Nadie es profeta en su tierra, reza el refrán. No fue el caso de Julio César Castro, Juceca, quien disfrutó en vida de las mieles del éxito (del éxito a la uruguaya) y fue reconocido como fino humorista y “hombre entrañable”.
Su literatura, sin embargo, no ha sido hasta el momento estudiada a fondo por lo que tiene de única, por lo que tiene de nuestra. No se enseña en los liceos.
Cuando se habla del absurdo se suele citar a Alfred Jarry con su Ubú Rey, a Peter Handke con su Kaspar, o al Samuel Beckett de Esperando a Godot.
Ninguno iguala a mi entender la absurda mitología campera que creó Juceca. El Tape Olmedo, la Duvija, Rosadito Verdoso, el Pardo Santiago, y por supuesto, el Barcino, ese gato casi borgiano, de existencia intuida, símbolo de cuanto bicho anda por el mundo buscando un lugar, son un universo en sí mismos.
Son reflejo y exageración, son ternura y desesperación, son al fin y al cabo, arquetipos uruguayos. No es poco.
Cuentos como Catre con ruedas, Terronazo versus Aperiá o Bruta lluvia me hicieron reír hace veinte años. Hoy, con este libro de homenaje, he revivido esa carcajada espontánea que generan sus cuentos de tres páginas.
La edición de Planeta compensa la poca calidad del papel, con retratos y caricaturas de Juceca hechas por dibujantes de la talla de Ombú o Hermenegildo Sábat.
El libro también incluye una serie de fotografías en color que recogen diversos momentos de la vida del autor de Don Verídico.
También cinco prólogos de autores como Mario Delgado Aparaín o Eduardo Galeano, que sumados al del propio Juceca, agregan valor a un libro ya de por sí muy completo.
Porque además se presentan una serie de textos inéditos, lo que hace que las casi quinientas páginas de este El Resorte está de fiesta cobren un valor superlativo.
La selección de los clásicos, por otra parte, es correcta y representativa del arte literario de Julio César Castro.Varias piezas escritas originalmente para radio dentro del ciclo Los Guapos, que Juceca realizó con Horacio Buscaglia en su momento, completan el recorrido por un autor que trascendió fronteras, como lo atestigua la insólita carátula en alemán de uno de sus libros más representativos.
Los cuentos de Don Verídico recuperan el valor de la tradición oral, que sin necesidad de una guitarra, se despliegan aquí en todo su esplendor. El lenguaje llano, sin ornamentos ni concesiones artísticas, revela esa parquedad de la gente de campo que Juceca recupera y eleva, casi sin proponérselo, a la categoría de arte.
Los nombres imposibles, los metafóricos apodos, las luces malas y los lobizones que pueblan sus historias, pertenecen ya a la mejor
historia de las letras uruguayas. Julio César Castro, también.