9 de junio 2023 - 5:00hs

El acceso a la Universidad de la República es —al menos en la teoría— irrestricto. Pero algo hace que cada diez nuevos nuevos estudiantes, entre seis y siete son mujeres. Incluso hay servicios —como la Escuela de Parteras— en que los varones son una rareza.

Este proceso de feminización de la matrícula universitaria —como le llaman los técnicos a esta creciente inscripción de mujeres en relación a sus pares varones—, no es nuevo, no es exclusivo de Uruguay y ni siquiera es adjudicadle a una sola carrera. Pero las cifras actualizadas por la Dirección de Planeamiento de la Universidad de la República, a las que accedió El Observador, demuestran que esa “feminización” varía por servicio. En Ingeniería cerca del 80% son hombres, en Agronomía lo son más del 70% y en Educación Física sobrepasa el 65%.

¿Facultades para hombres y facultades para mujeres? De las 21 facultades o escuelas de la Udelar, en 18 son más mujeres alumnas que varones. En el siguiente gráfico se puede observar cómo la brecha varía en cada servicio.

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Aunque suene a un cliché, “la foto de los estudiantes universitarios es sintomático de un fenómeno más amplio que podría resumirse como perspectiva de género”. Así lo dice el sociólogo Nicolás Fiori, director de la División Estadística de la Universidad.

Nada hace pensar, a priori, que las mujeres sean más inteligentes que sus pares varones. Pero desde el pasaje del jardín de infantes a la escuela empieza a observarse una selección en que ellas sobreviven al sistema educativo más que los hombres.

En la enseñanza media —y sobre todo en el bachillerato— ese filtro empieza a hacerse más notorio. Coincide con una etapa en que el varón —por razones culturales, dice Fiori— está más presionado por la salida al mercado laboral, en que las adolescentes son más capaces de pedir ayuda en un momento de la vida de transición, en que los padres tienen apuestas diferentes para sus hijos varones y sus hijas mujeres.

“La razón por la que luego (de la escuela) se ven diferencias en resultados (entre estudiantes varones y mujeres) es por las experiencias culturales y no por las habilidades innatas. Cuando se cambia el contexto cultural, cambia el resultado. En Estados Unidos pasó con la feminización de medicina. Los niños son influidos por lo que los rodea desde el comienzo”, había explicado a El Observador la célebre psicóloga Elizabeth Spelke, doctora honoris causa de la Udelar.

Por eso la “feminización” de la matrícula universitaria y de los bachilleratos no fue siempre así. Según los censos de la Udelar de la década de 1960, cada diez alumnos unos seis eran varones. En la década de 1980 la tendencia se invierte y las mujeres ocupan cada vez más bancos, hasta que en la última década se estabiliza en la relación actual.

“Ese fenómeno es mundial e incluyó el cambio del rol de la mujer, la democratización del acceso a la educación superior, el retraso de la edad reproductiva” y un largo etcétera, explica el sociólogo Fiori.

No solo eso, los resultados académicos demuestran que la capacidad de las mujeres de hacer frente a las exigencias educativas se fue fortaleciendo: “tanto en el bachillerato como en el comienzo de la vida universitaria ellas obtienen, en promedio, mejores desempeños”.

Como la razón detrás se engloba en esa “perspectiva de género” y en las razones culturales, “no todas las carreras van teniendo la misma aceleración en la feminización”. “Por más campañas de promoción de las mujeres en la ciencia, por más día de conmemoración, por más expectativas del mercado y condiciones laborales, no se cambia de un día para el otro la masculinización de Ingeniería: la brecha se acorta bien lento”, reafirma Fiori.

Para verlo más claro, insisten los técnicos, puede estudiarse el caso de Medicina. Allí entran, transitan y se reciben más mujeres. Pero cuando se estudia la especialización —ese posgrado que suelen continuar la mayoría de médicos— en Pediatría son “casi todas” mujeres y en Cirugía o Anestesia al revés.

¿Por qué? Porque el rol de cuidados, de lo que se espera que la mujer haga en una sociedad, sigue estando marcado e incide en las elecciones.
La profesora titular de Sociología y directora del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales Karina Batthyány lo resume así: “Las elecciones no son tan libres, están condicionadas”.

En la sociedad, la uruguaya no es ajena, “hay una división sexual del trabajo que determina que haya ocupaciones más feminizadas que otras”. El problema de este condicionamiento, dice Batthyány, es que esa misma división tiene sus consecuencias económicas.

“Las profesiones más feminizadas, como la docencia, la pediatría o la enfermería fueron perdiendo prestigio social y también salario en comparación a otras especializaciones. Una médica pediatra en promedio ganará menos que su colega varón cirujano”. Así lo asegura Batthyány.

Uno de los problemas para revertir esta desigualdad, dice la socióloga, es que “no hay políticas públicas de cuidados consolidadas, por lo cual las mujeres tienen que compensar el trabajo y el estudio con las tareas de cuidados y domésticas que se les asigna”.

Esa misma desigualdad en las tareas hace que, a partir del tercer grado de la escala docente (de cinco niveles), ellas dejan de ser mayoría y pasan a ser menos en los grados más altos (techo de cristal).

La última encuesta de Generaciones y Géneros reveló que “las mujeres y varones declaran que juegan con sus hijos por igual, mientras que, en el resto de las actividades cotidianas de cuidado infantil, los varones reconocen que el trabajo recae más sobre las mujeres”. También preparar la comida, pasar la aspiradora o lavar la ropa.

"Si bien la Udelar ha avanzado mucho en el despliegue de políticas que tiendan a acortar la brecha de género, todavía falta", dice Batthyány. Ella es partidaria de "las políticas de discriminación positiva como un mecanismo de corregir las las desigualdades constatadas (...) no dejar que solo el tiempo lo corrija, porque el costo es muy grande".

Esas políticas, sin embargo, podrían colisionar con máximas que en la Udelar están instaladas, que tienen que ver, por ejemplo, con la promoción de la universalidad de la educación o la no discriminación de estudiantes. Por eso, promover la discriminación positiva implica dentro del mundo universitario abriría un nuevo debate.

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