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Cambiar para no cambiar: la nueva Constitución cubana

La reforma de la carta magna cubana parece apuntar a la perduración del régimen y sus jerarcas

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28 de julio de 2018 a las 05:00

El proyecto de reforma constitucional en Cuba es algo más que una mera operación cosmética. Más bien parece un manual de supervivencia del régimen, así como de los intereses de la familia Castro y del resto de la octogenaria nomenklatura cubana, que busca una salida a la usanza asiática —con algunos cambios económicos muy a largo plazo y sin apertura política real—, más que una verdadera transición a la democracia como se ha dado en otros países de América Latina.

"No habrá transición en Cuba... ni siquiera al comunismo", ironizó el periodista disidente cubano Reinaldo Escobar en su columna de 14ymedio, el periódico clandestino que se edita en La Habana y se publica en internet.

Y es que lo único verdaderamente novedoso que hasta ahora plantea el proyecto de reforma es que los cubanos podrán votar en referéndum el texto final de la nueva carta magna. El resto parece un ejercicio de borroneo y edición para salvar los muebles de la revolución y estirar lo más posible un auténtico cambio de régimen.

Mucho se ha hablado de la eliminación de la palabra "comunismo" del nuevo texto constitucional. Sin embargo, a renglón seguido, el gobierno se apura a aclarar que se mantendrá el artículo 5 de la Constitución de 1976, que declara al Partido Comunista "la fuerza dirigente superior de la sociedad y el Estado", por encima incluso de la propia Constitución. Por si eso no fuera suficiente, los diputados que redactan el nuevo texto son todos miembros del Partido Comunista.

La creación de la figura del primer ministro es una copia al carbón de los sistemas de "cohabitación" en el Ejecutivo (jefe de Estado y jefe de gobierno) adoptados por los modelos chino y vietnamita, los dos grandes espejos donde desde hace tiempo se mira Raúl Castro para la preservación del régimen cubano y su supervivencia económica.

Raúl nunca ha olvidado aquello que decía en privado su admirado líder chino Deng Xiaoping durante la perestroika en la Unión Soviética: "Gorbachov ha cometido un gran error: lanzó la apertura económica y la apertura política al mismo tiempo; y la política se va a tragar a las dos"

En el mismo esquema se inscriben el reconocimiento de la propiedad privada y el impulso a la inversión extranjera, de lo que se espera un marco regulatorio más flexible a fin de facilitar el ingreso de capitales y dar garantías a los inversores, en un país asfixiado por los resabios de viejas políticas marxistas que hace casi sesenta años eliminaron todo vestigio de propiedad privada y suprimieron la libre empresa.

Raúl, quien a pesar de haber entregado la posta el pasado abril al nuevo presidente, Miguel Díaz-Canel, mantiene el poder real como primer secretario del Partido Comunista y como jefe del Ejército, había intentado, desde que heredó el poder de su hermano Fidel en 2006, impulsar la iniciativa privada y la inversión extranjera, con resultados prácticamente nulos para la economía cubana. Al cabo de un tiempo descubrió que la utopía había salido carísima, y que la transición a modelos económicos como el chino o el vietnamita no sería cosa sencilla en una cultura como la cubana, donde la mística de la revolución, sus símbolos y las viejas consignas habían calado demasiado hondo en las conciencias y conductas de generaciones.

El régimen siguió dependiendo entonces de los subsidios de Venezuela para su supervivencia, como antes lo había hecho de la Unión Soviética. La brutal crisis política y económica que estalló luego en Venezuela tras la muerte de Hugo Chávez y el ascenso al poder de Nicolás Maduro, empezó a dar peligrosas señales de que el vital subsidio venezolano no sería para siempre.


Con gran astucia y no menos éxito, Raúl intentó entonces legitimarse en el plano internacional como un líder pragmático con proyección regional y dispuesto a dejar atrás las viejas hostilidades de la Guerra Fría. Restableció relaciones diplomáticas con Estados Unidos, fue anfitrión y garante del proceso de paz entre el gobierno colombiano y la guerrilla de las FARC y paseó su nueva imagen de líder conciliador e integracionista por la presidencia pro témpore de la Celac.

Pero la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca no estaba en sus planes. Pronto las "descongeladas" relaciones bilaterales se empezaron a congelar de nuevo. Estados Unidos retiró a la mayoría de sus diplomáticos en La Habana y expulsó a varios cubanos de la Embajada en Washington por un supuesto —y muy misterioso— "ataque acústico", que pareció más bien una excusa pergeñada por alguna mente entrenada en el oficio del espionaje, a pedido de Trump para complacer a influyentes sectores republicanos de la Florida y su más conspicuo adalid en el Capitolio, el joven senador cubanoamericano Marco Rubio.

El provechoso tridente diplomático que Raúl supo conformar con el expresidente Barack Obama y el papa Francisco parecía ahora un sueño truncado por un despertar abrupto. Ya pocas cosas podía esperar de Washington para seguirle lavando la cara al régimen con anuncios de renovaciones cosméticas propaladas como hitos históricos. Y el Vaticano en solitario aparecía como un improbable salvador del paraíso socialista. Había que barajar y dar de nuevo.

Las seguridades de Raúl sobre las lealtades de su delfín Díaz-Canel deben de haber pasado la prueba ácida de toda duda. De otro modo el nuevo presidente nunca hubiera sobrevivido a las purgas implacables en que sucumbieron sus tres predecesores del recambio generacional del régimen.

La primera gran noticia —otro hito histórico— llegó con la asunción a la Presidencia de su delfín Díaz-Canel. Para llegar a ese lugar, las seguridades de Raúl sobre sus lealtades deben de haber pasado la prueba ácida de toda duda. De otro modo el nuevo presidente nunca hubiera sobrevivido a las purgas implacables en que sucumbieron sus tres predecesores del recambio generacional del régimen; a saber, el excanciller 'Robertico' Robaina, el exvicepresidente Carlos Lage y el también excanciller Felipe Pérez Roque. Todos ellos, jóvenes estrellas ascendentes hoy condenados al ostracismo.

Diáz-Canel, en cambio, promete una transición sin sobresaltos. ¿Transición a qué? Pues al modelo asiático, en cuya consecución Raúl persevera como única tabla de salvación. En realidad no tiene otra opción. Una verdadera apertura democrática le haría perder todo el control político, además de los privilegios; y podría traer consigo serias consecuencias legales, tanto para él y su familia como para los demás jerarcas otoñales de la nomenklatura.

Por eso se empeña ahora en reimpulsar las reformas económicas que dejó inconclusas, para lo cual la nueva Constitución será el punto de partida. Raúl nunca ha olvidado aquello que decía en privado su admirado líder chino Deng Xiaoping durante la perestroika en la Unión Soviética: "Gorbachov ha cometido un gran error: lanzó la apertura económica y la apertura política al mismo tiempo; y la política se va a tragar a las dos".

Las palabras de Deng resultaron proféticas para el destino de la URSS; mientras que en China, su propia apertura económica con total cierre político la convirtieron en menos de una década en la potencia mundial que es hoy, y que parece no tener techo. Eso causó un gran impacto en el líder cubano. Y a esa idea se aferró desde unos cuantos años antes de asumir el poder por la enfermedad de Fidel. Incluso durante un tiempo intentó en vano convencer a su hermano de ir por ese camino.

Más tarde y ya entronizado en el Palacio de la Revolución, Raúl comprendió que imitar el milagro económico del gigante asiático en una isla caribeña de 11 millones de habitantes era una quimera tan remota como la fase superior del comunismo.

Buscó entonces un ejemplo más cercano a su realidad, o al menos un poco más pequeño en términos de población. Fue así cómo empezó su deslumbramiento con el modelo de Vietnam, país que también ha mantenido su sistema político socialista pero con una economía de mercado que en los últimos 20 años le ha garantizado una de las mayores tasas de crecimiento del mundo.

Por ahí van hoy los sueños guajiros de Raúl. Algunas versiones de la prensa extrajera en Cuba sostienen que poco después del nombramiento de Díaz-Canel, este y su equipo se reunieron durante varios días en La Habana con una comitiva de vietnamitas encabezada por el hombre fuerte del régimen, el secretario general del Partido Comunista de Vietnam, Nguyen Phu Trong.

En suma, pocas son las libertades que se pueden esperar de la nueva constitución cubana. La libertad de prensa, la libertad de expresión en general, la libertad de asociación y demás libertades políticas seguirán proscritas. El único adelanto en ese sentido, además de la consagración de la propiedad privada, será lo que apunta a la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo.

La libertad económica y la libertad sexual son dos derechos fundamentales de las sociedades democráticas, y sin duda en Cuba constituirán un paso muy importante en la dirección correcta. Pero en ausencia de libertades civiles y políticas, no se puede hablar todavía de un país libre, ni de una sociedad abierta que ofrezca garantías constitucionales a sus ciudadanos.

Y así, quedará a discreción de Díaz-Canel —si es que algún día se anima a patearle el tablero a Raúl— dar un verdadero giro democrático y llevar finalmente las libertades a Cuba.

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