En la primavera de 2019, Daniel Jadue, dirigente y veterano militante del Partido Comunista de Chile, se apersonó en la Plaza Italia de Santiago, epicentro de las protestas de octubre, y emplazó sin ambages a las elites chilenas.
Ante las cámaras y en medio de un gran bullicio, el también alcalde de la comuna santiaguina de Recoleta pidió la renuncia del presidente Sebastián Piñera, y extender las prerrogativas de esas elites a todos los chilenos.
“Ustedes tienen un sistema de pensiones la raja –dijo Jadue, en lenguaje coloquial y asumiendo la vocería de todos los ciudadanos–, y un excelente sistema de salud que cubre a toda su familia. ¡Nosotros queremos lo mismo!”.
A los pocos días, se disparaba en las encuestas; era el político que más había capitalizado el malestar del estallido social, aunque él –comunista al fin– prefiere llamarle la “Revolución de Octubre”; y su voz hacía temblar a los funcionarios del gobierno de Piñera al condenar en forma incesante los abusos de la represión.
Así, con 53 años de edad, este descendiente de emigrantes palestinos, de prosa solvente y bien parecido, se perfilaba como el próximo presidente de los chilenos. Donde Jadue fuera, se juntaba una cantidad de gente al grito de “¡presidente!, ¡presidente!”; algunos ya lo empezaban a comparar con Lula. Era la estrella del momento, y su camino a la Moneda parecía abrirse por las grandes alamedas. Las encuestas lo daban como amplio favorito de la izquierda para las primarias del domingo pasado.
Hasta que una semana antes de la elección estalló otra ola de protestas, pero esta vez… en Cuba, ¡de todos los lugares posibles!
De pronto el aguerrido defensor de los manifestantes chilenos y su implacable condena a la represión de carabineros se convirtió en un dócil apologeta del régimen cubano, que ahora condenaba en cambio a los manifestantes y hasta se burlaba de la represión sufrida a manos de la Seguridad del Estado. “Yo hasta el día de hoy no he escuchado de ningún globo ocular roto en Cuba”, ironizó en una ocasión, aludiendo a la pérdida de la vista de algunos manifestantes chilenos en las refriegas con la policía.
La ironía le costaría cara.
Días después era vapuleado en las urnas por el joven candidato del Frente Amplio Gabriel Boric (35), que sí condenó al régimen cubano en campaña y le sacó a Jadue más de 20 puntos corriéndolo por el andarivel del centro-izquierda.
Algo parecido sucedió en la derecha, donde el eterno Joaquín Lavín cayó derrotado a manos del candidato moderado Sebastián Sichel (43). Lo que ha lanzado todos los análisis –sin duda, acertados– en el sentido de un recambio generacional dentro de la política chilena. Pero eso no está ni cerca de ser lo más importante, ni este pretende ser un examen de las internas trasandinas.
Más bien, sus resultados reflejan un estado de cosas a nivel global. Y es un malestar social general, una ansiedad, un hartazgo respecto de las elites, que produce reacciones en todos los sentidos.
No olvidemos que en Chile se acaba de elegir e instalar una asamblea constituyente que parecía venir a refundarlo todo. Esto de ahora parece en cambio una renovación pero de las formas tradicionales de la política chilena.
Nada está muy claro en todos estos movimientos ciudadanos que irrumpen o insurgen cada vez más a menudo. Pasa en Chile pero también en Colombia, contra el gobierno de Iván Duque; y antes, en Ecuador. Antes aun, había sucedido en Brasil, cuando los brasileros se hartaron de la megacorrupción del PT. Ahora pasa también en Cuba. Antes había ocurrido en Francia, con los gilets jaunes; y en otras partes de Europa, con los populismos de derecha, los populismos de izquierda, el Brexit; y en Estados Unidos, con el ascenso de Donald Trump. Ahora sucede en Perú, donde eligen a un candidato de extrema izquierda y la derecha toma las calles. Meses antes, era la izquierda la que tomaba las calles, tras la destitución del presidente Martín Vizcarra.
Quiero decir, todos estos movimientos no tienen un solo hilo conductor; mucho menos, un marco doctrinario; varios de ellos están precisamente en las antípodas. Por eso algunos dicen hoy en Perú: “Es el despertar del centro-derecha”. Meses antes, lo había sido del “progresismo peruano”, encarnado en la llamada “generación del Bicentenario”. En Francia, decían “la izquierda ha vuelto a nacer”. Y en la históricamente perdedora izquierda colombiana se escuchaba: “el pueblo colombiano ha despertado”. Ahora en Chile hay quienes señalan incluso un resurgimiento del centro-derecha, tras las primarias de domingo.
Pero no. No alcanzan los paradigmas clásicos para traducir el espíritu de estos movimientos y definir lo que está sucediendo desde Chile hasta Hong Kong. No alcanzan la derecha y la izquierda. Ni siquiera alcanza ya la dicotomía más sutil entre más o menos Estado.
No hay marco teórico que pueda englobar la realidad de los conflictos sociales actuales. De algún modo, siempre ha sido así. Es lo que Hannah Arendt llamaba “la incomprensión filosófica de la política”. Solo que ahora es más notorio que nunca, todo se amplifica ad infinitum a través de las nuevas tecnologías.
Lo único seguro parece ser la inestabilidad, el desasosiego, la agitación social.
Desde luego hay algunas causas y coyunturas que se repiten. Pero quien pretenda encasillarlos en una sola agenda política, una sola ideología, una sola bandera, terminará como el señor Jadue en Chile, condenado duramente hoy lo que mañana habrá de defender a capa y espada.