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Cold War: el mejor amor del verano vive en la guerra fría

La nueva realización del director polaco Pawel Pawlikowski, es una hermosa y agitada historia de amor enmarcada en tiempos de la cortina de hierro

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22 de enero de 2019 a las 05:03

Todavía quedaban dos años de guerra fría cuando Pawel Pawlikowski vio morir a sus padres. Era 1989, el muro de Berlín se estaba desmoronando y el mundo se preparaba para barrer los residuos de una “paz” que había durado cinco décadas y que había tenido a Europa sumida en la convulsión diplomática. Ellos, sus padres, Wiktor y Zula, abandonaron sus vidas en Múnich, una ciudad adoptiva que los recibió ya de viejos. Para cuando la vida les puso punto final, ambos estaban ya muy enfermos, muy cansados para pelear, pero todavía enamorados. Se fueron, según contó su hijo a la New Yorker, casi de la mano. Queriéndose, a pesar de todo.

Varios años después, con la relación del este y el oeste otra vez recompuesta y sin riesgos de caer en un campo de trabajo polaco por su exilio ilegal, Pawlikowski volvió a su ciudad natal, Varsovia. Cineasta de éxito mediano en Inglaterra, el polaco regresaba a la capital del país tras haberla abandonado de niño junto a su madre, que se divorció de su padre cuando este se fue a probar suerte al otro lado de la cortina de hierro en la década de 1950. La pareja, a pesar de una tormentosa separación, jamás pudo cortar el hilo que los unía: tempestuosos, románticos y desatados, ambos pasaron toda la guerra fría emulando a las naciones que los acogían, que batallaban y se amigaban constantemente. 

Así, Wiktor y Zula pasaron sus vidas entre Polonia, Alemania, Inglaterra y Francia, peleando y amándose, casándose y divorciándose con otras personas, buscando nuevos comienzos y dándose cuenta de que el hogar estaba, siempre, en los brazos del otro. Los enamorados vivieron por años una relación prendida fuego, que coincidió temporalmente con el conflicto silencioso que azotaba el mundo y que marcó a su único hijo de manera irreversible.

Pawlikowski supo desde siempre que sus padres habían tenido algo épico. Por eso, tarde o temprano, su homenaje llegaría. De alguna manera, en Inglaterra o en Polonia, el recuerdo de Wiktor y Zula se encontraría con una ficción firmada por él, en la que dos personajes muy similares a ellos, con historias y pasiones idénticas, vivían y se consumían en pos de un amor que no podían mantener en cauce.

El deseo, sin embargo, tuvo que esperar. El debut artístico de Pawlikowski en Polonia fue Ida, una película estrenada en 2013 y situada pocos años después del fin de la segunda guerra mundial. Ida seguía el viaje interior y físico de una monja polaca que, enterada de sus raíces judías, decide buscar el lugar en el que sus padres –víctimas del colaboracionismo polaco con los nazis– están enterrados. Con ella, Pawlikowski colocó su apellido entre los destacados del cine europeo contemporáneo, y entre otras cosas se llevó el Oscar a Mejor película extranjera.

Y ahí sí, saboreando las mieles de Ida, Pawlikowski se dedicó a cranear la historia de amor que siempre lo había cautivado y que quería contar. No serían sus padres los que aparecerían allí, no replicaría sus vidas. Buscaría personajes con voz propia. Aunque de algo sí estaba seguro: la esencia de su relación empaparía cada centímetro del metraje.

Wiktor y Zula

Zula es hermosa y misteriosa. Parece que mató a su padre, pero no está claro. Con la sentencia suspendida y enigmas que sobrevuelan su nombre, intenta ingresar al grupo de canto y danza folclórica que él, Wiktor, y un par más de camaradas están reuniendo para llevar la cultura polaca por todo el eje soviético. Wiktor, en tanto, es alto, tiene una mirada cómplice y una sonrisa seductora; el encuentro entre ambos está marcado por el silencio, por la observación, pero la combustión se genera ya en el instante en que sus ojos conectan por primera vez. Zula, que tiene más ímpetu que talento, aprovecha su impresionante voz para avasallar al grupo y entrar a la compañía. Con su ingreso, sucede: Wiktor y Zula se enamoran perdidamente. 

A partir de ahí no podrán, nunca más, dejar de vivir, comer, pensar o respirar sin depender del otro. Pensarán, en los momentos más tristes y violentos de su relación, que se equivocaron y que nunca tuvo sentido sacrificar tanto. Pero se darán cuenta, una y otra vez, que deben estar juntos a pesar de todo y contra todo. Y no es que vayan a estar necesariamente juntos o felices en todo momento; su convulsionado mundo los pondrá a prueba en más de una ocasión. Su historia estará marcada por los escapes, las fronteras, las separaciones prologadas, las infidelidades, los desencuentros, los amantes pasajeros. También por la violencia externa e interna, por las represiones y recriminaciones,  por períodos de trabajos forzados, casamientos por conveniencia, convivencias breves y arte en ebullición. Vagarán por todo el continente; vivirán en un altillo de París, se separarán en Berlín, se verán después de años en Belgrado y olvidarán sus vidas en Varsovia. Tensarán el vínculo, a veces casi hasta romperlo, pero nunca pasará. 

En Cold War, el pulso de estas dos almas destinadas a consumirse en simultáneo está marcado por el contexto mundial. Por eso, el título tiene una doble connotación: sitúa históricamente a la trama y también describe la relación de Wiktor y Zula, que transita por peripecias dignas de una paz armada.

A caballo de un blanco y negro luminoso y bellísimo, la producción es una proeza de la dirección y la fotografía. Contada en pequeñas instantáneas que abarcan desde 1948 a 1964, cada escena está fotografiada y pensada para acompañar los triunfos y las derrotas de la pareja. 

Como en Ida, la música –en especial el jazz– tiene en esta producción un papel importante. En la primera parte, sirve como homenaje a la tradición polaca; en la segunda, es el lugar en que la pareja refugia sus sueños y sus esperanzas, y en torno a ella –o por ella– su relación se fortalece, se desmorona y se vuelve a fortalecer.

Al final, en Cold War Pawlikowski no contó la historia de sus padres, pero se inspiró en ellos y los homenajeó. Hay coincidencias –los nombres, la presencia de su madre en los grupos folclóricos, el exilio de su padre– y diferencias notorias –el desenlace de la película–, pero aun ficcionalizada, la relación se siente familiar, realista, humana y especialmente conmovedora. Para eso mismo trabajan Joanna Kulig y Tomasz Kot, que tienen dos enormes interpretaciones que se complementan y se agigantan en conjunto; mientras la primera es un terremoto de irreverencias, enigmas y hiperactividad, el segundo es la calma, la reflexión y la estrategia. 

Cold War tiene tragedia, dolor y decepción; hay también muchísimo amor, toques de humor en medio de la grisura del entorno y una ternura que se palpa en la historia, en la construcción de cada plano y en la melancolía que atraviesa todo el metraje. Podría haber sido una película sobre el amor trágico o a destiempo –de hecho, un poco lo es–, pero sin embargo se erige como un relato hermosísimo sobre las fronteras y su influencia en las relaciones humanas. Y sobre cómo el verdadero amor, aun atado al contexto en el que surge, es imprevisible, salvaje e inolvidable.

Recorrido premiado
Cold War viene haciendo ruido desde hace rato. Primero, los críticos la alabaron en todos los festivales en los que compitió, entre ellos Cannes, donde Pawel Pawlikowski se llevó el premio a mejor director. Después, vinieron las nominaciones al Bafta. Seguramente, para cuando esté leyendo esta nota, Cold War también haya sido nominada a mejor película extranjera en los premios Oscar (Ndr: en la mañana del martes 22 la Academia anunció que estaba nominada a mejor película extranjera, mejor director y mejor fotografía). En Uruguay, la película se puede ver en salas de circuito comercial y en Cinemateca.
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