20 de mayo 2015 - 16:59hs

España de cerca y España de lejos. Esto ya se dijo en este país. Podemos viajar hasta ella y que todavía nos quede ignota. Podemos acercarla a través de un libro. Puede soplarnos vientos propicios desde sus páginas. Para felicidad del lector son muchos los escritores, periodistas y (como dicen los españoles) “plumillas” que han recorrido ese territorio puzzle de culturas, paisajes, costumbres, idiomas, bailes, comidas, mentalidades, hombres y mujeres tanto ejemplares como comunes y olvidables, todo eso sazonado durante siglos superpuestos en un territorio que algún geógrafo antiguo decidió bautizar como España.

En la historia de la literatura hispana fueron muchos quienes narraron viajes y peripecias. Algunos dieron la vuelta al mundo y lo dejaron por escrito, como Vicente Blasco Ibáñez. Maximizaron el afuera. Multiplicaron las distancias hacia un horizonte allende la patria. Pero es a los que viajaron para adentro hacia donde quiero llevar este texto.

Dentro de la venerable tradición de escritores caminantes de España, que dejaron el fruto de sus crónicas en libros memorables no se puede saltear a Camilo José Cela. Caminante eterno, entendió mucho antes que los cultores del nuevo periodismo que las historias estaban esperándolo en el camino, que con recorrer unos cientos de kilómetros por senderos claros u ocultos de su querida Alcarria o de la planicie castellana o su Galicia natal, embrujada y misteriosa, ya tenía un tesoro inapreciable por la complejidad de su sencillez. En Cela tenemos una sensibilidad fuerte y el carácter potente de un hombre polémico en sus opiniones tanto literarias como políticas.

Si queremos más Castilla, basta leer a Miguel Delibes. Caminantes, cazadores en los bosques de Burgos, historias de niños que entran en la vida de la forma más directa: mirando la naturaleza, admirando la grandiosidad y lo pequeño de algo que está vivo. Los colores de la tierra brotan de las páginas de Delibes, los humores de la gente, los olores de los pueblos.

El mapa se achica, porque basta mirar otra región. Si queremos Cataluña allí está Josep Pla. Viajero incansable, batallador de caminos y de rutas que solo apuntaban hacia sí mismo, y luego hacia nosotros por el reflejo de la palabra. Pla se subía a un ómnibus y recorría tierras de la región de Ampurda durante meses, en recorridos para nada lineales, en plena hambruna postbélica, en una lengua que no era la suya (debió escribir este libro en español y no en catalán, por la censura franquista) y el resultado no puede tener más deleite.

Uno de los últimos representantes de este honroso género de las letras ibéricas es Arcadi Espada. Agudo justipreciador y crítico de periodistas, periodista él mismo, cronista, retratista de la palabra, hoy vinculado desde un virulento e inconformista blog al diario El Mundo, Espada escribió en 2007 un libro titulado Ebro/Orbe, un recorrido a contracorriente por el río Ebro desde su desembocadura en el delta que se forma sobre el mar Mediterráneo hasta cerca de sus nacientes en la provincia de Santander.

Desde hace milenios el agua es un problema en España y los ríos siempre fueron las joyas de la corona. A partir de un proyecto de llevar agua del Ebro hacia el sur seco, el autor avanza “agua arriba” en un recorrido que atraviesa algunas ciudades conocidas, como Zaragoza, que según el que escribe viven de espaldas al río. En el medio se cruzan personajes que bordean el Ebro, lo salvan en un instante o viven aferrados a él como a una cadena líquida. Porque el río es una extensión que se escapa siempre más allá, pero el río inevitable siempre va por dentro.

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