Los asteroides, un peligro para la Tierra en la ficción y con potencial para serlo también en la realidad
23 de enero de 2022 5:05 hs
Los adverbios salvan a la precisión de ser exacta todo el tiempo. Hay adverbios mandados a hacer para esos casos, “potencialmente” es uno de ellos. La información del Centro de Estudios de objetos cercanos a la Tierra de la NASA decía que el martes pasado el asteroide (7482) 1994 PC1, cuyo diámetro supera los 1.000 kilómetros de diámetro, y es considerado “potencialmente peligroso”, pasó a una distancia mínima de 1,9 millones de kilómetros de la Tierra, a una velocidad de 19,56 kilómetros por segundo. En la misma condición de proximidad estará otro, el 2009 JF1 ,de unos 13 metros de diámetro, en el mes de mayo. En la imaginación de más de uno debe haberse puesto en marcha un escenario catastrófico similar al que aparece en la notable película de Lars von Trier, Melancolía (2011), tiro certero al corazón del miedo.
Son cada vez más las películas en las cuales el futuro es presentado como lugar lleno de incertidumbre, en donde lo que menos abundará será paz y felicidad colectiva. Las amenazas a la vista son varias, desde catástrofes naturales en serie, hasta la presencia de seres extraterrestres que finalmente se dejarán ver, pasando por fuerzas naturales con poder devastador, que harán que el planeta quede vacío de flora y fauna y convertirán a la especie humana en los próximos dinosaurios. En este panorama que junta la ficción con realidad, las posibilidades de que un meteorito o asteroide impacte en la superficie terrestre son auténticas, aunque no vaya a ser ahora mismo. Enormes masas pesadas andan circulando el infinito espacio y más de una podría colisionar con nuestro planeta.
Una de ellas es el asteroide 1950 DA, el cual viene en nuestra dirección. El asteroide 1950 DA mide 1.000 metros de diámetro y podría impactar la Tierra a una velocidad de 65 mil kilómetros por hora. El choque destruiría la vida civilizada y todo volvería a estar como en los tiempos de la prehistoria. El planeta, debido a la gran explosión que habría como consecuencia del impacto, estaría atravesado por huracanes, tornados, tsunamis y otros fenómenos naturales, que arrasarían con ciudades y zonas naturales. Los sobrevivientes se verían obligados a enfrentar la subsistencia con falta de agua y comida. Con el planeta en ruinas, reinaría el caos, generándose un escenario postapocalíptico parecido al que presenta la novela La carretera, de Cormac McCarthy, con escenas de canibalismo como realidad cotidiana. Si bien el asteroide 1950 DA viaja a alta velocidad, recién podría impactar la Tierra el 16 de marzo de 2880, aunque no es del todo seguro. Las probabilidades son de 1 en 300.
Así pues, acicateados por la industria del entretenimiento –Netflix, por ejemplo, estreno en corto plazo casi una docena de series y películas sobre el fin del planeta–, vivimos acompañados de un pensamiento apocalíptico que nos lleva a aceptar que la vida en estado civilizatorio tal como la concebimos puede acabarse en cualquier momento. Además del exterminio nuclear, cuya presencia como posibilidad no tenía tanta visibilidad desde los años de la Guerra Fría, tememos otras formas de cataclismo: un virus, una enorme sequía, una plaga que se haría cargo también de plantas y animales. Vivimos en el reino del temor y la incertidumbre. Sin embargo, una de las posibilidades más posibles del apocalipsis recibe poca atención, quizá por ser considerada demasiado irreal o alejada en el tiempo. Lo cierto es que el planeta, como pasó antes, podría tener un final con pulverización incluida en caso de que un asteroide decidiera pasar sus últimos días en la Tierra. Los científicos siguen sin ponerse de acuerdo sobre la frecuencia estimada con que un asteroide “pequeño” podría impactar contra nuestro planeta. Algunos estiman que un impacto azaroso ocurre cada 1.000 años, en tanto otros mantienen la vieja hipótesis de que ese lapso es de 200 a 300 años. Utilicé el adjetivo “pequeño”, pues un asteroide de grandes proporciones que chocara contra la Tierra provocaría la devastación total. Sin embargo, en esto los científicos están de acuerdo: un asteroide de ese tamaño solo puede resultar un peligro al acecho cada 700 mil años. Por ahora estamos salvados. Pero también los pequeños asteroides pueden resultar fatales en caso de que cayeran en una zona densamente poblada.
En 1908, un asteroide de tamaño mediano, equivalente a 10 megatones de dinamita, explotó en Tunguska, Siberia, destrozando 1.200 kilómetros cuadrados de bosque. Si hoy en día un objeto rocoso similar cayera en una zona poblada podría matar a millones de personas. Según opinión de Peter Brown, de la Universidad de Western Ontario, para que un asteroide de ese tamaño vuelva a impactar en la Tierra deberán pasar cientos de años, es decir, en el año 2908 el planeta correrá serio peligro. Pero, aunque la fecha del apocalipsis parezca lejana en el tiempo, el ministerio de Defensa estadounidense tiene desde hace tiempo a varios científicos investigando el comportamiento de los asteroides. En la película Armaggedon, el valiente Bruce Willis se subía a uno que venía en dirección a la tierra y lograba pulverizarlo detonando una bomba atómica en su interior. Pero en caso de que la realidad decida imitar a la ficción –es más posible que suceda a la inversa– no sería tan fácil coordinar los esfuerzos para detener semejante amenaza, escenario que presenta la película reciente Don’t Look Up (No miren arriba).
Los asteroides tienen un comportamiento imprevisible, y si bien la mayoría de las veces explotan en el espacio como bombas solitarias, pueden cambiar su rumbo y dirigirse adonde no queremos. Como si fueran terapeutas del cosmos, los astrónomos dan mucha importancia al comportamiento de los asteroides, tratando de encontrar una sistematicidad en ellos. Los datos recogidos permiten concluir que los asteroides como el que cayó en Siberia son infrecuentes, aunque hay que estar preparados. El hombre se puede equivocar más que la naturaleza. En julio de 2002 hubo una gran discusión cuando un prestigioso científico anunció que un asteroide de dos kilómetros de diámetro chocaría con la Tierra en 17 años. Luego de la alarma creada, otros astrónomos salieron al paso diciendo que en esa oportunidad el objeto seguiría de largo. Fue lo que ocurrió.
El asteroide, conocido como 2002 NT7, había sido detectado por el laboratorio Lincoln Near Earth Asteroid Research Project, creado en 1998 y ubicado en Nuevo Mexico, lo cual llevó a calcular que podría chocar con la tierra el 1 de febrero de 2019, a una velocidad de 28 kilómetros por segundo y liberando una energía 750 millones veces mayor que la explosión en Hiroshima, una fuerza equivalente a 1.1 millones de megatonos de dinamita. El 2002 NT7 fue detectado el 9 de julio de 2002, un mes después que el asteroide 2002 MN, el cual, con un tamaño similar a una cancha de fútbol, pasó a 84 mil kilómetros de la Tierra. Fue uno de los asteroides de esas proporciones que más cerca estuvieron de venir a visitarnos. Si bien resulta imposible prevenir con absoluta certeza cuándo y dónde podría caer un asteroide asesino, los astrónomos en su mayoría están “potencialmente” de acuerdo de que hay menos de esos objetos de lo pensado anteriormente. La chance de que haya un impacto profundo disminuye, aunque no deja de estar ahí, presente como temor en continua observación.