina el panorama político de Brasil desde hace más de 20 años, en el gobierno y en la oposición. Él es mucho más popular que su Partido de los Trabajadores (PT), muy alicaído por la corrupción y el clientelismo de tres lustros. 

De hecho, la popularidad de Lula es un problema para la izquierda, que tiene dificultades para posicionar alternativas, como el exalcalde de San Pablo Fernando Haddad. 

Haddad tiene fuertes posibilidades de llegar a la segunda ronda (balotaje) como alter ego de Lula, quien lidera un poderoso aparato de propaganda. Pero para ganar la elección, y más aún para eventualmente gobernar, deberá poner un poco de distancia con su mentor y mostrarse más moderado, según analistas citados por France Presse.

La polarización política fue empujada por años, tanto por la derecha como por la izquierda. Pero también es resultado de los sueños rotos tras el fin del enorme auge de las materias primas, y del fracaso de la clase dirigente: desde la política a la empresa, pasando por la burocracia y los sindicatos. Estos son los frutos: la furia antisistema, o el descreimiento más completo.

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